ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

lunes, 16 de octubre de 2017

EL ASESINATO DE THOMAS BECKET

Supongo que, como yo, muchos de vosotros habréis  llegado a conocer a este personaje de la Historia a través de la famosa película Becket, dirigida en 1964 por Peter Glenville.
Con respecto a esa película, también habría que decir que, seguramente, buena parte de su fama se deba a la impresionante actuación, que realizaron en la misma,   dos “gigantes” de la pantalla, como fueron Peter O’Toole y Richard Burton.

No sé si en algún momento de la película os ha parecido más una obra de teatro. Realmente, así es. Estaba basada en la obra del famoso escritor francés Jean Anouilh, “Becket o el honor de Dios”. Estrenada en 1959.
Nuestro personaje de hoy se llamaba Thomas Becket y nació en 1118 en Normandía, aunque en otros sitios figura Londres, como su lugar de nacimiento.
Su padre era un comerciante inglés, lo cual le dio a la familia una situación un tanto acomodada. Esto le permitió estudiar en París.
Obtuvo su primera formación con los monjes de la abadía de Merton en Surrey, situada al sur de Inglaterra.
Tras la temprana muerte de su padre, su familia pasó a tener apuros financieros. Así que, más tarde pasó a ser uno de los secretarios de Theobald, arzobispo de Canterbury, el cual le envió a estudiar Derecho en la Universidad de París y a su vuelta, en 1154, le nombró archidiácono de esa misma sede primada de Inglaterra.
Parece ser que se ganó la amistad del anciano arzobispo y juntos realizaron viajes a Francia y a Roma. Incluso, le envió a perfeccionar sus estudios de Derecho a la aún, hoy en día, prestigiosa Universidad de Bolonia.
Al comenzar su vida, Inglaterra, se hallaba en una profunda anarquía. El rey Enrique I, que había perdido a su hijo varón y sucesor en un accidente, nombraba a su hija Matilde como sucesora en el trono. Es preciso decir que todavía no había reinado ninguna reina en Inglaterra, así que los nobles no estuvieron muy de acuerdo con la decisión del monarca.
No obstante, dado que el rey ya tenía prevista la mala acogida de este nombramiento entre sus nobles, casó a su hija Matilde, que acababa de enviudar del emperador Enrique V, con Godofredo V, conde de Anjou y de varios lugares más.
Matilde no tuvo hijos de su primer matrimonio. Sin embargo, en el segundo tuvo tres hijos, aunque su marido también murió joven.
Al morir, Enrique I de Inglaterra, intentó que su sucesora fuera su hija Matilde. Sin embargo, tal y como se temía, los nobles coronaron a Esteban de Blois, como nuevo rey de Inglaterra.
A partir de ahí, hubo guerra civil, que duró unos 20 años, entre los partidarios de uno y otro. Sin embargo, en 1153, poco después de la muerte de Eustaquio, el heredero de Enrique de Blois, éste firmó el Tratado de Wallingford.
Por medio de este documento, se reconocía a Esteban de Blois como rey de Inglaterra hasta su muerte y como su sucesor a Enrique, hijo mayor de Matilde y Godofredo.
Precisamente, uno de los negociadores de este tratado, por parte de la Iglesia de Inglaterra, ante el Papa Eugenio III, fue nuestro personaje de hoy.
Así que, como el rey, Enrique II de Inglaterra, vio que era un gran negociador, y por consejo del arzobispo Theobald, lo nombró canciller del reino. Lo que ahora sería un presidente del Gobierno.
Estuvo en ese puesto  durante 7 años, durante los cuales sirvió muy fielmente a su rey, siendo muchas veces recompensado por ello.

Ese período acabó tras la muerte del arzobispo Theobald. Según parece,  el rey no se había llevado demasiado bien con el clérigo fallecido y necesitaba que ese puesto vacante fuera ocupado por una persona de su confianza. Así que eligió nada menos que a Thomas Becket.
Parece ser que Thomas no estuvo muy de acuerdo y le dijo al rey: “Si me haces obispo te arrepentirás”, pero no le hizo caso.
Efectivamente, Thomas Becket, siempre fue fiel a su señor. Cuando estuvo bajo las órdenes del rey, le fue fiel a éste, en cambio, cuando pasó al estado eclesiástico, le fue fiel a Dios.
Le ordenaron sacerdote un día antes de nombrarlo nuevo arzobispo de Canterbury y primado de la Iglesia de Inglaterra.
Cambió radicalmente su forma de vida. Así que pasó de comportarse como un cortesano, con continuas fiestas, a ser una persona muy religiosa, que cumplía muy bien con los mandatos de la Iglesia. En resumen, se tomó muy en serio su nuevo trabajo.
En aquella época, solía haber en todos los países conflictos originados por las luchas de poder entre los reyes y los miembros de la Iglesia.
Parece ser que en 1163 acusaron a un fraile inglés de asesinato y éste fue llevado ante un tribunal eclesiástico, el cual le absolvió por falta de pruebas. Eso no gustó nada a mucha gente y el rey aprovechó para intentar aumentar su poder a costa de la Iglesia.
Por ello, en 1164, en medio de una asamblea, llegaron a enfrentarse verbalmente el rey y el arzobispo. Así que a Thomas no le quedó otro remedio que el exilio en una abadía en Francia.
Parece ser que Luis VII,  rey de Francia,  medió entre ellos para que se encontraran en territorio francés e hicieran las paces.
Curiosamente, este monarca francés estaba casado con Leonor de Aquitania, la cual casó después con Enrique II de Inglaterra. Entre sus hijos, podemos destacar a Juan sin tierra y a Ricardo Corazón de león.
Así fue y en noviembre 1170, Thomas, regresó a Gran Bretaña. Sin embargo, cuando el rey se enteró de que el arzobispo había excomulgado a todos los obispos ingleses que habían cedido su poder ante el del rey, se lo tomó muy mal.
Parece ser que dijo: “¿No hay nadie que me pueda librar de este sacerdote turbulento?”. Cuando pronunció encolerizado estas palabras se hallaba rodeado de varios de sus nobles, los cuales las tomaron al pie de la letra. Esos hechos tuvieron lugar en Normandía, en la Navidad de 1170.
Cuatro de esos nobles, junto con sus mesnadas,  atravesaron el Canal de la Mancha y el día 29 del mismo mes se presentaron ante la catedral de Canterbury, exigiendo ver a Thomas.
Los sacerdotes le pidieron que se refugiara en el templo, ya que  se hallaba, en ese momento, celebrando el oficio de vísperas, pero él se negó a que la catedral se convirtiera en una fortaleza, y ordenó que no se cerraran las puertas, así que los otros entraron sin dificultad.
Los nobles gritaron “¿Dónde está el traidor? ¿Dónde está el arzobispo?”. Él les respondió, “Aquí estoy”. “No soy un traidor, sino un sacerdote de Dios. Me extraña que con ese atuendo entren en la iglesia de Dios. ¿Qué quieren?”
Uno de los nobles fue a levantar su espada, sin embargo, uno de los sacerdotes presentes le agarró el brazo y no pudo darle una estocada.
Al ver eso, los cuatro nobles le atacaron a la vez, dándole muerte en los peldaños situados delante del altar.
Uno de los sacerdotes dijo que sus últimas palabras fueron: “Muero voluntariamente por el nombre de Jesús y en defensa de la Iglesia”. Murió a causa de varias estocadas recibidas en la cabeza, que atravesaron su mitra. Por eso se le representa con una espada atravesando su mitra.
En su momento, este crimen provocó todo un escándalo en todo el orbe cristiano y el asesinado fue considerado como un mártir. No hará falta decir que el rey intentó declinar toda responsabilidad, la cual hizo recaer en esos cuatro nobles, que, inmediatamente, cayeron en desgracia.
Sin embargo, este asunto fue tan gordo, que la mentira no coló. Así que, como se ve al comienzo de la citada película, en 1174, el rey tuvo que someterse a una penitencia pública, delante del sepulcro de Becket,  y ordenar la construcción de un monasterio en Somerset.
Concretamente, tuvo que vestirse con un saco y andar descalzo por la calle, mientras nada menos que 80 monjes le azotaban con ramas. Incluso, tuvo que pasar una noche en la cripta, junto a la tumba de su antiguo amigo.
Parece ser que, tras su muerte, se produjeron muchos milagros, adjudicados a nuestro personaje. Así que sólo 2 años después de haber sido asesinado fue canonizado como un nuevo santo por el Papa Alejandro III.
En 1220, sus restos mortales fueron depositados en un relicario y éste colocado en la nueva Capilla Trinity.
Sin embargo, en el siglo XVI, durante el reinado de Enrique VIII, sus restos se perdieron al ordenar éste la destrucción de los monasterios del reino.
No obstante, hay quien afirma que los monjes los salvaron y los enterraron en otra parte, pero no se sabe dónde.
Por otra parte,  el año pasado se celebró una exposición donde se mostraron algunos restos que decían ser de este santo, los cuales están en posesión de los jesuitas ingleses, y otros que se hallan en Hungría.
Ciertamente, el lugar donde descansaban sus restos, fue centro de peregrinación, durante más de tres siglos. Así que ese rey, con el que se inició la Reforma en Inglaterra, ordenó que se destruyera el templo y se quemaran las reliquias que hubiera en él.
Curiosamente, como Leonor, una de las hijas de Enrique II y Leonor de Aquitania, había casado con Alfonso VIII, rey de Castilla, pidió que en una iglesia de Soria, que era feudo suyo, figurara un fresco representando el instante de la muerte del arzobispo, que había sido amigo suyo.
Posteriormente, se construyeron varias iglesias en los reinos de la Península Ibérica bajo la advocación de Santo Tomás de Canterbury, el cual también pasó a ser santo patrón de algunos pueblos de España. Su festividad se celebra cada 29 de diciembre, coincidiendo con la fecha de su asesinato.

Por último, en Hungría, donde como ya he dicho anteriormente,  también se conservan algunos de sus restos, este santo siempre ha sido muy venerado. Sobre todo, en la época comunista, donde se le veía como un ejemplo de una persona que tuvo la valentía de enfrentarse contra un poder despótico, que no respetaba las libertades. Eso es lo mismo que hacía entonces el régimen comunista, que había en ese país.

lunes, 4 de septiembre de 2017

RAMIRO II, EL MONJE QUE LLEGÓ A SER REY

Nuestro personaje de hoy fue un hombre que nunca quiso ser rey, pero que las circunstancias por las que pasaba su reino no le dejaron otra alternativa. Así que cumplió con el encargo lo mejor que pudo, aunque nunca se le había preparado para ello.
Al igual que Alfonso I, era hijo del rey Sancho Ramírez y de Felicia de Roucy, natural de la región francesa de Champaña.

El futuro rey Ramiro II nació en Huesca en 1084, aunque otros autores indican que fue en 1086. Fue el menor de los hijos de ese matrimonio.
Parece ser que sus padres estaban muy influidos por un abad francés, llamado Frotardo. Éste fue imponiendo gente de su confianza al frente de los principales obispados de Aragón.
También consiguió que el rey permitiera el paso a través de su reino de un ejército de caballeros de distintos territorios de la actual Francia, para ayudar en la Reconquista al rey Alfonso VI de Castilla y León.
En 1088, consiguió que el rey Sancho Ramírez pusiera nada menos que todos sus reinos bajo el vasallaje del Papa, el cual sería el único que elegiría a los abades y a los obispos.
Más tarde,  este rey consintió que su hijo Ramiro se educara en el monasterio de Thomieres, del cual era abad el propio Frotardo. Como si fuera una ofrenda que hacía su padre a Dios.
Parece ser que a partir de 1105, su hermano, que ya era el rey Alfonso I, contactó con él para que formara parte de su consejo.
Parece ser que en 1110, el rey lo nombró abad del monasterio de Sahagún, lo cual no gustó nada a los monjes que allí residían, pues lo veían como a un extraño.
Más tarde, llegó a ser nombrado obispo de Burgos y, posteriormente, de Pamplona. Según parece, el Papa no confirmó estos nombramientos.

En 1134, como ya mencioné en mi anterior artículo, se produjo la derrota de Alfonso I en el asedio de Fraga. Entre otros, allí murió el obispo de Roda, así que Ramiro, que era el abad del monasterio de San Pedro el viejo, en Huesca, fue nombrado nuevo obispo de esa sede vacante. Poco después, murió su hermano Alfonso I.
Por ello, varias ciudades de Aragón, empezando por su capital,  Jaca, donde se había reunido  la alta nobleza del reino, reconocieron a Ramiro como su nuevo rey. Fue proclamado rey en Zaragoza el 29/09/1134.
Para algunos autores, Ramiro II, era el legítimo heredero de los reinos de su hermano. Sin embargo, las leyes de Navarra y Aragón, basadas en las de los visigodos, sólo permitían que los clérigos y las mujeres transmitieran la sucesión, pero no que fueran reyes. En el caso de Cataluña, ni siquiera eso.
En un principio, se pretendió recurrir a una especie de argucia legal, por la que Ramiro sería considerado como el padre de García Ramírez, el pretendiente al trono de Navarra. De este modo, García, ejercería los derechos reales en nombre de ambos y así no se produciría la ruptura entre Aragón  y Navarra.
Parece ser que no se pusieron de acuerdo. Así que García Ramírez sería el nuevo rey de Navarra y Ramiro II el de Aragón.
Es posible que en estas negociaciones interviniera Alfonso VII de Castilla y León, pues al poco de haber roto estas conversaciones, el rey de Navarra se hizo vasallo del de Castilla. Supongo que firmaría esta alianza para defenderse de una posible invasión de Aragón.
Otro de los problemas fue la sucesión en el trono, había que intentar que Ramiro II se casara y que tuviera un heredero.
Para ello, se eligió a Inés de Poitou, también llamada Agnes de Poitiers. Era hija del duque Guillermo IX de Aquitania, también conocido como Guillermo el trovador.
No sé si tendrían en cuenta, para esta elección, que esta mujer ya era viuda de un matrimonio anterior, en el que tuvo nada menos que cuatro hijos. Así que estaba muy claro que no era estéril.
Curiosamente, una hermana de Guillermo casó con Pedro I de Aragón. Además, fue aliado de Alfonso I y le acompañó durante varias de sus campañas por la península.
Precisamente, Guillermo IX de Aquitania fue abuelo de la famosa reina Leonor de Aquitania. Casada, en primeras nupcias, con Luis VII de Francia y, posteriormente, con Enrique II de Inglaterra.
No está muy claro si Ramiro tuvo que pedir una dispensa papal para poder casarse, dada su condición de clérigo. Lo cierto es que la boda tuvo lugar en la catedral de Jaca a finales de septiembre de 1135.
Según el propio monarca, había contraído matrimonio “para la restauración de la sangre y la estirpe”. Así que el objetivo se cumplió cuando nació su hija Petronila, en agosto de 1136, quedando como heredera del reino de Aragón. Por otra parte, esto planteaba un nuevo problema, pues según el Derecho aragonés, las mujeres podían transmitir los derechos sucesorios, pero no reinar. Así que habría que buscarle un marido para que fuera el nuevo rey.
Es muy posible que Inés volviera a su tierra en torno a 1137. No parece que participara en las negociaciones para buscarle un futuro esposo a su hija. Sólo se sabe que se fue a vivir a la abadía de Fontevrault y murió en ese lugar hacia 1159.
En esa misma abadía también están enterrados otros personajes célebres, como Leonor de Aquitania, Enrique II de Inglaterra o Ricardo corazón de león.
Volviendo a nuestro personaje de hoy, al comienzo de su reinado, le llovían los problemas por todos lados. Por una parte, Alfonso VII, ocupó una serie de territorios de Soria, llegando a entrar en Zaragoza. Así que Ramiro no tuvo más remedio que pactar con él y también pactó una tregua con los moros. De hecho, castigó con la muerte a unos caballeros aragoneses que se saltaron esa tregua.
Dado que nunca tuvo una formación militar, siempre fue el objetivo de las burlas de los nobles, ya que no sabía montar a caballo y, a la vez utilizar,  las armas de guerra. Se decía que cogía con la boca las bridas del caballo.
En aquella época, donde se sucedían las guerras, era sumamente importante que el monarca fuera también un buen militar, que protegiera adecuadamente su reino.
Se cree que, por esa época, su reino atravesaba una gran crisis económica, que le hizo devaluar su moneda. Para agravar este asunto, le escribió en varias ocasiones el Papa exigiendo que cumpliera el testamento de Alfonso I.
Por otro lado, seguían teniendo frecuentes roces con los condados catalanes y los de más allá de los Pirineos, que hoy pertenecen a Francia.
Parece ser que tuvo frecuentes enfrentamientos con la nobleza de su reino y tuvo que vencer varias revueltas que casi le cuestan el trono. Es posible que la famosa leyenda de la Campana de Huesca se sitúe en ese momento de la Historia.
Parece ser que un día citó a varios de esos nobles levantiscos en su palacio y, uno a uno, les invitó a entrar en un patio, para que admiraran la gran campana que había encargado. Cuando
entraban en ese recinto, les esperaba un verdugo que les cortaba la cabeza.
Más tarde, llevó al resto de los nobles al patio, para que contemplaran el “espectáculo” de las cabezas cortadas y de esa manera acabó con las revueltas periódicas de los nobles.
En un principio, se pensó en una boda entre Petronila y un hijo de Alfonso VII de Castilla y León. Sin embargo, los nobles aragoneses se opusieron a ello, porque sospechaban que, en el futuro, Castilla les podría quitar sus tierras.
A mediados de 1137, tras unos meses de negociaciones, se llegó a un compromiso en Barbastro. Por medio del cual, se concertaba una futura boda entre Petronila, hija de Ramiro II, y el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV. Todo esto, aunque el novio tuviera unos 24 años y la novia sólo 2. Parece ser que Alfonso VII no se opuso a ese compromiso. No hay que
olvidar que Berenguela, la esposa del rey castellano, era hermana de Ramón Berenguer IV.
De ese modo, Ramiro, consiguió que Ramón Berenguer IV fuera una especie de apoderado suyo. Lo cierto es que el conde catalán consiguió por vía diplomática,  que Castilla estuviera dispuesta a devolverle Zaragoza.
Por el contrario, intentó reintegrar Navarra en su reino y no lo consiguió. Incluso, cuando lo intentó por la fuerza de las armas, fue derrotado por los navarros.
En el tema de la herencia a favor de Alfonso I tuvo que hilar muy fino. En el caso de la Orden del Santo Sepulcro, el prior de la misma, que se hallaba en Tierra Santa,  le cedió los derechos a Ramón Berenguer IV, pero, si éste muriera sin descendientes, el legado regresaría a la Orden.
Los Hospitalarios fueron compensados con terrenos en Jaca, capital del reino, para construir una casa y una iglesia de la Orden.
Por lo que se refiere al Temple fue indemnizado con la entrega de algunas tierras, el diezmo de todo lo recaudado en el reino y la quinta parte de las futuras tierras conquistadas.
No sé si los negociadores del temple serían mejores que los de las otras órdenes, pues, a simple vista, consiguieron más que los de las demás. No obstante, convendría no olvidar que Ramón Berenguer IV pertenecía a la Orden del Temple.
Parece ser que el Papa quedó contento con este pacto, pues en 1158 aceptó este acuerdo firmado por ambas partes.
Lo cierto es que la boda tuvo lugar en 1150 en Lérida y con ello se resolvieron muchos de los problemas que había tenido Aragón, desde la muerte de Alfonso I el batallador.
Desde entonces, Aragón, miraría menos hacia el Cantábrico, pues había perdido para siempre el reino de Navarra, pero ahora tenía sus miras puestas en el Mediterráneo. Desde este momento, el reino de Aragón y los condados catalanes formarían la Corona de Aragón.
Parece ser que, por si acaso, Ramiro II, nunca abdicó de su título de rey y siempre estuvo al tanto de lo que hacía su yerno.

No obstante, regresó para continuar siendo abad del monasterio de San Pedro el viejo, en Huesca y allí murió en 1157. Siendo enterrado en la capilla de San Bartolomé de esa misma abadía.

sábado, 2 de septiembre de 2017

ALFONSO I EL BATALLADOR O EL REY ARTURO

Esta vez voy a narrar la historia de un rey que siempre se creyó más un guerrero profesional que, simplemente, un monarca.
Nació hacia 1073, aunque se conoce con certeza su lugar de nacimiento. Fue hijo de
Sancho Ramírez, rey de Aragón y Pamplona, porque entonces todavía no se llamaba Navarra. Su madre fue Felicia de Roucy, hija de un noble de la región de Champaña y segunda esposa de Sancho Ramírez.
Como no era el mayor, sino el segundo hijo del segundo matrimonio de su padre, desde el principio, su formación fue encaminada para que, en el futuro, se convirtiera en uno más de los señores feudales del reino. De hecho, en los documentos de su época como infante, figura con el nombre de Alfonso Sánchez.
Durante el reinado de su hermanastro, Pedro I, participó en algunas campañas, como la toma de Huesca y en otra que se realizó para apoyar al famoso Cid Campeador. Ahí se pudo apreciar su gran valía como guerrero. Algo muy cotizado en esa época donde se vivía en un constante estado de guerra.
No olvidemos que Pedro I de Aragón y el Cid siempre fueron grandes amigos y siempre se apoyaron mutuamente. Parece ser que María Rodríguez, una de las hijas del Cid se casó con Pedro el único hijo varón de Pedro I, el cual murió muy joven y antes que su padre.
Por cierto, por si alguno no lo sabe, aunque en el Cantar del Mío Cid se dice que las hijas de este famoso héroe medieval se llamaban Elvira y Sol, sus nombres reales eran María y Cristina. En otro artículo trataré sobre la relación entre estas dos mujeres y la Casa Real española.
Lo cierto es que parece que nuestro personaje tuvo mucha suerte, porque murieron muy pronto todos los que le precedían en el trono.
Primero murió su hermano Fernando, primogénito del segundo matrimonio de su padre. Luego murió su padre a causa de un flechazo, cuando se hallaba sitiando Huesca. Después, murió su hermanastro Pedro I, con sólo 36 años y tras un reinado de sólo 10 años. Éste llegó a tener descendencia, pero sus dos hijos murieron antes que él. De hecho, se dice que por ese motivo murió de pena.
En 1104, cuando nuestro personaje se sentó en el trono de Aragón, su reino era mucho menor que la comunidad española que hoy conocemos con el mismo nombre.
Lo primero que hizo fue terminar la conquista de la comarca conocida como las Cinco Villas, para asegurarse la frontera del Ebro.
Una de las cosas que más urgían ahora no eran las conquistas militares, sino darle un heredero al reino. Lo cierto es que el rey ya tenía 31 años y seguía estando soltero.
Sus diplomáticos estuvieron sondeando al resto de las cortes peninsulares y vieron que Alfonso VI, rey de Castilla y León, estaba muy interesado en casar a su hija y heredera Urraca, que se hallaba viuda y con un hijo, Alfonso Raimúndez, que había tenido de su matrimonio con Raimundo de Borgoña. El objetivo del monarca castellano era unir los reinos cristianos peninsulares y Alfonso I le pareció un monarca con el suficiente carisma para lograrlo.
Parece ser que en las capitulaciones matrimoniales se acordó que, si de este nuevo matrimonio nacía un varón, sus derechos estarían por delante de los del hijo que ya tenía Urraca. Eso no gustó absolutamente nada a los nobles castellanos, leoneses y gallegos
Así que Alfonso I tuvo que enfrentarse a esa rebelión de nobles gallegos, encabezada por el famoso obispo Diego Gelmirez. No le costó mucho vencerla, pues tuvo el apoyo de Enrique de Borgoña, conde de Portugal y tío de Alfonso, el hijo de Urraca.
Parece ser que Alfonso I nunca fue del agrado de la nobleza castellana, pues se dedicó a fomentar el ascenso de la incipiente burguesía y no dejó que la nobleza les moliera a impuestos, tal y como solía hacer, habitualmente.
Tampoco les cayó muy bien al clero venido de Borgoña, invitado por Alfonso VI y que se había asentado a lo largo del Camino de Santiago, pues no les dejaba expansionarse.
Evidentemente, como él procedía de Aragón y Pamplona, pues les fue cediendo los castillos reconquistados a sus nobles de confianza, que venían de estos reinos. Así que los nobles castellanos se confabularon contra él, encabezados por un antiguo pretendiente de la reina, Pedro González de Lara.
Lógicamente, Alfonso I, no tuvo ningún problema en vencer a estos rebeldes y dejarles muy claro que el que mandaba era él.
En 1110, durante el transcurso de esta rebelión, el rey de la taifa de Zaragoza, intentó un ataque por la espalda contra Alfonso I. La respuesta de éste fue muy clara, le venció y le dio muerte en la batalla de Valtierra. Precisamente, ese mismo año fue tomada Zaragoza por los almorávides, los cuales ahora ambicionaban tomar Barcelona.
Parece ser que entre los dos cónyuges había un lejano parentesco. Los dos eran nada menos que bisnietos del rey Sancho III el Mayor de Navarra, al que también dediqué hace tiempo otro de mis artículos.
Lógicamente, este detalle no se les pasó por alto a los miembros del clero, que estaban descontentos con la política de este monarca. Precisamente, el propio arzobispo de Toledo, que era uno de esos monjes venidos de Borgoña, le pidió al Papa la anulación de ese matrimonio.
Al mismo tiempo, parece ser que los dos cónyuges nunca se llevaron bien. Ella era una mujer joven y deseaba vivir con su marido. Mientras que éste disfrutaba guerreando y viviendo entre sus soldados, como uno más de ellos. Incluso, se dice que en alguna ocasión, el rey le pegó a la reina.
De esa forma, se llegó a la guerra civil entre los partidarios de ambos. Como había ocurrido anteriormente, Alfonso I, se trajo a sus huestes de Aragón y Navarra y derrotó sin muchos problemas a las de Castilla y León.
A todo esto, había declarado a Urraca incapaz para gobernar y la había encerrado en una fortaleza, de la que la liberaron sus partidarios. Esta guerra civil duró nada menos que 5 años.
Lo cierto es que el matrimonio nunca se llevó nada bien. Además, nunca llegaron a tener ese hijo tan esperado. Así que las relaciones entre ellos se caracterizaron por varias separaciones y reconciliaciones. Incluso, los partidarios de Urraca, le pedían a la reina que nombrara a su hijo como nuevo rey de Castilla y León, en lugar de su marido. No olvidemos que los clérigos franceses procedían de Borgoña, el mismo lugar de donde procedía su primer marido y padre de su hijo.
Siempre fue así, hasta que, en 1114, Alfonso I se hartó de esa situación y aceptó la resolución del Papa, que anulaba este matrimonio, por motivos de parentesco. Desde ese momento, Alfonso I, sólo fue rey de Aragón y Navarra. Mientras que Urraca I lo fue de Castilla y León.
Así que nuestro personaje se dedicó de lleno a continuar la Reconquista en su reino, aunque se quedó con algunas pequeñas zonas de Castilla.
Esta vez puso su vista en la conquista de la estratégica ciudad de Zaragoza, capital del reino taifa del mismo nombre. Para ello, consiguió que un concilio celebrado en Tolosa animara a los caballeros de otros reinos a intervenir en esta aventura, calificándola como cruzada. De esa manera, pudo disponer de tropas venidas de Francia, de los condados catalanes, de Castilla, etc.
Así consiguió que esa importante ciudad capitulara en diciembre de 1118 y poco más tarde otras villas cercanas. Entre ellas, Tarazona. Precisamente, puso como señor de Zaragoza a su amigo Gastón de Bearn, que había participado en la Primera Cruzada, la cual logró la conquista de Jerusalén.
Parece ser que los objetivos finales de este soberano siempre fueron conquistar Tortosa y Valencia para, desde allí, encabezar una Cruzada a Tierra Santa. Algo que nunca pudo realizar.
Lo cierto es que, aparte de ser un gran guerrero, también tuvo fama de tratar muy bien a los musulmanes que habitaban las ciudades reconquistadas. Les ofrecía unas condiciones muy ventajosas, lo que hacía que la mayoría de ellos permanecieran viviendo en las mismas.
Una prueba de la importancia de Zaragoza es que en 1120, los almorávides, intentaron recuperarla, pero fueron vencidos por las huestes de nuestro personaje en la batalla de Cutanda. Más adelante, reconquistó Calatayud y Daroca.
La fama de este guerrero fue más allá de sus fronteras. Así, en 1125, acudió a una llamada de los mozárabes del reino de Granada. Invadió el territorio musulmán a través de Valencia, Murcia y Andalucía, venciendo en varias batallas. Lo cierto es que no consiguió cumplir sus objetivos. Sin embargo, se atrajo a varios miles de mozárabes con los que colonizó los territorios que había reconquistado en Aragón.
En 1126, murió Urraca I de Castilla y llegó al trono su hijo, Alfonso VII, que se autotituló como “el Emperador”.
Lo primero que se le ocurrió a este nuevo rey fue intentar recuperar las tierras de Castilla que estaban en poder del monarca aragonés. Cuando los dos ejércitos se hallaban frente a frente,
unos mandatarios aragoneses consiguieron que no hubiera lucha y que se firmara el tratado de Támara. Mediante este documento, Alfonso I devolvería las tierras castellanas a Alfonso VII y éste no se volvería a titular como “Emperador".
Nuestro personaje, siguió dedicándose a guerrear en su zona de influencia. En 1130, apoyó a su aliado Gastón de Bearn, en sus luchas al otro lado de los Pirineos. Incluso, llegó a sitiar y conquistar la plaza fuerte de Bayona.
Más tarde, atacó Lérida y Fraga. Incluso, atacó la villa de Mequinenza mediante galeras. Parece ser que el ataque a Lérida, que era la capital de otro reino de taifa, se produjo, porque había hecho un pacto con algunos condes catalanes a espaldas suyas y eso no le gustó nada.
En 1133, comenzó el asedio de Fraga. Esta vez no tuvo en cuenta que los almorávides mandaron refuerzos por vía fluvial, a través de Tortosa, y, en septiembre de 1134,  se encontró rodeado por tropas venidas desde Córdoba, Valencia y Murcia. Así que tuvo que emplearse a fondo, siendo gravemente herido en el combate. Lo cierto es que tuvo que retirarse, ya que el ejército cristiano fue atacado por sorpresa y masacrado por los musulmanes.
A este monarca no le quedó otra que huir con los pocos supervivientes de su ejército y refugiarse tras los muros de Zaragoza.  Las graves heridas recibidas en esa batalla hicieron que su estado de salud empeorase y murió sólo 20 días después de su llegada a esa ciudad. Tenía 61 años.
Esta vez perdió, pero su marcador tiene un saldo muy positivo, pues se cree que venció en nada menos que 29 batallas. Fue uno de los guerreros más apreciados de su tiempo. De hecho, a su muerte, había duplicado la superficie de los reinos que había recibido de su antecesor.
Su tumba se halla, actualmente, en el antiguo Monasterio benedictino de San Pedro el Viejo, situado en la ciudad de Huesca.
Se sabe que este monarca hizo dos testamentos. El primero fue en 1130, durante el asedio de Bayona. Ciudad que pertenece actualmente a Francia.
El segundo lo dictó en la villa de Sariñena, unos días antes de morir.
Este fue el más conflictivo. No se le ocurrió otra cosa que hacer testamento en favor de Dios y legar sus reinos a las órdenes militares del Temple y a los Hospitalarios.
A su muerte, este documento trajo muchos problemas a sus reinos. Por una parte, sus súbditos no quisieron darle validez legal. Sin embargo, los miembros de estas órdenes les exigieron que se cumpliera o, en caso contrario, a ser indemnizados por no haber recibido el legado del monarca.
Lo cierto es que este testamento era completamente ilegal en aquel reino, porque, según las leyes aragonesas, él sólo podría disponer libremente de los territorios que hubiera conquistado. Los que hubiera recibido al llegar al trono pertenecían al patrimonio de la Corona y como tal deberían ser cedidos a su sucesor.
Realmente, esto de dejar en herencia las posesiones a las órdenes militares era más o menos normal en la época, pero no en el caso de los reyes. De hecho, se sabe que Talesa, prima de Alfonso I y viuda de Gastón de Bearn, cumpliendo la voluntad de su marido, cedió todos los territorios que éste había obtenido en Zaragoza y alrededores a la Orden del Temple.
También otro amigo del monarca, llamado Lope Garcés, el peregrino, a su muerte, legó parte de sus bienes a la Orden del Santo Sepulcro.
Precisamente, este rey había creado un par de órdenes militares a imitación de estas que ya eran famosas. Posteriormente, cuando se permitió la entrada de los templarios en el reino de Aragón, esta orden absorbió a las pequeñas que habían sido creadas por este monarca.
Curiosamente, se dice que el primer caballero de la península que se hizo templario fue Ramón Berenguer III, conde de Barcelona, el cual se casó con María Rodríguez, hija del Cid, cuando ésta enviudó de su matrimonio con el hijo de Pedro I de Aragón.
Las consecuencias más graves de este documento es que hicieron que se separaran para siempre los reinos de Aragón y Navarra. En el primero reinaría, Ramiro II, un hermano del monarca fallecido. Mientras que en el segundo lo haría García Ramírez, hijo de Cristina Rodríguez y, por tanto, nieto del Cid Campeador y bisnieto de Sancho III el mayor, rey de Navarra.
Hoy en día, algunos piensan que la famosa leyenda del rey Arturo y los caballeros de la tabla redonda estuvo basada en Alfonso I el batallador. De hecho, el primer relato que recogió las leyendas sobre este rey mitológico se escribió en vida de nuestro monarca.
Incluso, en algunas crónicas musulmanas se habla de él como “el rey pescador”, pues, junto con sus tropas,  tuvo que pescar para alimentarse, durante la campaña de Granada. O sea, aquel que custodiaba el famoso Santo Grial.
No olvidemos que el famoso cáliz que se custodia, actualmente, en la catedral de Valencia y que se tiene, por algunos, como el verdadero Santo Grial, en la época de este soberano, se hallaba oculto en el monasterio de San Juan de la Peña, en Huesca. Tras haber pasado por varios escondites a causa de la invasión musulmana de la Península Ibérica.
Curiosamente, en 1213, dentro de la comitiva de la duquesa Beatriz de Suabia, que venía a casarse con el rey de Castilla y León, Fernando III el santo, venía un noble de la orden del Temple, llamado Wolfram von Eschenbach.
Por cierto, no olvidemos que la novia era hija de Felipe de Suabia, rey de Alemania, y de Irene Ángelo, hija del emperador de Bizancio Isaac II.
En 1215, Eschenbach, escribió una obra llamada “Parzival”. Lo curioso es que siempre dijo que había conocido esta historia durante este viaje, acompañando a la novia hasta la ciudad de Toledo.
En algunos pasajes de dicha obra, menciona el apodo de “Anfortas”. Parece ser que algunos conocían a Alfonso I con ese apodo, pues era la forma reducida del título que se veía en las monedas de plata acuñadas en Castilla durante su reinado, en las cuales aparecía la leyenda “Alfonso Totus Rex”. Seguramente, este caballero alemán pudo ver alguna de estas monedas en Toledo, pues en la Edad Media las monedas solían circular durante mucho tiempo.
Algunos autores identifican a algunos amigos de Alfonso I con personajes que aparecen en el mito de Arturo. Para ellos, Perceval podría ser Rotrou III du Vall de Perche. Por lo que se refiere a Galvern podría tratarse de Gastón IV de Bearn.
En el caso de Lancelot, podría ser Pedro González de Lara, que estaba enamorado de la reina Urraca I y la liberó de su cautiverio. Parece ser que en su escudo se podía observar una gran lanza de la que colgaba el pendón real.
En fin, espero que os haya gustado, aunque me ha quedado un poco largo. También habréis visto que he separado lo que es Historia de lo que es un mito más. Con respecto a lo segundo, cada cual es muy libre de creer o no en esas cosas.

viernes, 18 de agosto de 2017

EL FAMOSO CASO MAYBRICK

Esta vez he conseguido reunir dos asuntos misteriosos en un solo artículo. Así que espero que os guste.
Desde hace unos 20 años, se viene sospechando que el famoso Jack el destripador pudiera haber sido un tipo llamado James Maybrick.
Parece ser que los que están a favor de ello alegan que en 1991 un chatarrero de Liverpool recibió un extraño regalo de un amigo suyo. Consistía en un diario que el otro había encontrado al hacer obras de reforma en una antigua casa.
En el citado diario, escrito a mano por James Maybrick, éste decía haber sido el famoso asesino en serie.
Evidentemente, el diario, tras haber pasado por una serie de pruebas, tiene partidarios y detractores.  Unos dicen que es una prueba que ha sido “fabricada” recientemente, por el mismo chatarrero, llamado Michael Barret. Curiosamente, su esposa, cuando estaba soltera se apellida Chandler. Es un dato que es muy importante, aunque ahora no lo parezca. El caso es que, en otra ocasión, su esposa, afirmó que ese diario siempre había pertenecido a su familia.
Por el contrario, otros argumentan que se sabe que Maybrick se hallaba en Londres, cuando sucedieron esos asesinatos y, casualmente, dejaron de producirse a la muerte de este hombre.
Incluso, en el diario se cita un detalle que no fue publicado por la prensa. Una de las víctimas de Jack fue hallada con una caja metálica en la mano, la cual se encontraba vacía. Ese dato figura con todo detalle en el diario.
No obstante, creo que debemos dejar a los investigadores que prosigan su tarea, hasta que nos ofrezcan algunas pruebas más fehacientes de la culpabilidad de Maybrick. Ya habréis visto que cada año aparece una nueva teoría sobre quién fue el verdadero Jack el destripador.
Por cierto, cuando consultamos la biografía de este personaje, nos encontramos con que murió envenenado a los 50 años. A partir de ahí, he supuesto que iba a encontrar una historia muy interesante y os voy a contar lo que he encontrado.
James Maybrick nació en 1838 en Liverpool (Reino Unido), en el seno de una familia más o menos burguesa. Tuvo tres hermanos más. Uno de ellos, Michael, fue un conocido compositor y cantante de música clásica. Los otros dos se dedicaron al comercio, al igual que James.

Nuestro personaje se dedicó al comercio textil, concretamente, era corredor en la compra-venta de algodón,  y solía viajar mucho a donde hubiera plantaciones de este tipo.
Parece ser que en uno de esos viajes contrajo la malaria y, aunque hoy nos pueda causar sorpresa, le recetaron un medicamento a base de arsénico y estricnina. Así que se convirtió en un verdadero adicto a estos dos
peligrosos compuestos. No obstante, llegó a hacerse rico, aunque su estado de salud nunca fue muy bueno.
Ahora os voy a presentar al personaje más importante de esta historia. Se llamaba Florence Maybrick, porque fue su esposa, pero de soltera se llamaba Chandler. Supongo que ya os suena ese apellido de algo.
Nació en 1862 en una localidad de Alabama (USA). En plena Guerra Civil o Guerra de Secesión USA (1861-65). Era hija de un banquero local, el cual murió al poco tiempo de nacer ella. Así que su madre y ella se fueron a otro Estado, huyendo de la guerra.
En 1880, James volvía a Liverpool, navegando en el crucero Baltic de la célebre compañía White Star, la misma a la que perteneció el famoso Titanic. Esta nave hacía la ruta entre Nueva York y Liverpool.
Casualmente, en ese mismo crucero también viajaba una joven que sólo tenía 17 años, junto con su madre y un hermano pequeño. Se trataba de Florence. Así que allí se conocieron y estuvieron casi todo el tiempo juntos, durante los 8 días que duraba este viaje.
Como parece que congeniaban tan bien a pesar de que él ya había cumplido los 42 años, su madre dio su permiso y pocos meses después se casaron discretamente en la iglesia de Saint James, en Piccadilly, Londres.
No sé si se casaron de esa forma tan discreta, porque a los 8 meses ya tuvieron su primer hijo, al que llamaron James, como su padre.
Al principio, pasaron unos años viajando entre Liverpool y Norfolk (Virginia), por motivo de negocios. Precisamente, el mismo Estado donde se encuentra Richmond, la que fue capital de los Estados Confederados de América.
En 1884, se compraron una casa enorme en Liverpool, para residir habitualmente en ella. La llamaron Battlecrease. Tenía tres pisos y nada menos que 20 habitaciones. Así que contrataron a 5 personas para el servicio doméstico.
En Liverpool,  él siguió dedicándose a sus negocios y ella a administrar la casa y cuidar de sus hijos, porque luego tuvieron también una niña. Por supuesto, también se dedicó a hacer vida social con otras damas de las familias más importantes de esa ciudad.
Según parece, un día se enteró Florence que su marido llevaba varios años teniendo relaciones con otra mujer, incluso, desde antes de casarse y seguía teniéndolas después.
Es más, de esa relación habían nacido nada menos que 5 hijos, los cuales, desgraciadamente,  vivieron pocos años.
Así que se montó una discusión bastante fuerte entre los dos cónyuges, la cual fue escuchada por todos sus empleados. Incluso, parece ser que Florence amenazó con irse y su marido le dijo que, si iba, ya no volviera por allí. Así que se quedó, pero las cosas ya no fueron igual que antes.
Unos meses más tarde, pasó por su casa otro rico comerciante de tejidos, como James, sólo que éste era mucho más joven. Su nombre era Alfred Brierley. Ahí empezó una relación entre Florence y Alfred, que les llevó a verse a solas en algunos hoteles.
Incluso, unos meses más tarde, con motivo de la visita a las famosas carreras del Grand National, en el hipódromo de Aintree, el matrimonio coincidió allí con Brierley, que se hallaba con otros amigos. Florence y éste consiguieron escaparse entre la muchedumbre y estar solos en un lugar del hipódromo. Parece ser que alguien se lo contó a James y, cuando regresaron a casa,  éste le dijo a su esposa que este tema iba a llegar a los oídos de la gente y se convertiría en todo un escándalo. Lógicamente, esto le sentó muy mal a Florence, la cual pasó varios días en cama.
Está visto que  en esa rígida sociedad victoriana no se contemplaba de igual manera el adulterio del hombre que el de la mujer. Eso ya no ocurría en USA.
A mediados de abril, Florence, fue a su farmacia habitual y compró una serie de hojas de papel con mata-moscas, que eran muy populares por entonces, las cuales contenían cierta cantidad de arsénico. Parece ser que algunas jóvenes de la época, también las usaban para suavizar la cara.
Un dato muy importante fue que, al llegar a su cuarto,  Florence, metió estas hojas en una palangana con agua. Ese era un método que se utilizaba para extraer el arsénico de esas hojas de papel.
A finales de abril, James volvió de un viaje a Londres y parecía tener muy buena salud y estar muy animado.
Sin embargo, al día siguiente, James, se despertó enfermo y no paraba de vomitar. Incluso, dijo que no sentía las piernas.
Parece ser que había tomado una sobredosis de su peligroso medicamento y, cuando llegó el médico, su mujer le informó de lo que solía tomar su marido.
Posteriormente,  mejoró su estado de salud y al día siguiente acudió a su oficina. Incluso, siguió echando esos polvillos en su plato. Cosa que llamaba mucho la atención a los que comían con él.
Por alguna extraña razón, Florence fue de nuevo a la farmacia, para comprar más hojas de papel mata-moscas.
A primeros de mayo, James, se encontraba tan mal que tuvo que guardar cama en casa y contrataron a una enfermera. El médico le diagnosticó dispepsia crónica.
En tanto que la niñera, Alice Yapp, se dedicó a seguir continuamente a Florence y llegó a la conclusión de que estaba envenenando a su marido. Así se lo dijo a la enfermera.
Es más, un día en que iba a salir a pasear con los niños, Florence, le entregó una carta para que la echara al correo. Iba dirigida a Brierley. Así que lo único que se le ocurrió a la niñera fue decir que se le había caído en un charco y la tinta de la dirección no se veía muy bien. Por lo que compró otro sobre nuevo.
No hará falta decir que se sirvió de esa argucia infantil para leer la carta. Parece ser que en la misma, Florence, le decía a su amante que su marido “estaba enfermo de muerte”. Algo que, más tarde,  fue utilizado en contra de Florence.
Dado que tanto la enfermera como el médico tenían ciertas sospechas, éste analizó unas muestras de heces del enfermo y no encontró nada raro. Sin embargo, al día siguiente, analizó el contenido de una botella de caldo de carne, que estaba junto al enfermo, y encontró en su interior restos de arsénico.
Llegó tarde, porque esa misma noche del 11 de mayo de 1889 murió James. Por entonces, Florence tenía 26 años y su marido ya había cumplido los 50.
Los hermanos de James, que también habían sido advertidos por la niñera, consiguieron que Florence fuera encerrada en su cuarto. Luego, acompañados del servicio, registraron la casa, encontrando varios recipientes con un veneno para gatos, hecho a base de arsénico.
Posteriormente, siguieron buscando y encontraron cientos de medicamentos y una cantidad de arsénico suficiente para matar a más de 100 personas.
Ciertamente, como dijo su abogado durante el juicio, si Florence hubiera sabido que su marido tenía esa cantidad de arsénico en su casa ¿para qué iba a ir a comprar esas tiras mata-moscas en la farmacia?
Incluso, si ella hubiera sido culpable de su muerte, lo normal es que se hubiera deshecho de esas pruebas, antes de que la acusaran de ello.
Tres días después del fallecimiento de James, la Policía detuvo a Florence y se la llevó a una prisión, como sospechosa de la muerte de su marido.
Tras la exhumación del cadáver, se comprobó que había restos de arsénico en su cuerpo, pero en una cantidad muy inferior
de la que le podría haber causado la muerte. No obstante, el 6 de junio, Florence, fue procesada por asesinato.
Curiosamente, durante la autopsia, sólo se encontraron restos de arsénico en el hígado, los intestinos y el bazo. Sin embargo, no hallaron ese compuesto en el corazón, los pulmones o el estómago.
También hallaron en su cuerpo, pequeños restos de otros compuestos, pero, seguramente, procedían de otros medicamentos que había tomado, pues siempre había sido muy hipocondriaco y le gustaba mucho automedicarse. De hecho, decía que los polvos blancos de arsénico “le daban la vida”.
Tampoco hay que desdeñar la influencia de la madre de Florence. Parece ser que, en solo un año, perdió a dos maridos. William Chandler, el padre de Florence, que no tenía antecedentes de padecer ninguna enfermedad, un día se encontró muy mal. Su esposa se quedó varios días junto a él, sin dejar que entrase nadie en la habitación. Lo cierto es que a los pocos días murió, con sólo 32 años. Parece ser que hubo muchas conjeturas sobre esa muerte. No obstante, la madre junto con sus hijos, se trasladaron a vivir a otro Estado.
Unos meses después, su madre, Caroline, se volvió a casar con un oficial de la Armada Confederada, llamado Franklin Bache du Barry. Éste también murió mientras navegaba en su barco con su esposa. Ella se negó a que se llevara su cadáver a tierra y exigió que se le lanzara al mar, como es habitual entre los marinos. Así que no se le pudo realizar la autopsia.
En 1872, se volvió a casar. Esta vez el elegido fue un oficial prusiano de Caballería. El matrimonio nunca fue muy bien y acabaron separándose. No obstante, ella siguió utilizando el aristocrático apellido de su ex marido, von Roques.
Volviendo a Florence, su juicio comenzó el 31/07/1889. Era la primera vez que una ciudadana USA iba a ser juzgada por un tribunal británico y eso no le gustó nada al Gobierno de Washington.
El juicio estaba presidido por un anciano juez, llamado Stephen. El jurado estaba compuesto, exclusivamente, por 12 hombres, traídos desde Lancashire. Ninguno de ellos era de Liverpool.
El fiscal era John Addison. Mientras que el abogado defensor, que había sido contratado por la madre de Florence, era uno de los mejores del Reino Unido. Se trataba de sir Charles Russell.
El fiscal comenzó su disertación refiriéndose a la relación entre Florence y su amante Brierley. Donde más cargó las tintas fue en la frase “mi marido está enfermo de muerte”, que había escrito ella en la carta interceptada por la niñera. El abogado defensor demostró que esa frase era muy utilizada en USA, de donde procedía Florence, pero no en el Reino Unido.
El principal testigo aportado por el fiscal, fue Michael, el músico hermano de James. Al abogado defensor no le costó demasiado rebatir su declaración. Sobre todo, cuando le preguntó si sabía que hubo adulterio por ambas partes. Él contestó afirmativamente. Eso era muy importante, porque ella podría haber pedido el divorcio y no le hubiera hecho falta asesinarle.
Tampoco le costó demasiado al abogado hacer descender de “su pedestal” a la niñera. Conforme llegó le preguntó si cuando vio lo que estaba haciendo Florence en su cuarto con las hojas mata-moscas es porque ella tenía que hacer algo allí o, simplemente, la estaba vigilando. Así que la convirtió en una especie de espía, cuyo testimonio carecía de validez, por tener animadversión a su señora. También le echó en cara que hubiera leído una carta de Florence dirigida a otra persona.
Los peritos médicos, presentados por ambas partes, sólo llegaron a la conclusión de que el fallecido había muerto a causa de una gastroenteritis. Sin embargo, el que presentó la defensa dijo que James no presentó casi ninguno de los síntomas de una muerte por arsénico. Mientras que el presentado por el fiscal afirmó que no todos los muertos por este tipo de envenenamiento muestran los 
mismos síntomas y que, en su opinión, había muerto por sobredosis de arsénico.
De todas formas, la viuda declaró que, en cierta ocasión, unos días antes del fallecimiento, le dio unos polvos de arsénico a su marido, porque así se lo pidió él. No olvidemos que este hombre los había estado tomando durante toda su vida. Luego dijo  ella que le había alejado el envase de los polvos de la habitación, para que su marido no tomara más.
Tampoco deberíamos de olvidar las malas relaciones entre Florence y  Michael, uno de los hermanos de James. Éste fue el que la denunció. Es posible que estuviera interesado en administrar la suculenta herencia del fallecido. Como, después, así sucedió.
El juicio llegó el 6 de agosto a la fase de conclusiones. Allí se vio que el juez no era imparcial, pues intentó convencer, durante dos días,  al jurado de la culpabilidad de Florence.
De esa forma,  con sólo 45 minutos de deliberación, los miembros del jurado la declararon culpable y Florence fue condenada a morir en la horca.
Así de sencillo era, en aquella época, condenar a una persona a la pena de muerte. Curiosamente, el juez que la condenó fue ingresado pocos años después en un sanatorio para enfermos mentales y allí murió.
La ejecución de Florence fue fijada para 20 días después. Parece ser que hubo miles de personas que estuvieron en contra del veredicto y escribieron cartas al Gobierno y al palacio Real, para que fuera indultada.
Hasta los mismos consumidores habituales de arsénico, que lo solían tomar como afrodisiaco, opinaron que la muerte de James no se debió a una sobredosis de este producto, sino todo lo contrario.
En el bando contrario, también había mucha gente que opinaba que Florence había matado a su marido, porque él se quería divorciar y eso la iba a dejar en la miseria y, posiblemente, sin sus hijos.
Enseguida llegaron más de medio millón de firmas, entre ellas, las de algunos prestigiosos médicos británicos, donde se pedía el indulto, pues no estaba claro que el arsénico hubiera sido el causante de la muerte de James, sino, quizás, la gastroenteritis crónica, producida por el consumo habitual de diversos productos farmacéuticos.
Incluso, el ministro del Interior llegó a convocar al juez, el fiscal y el abogado defensor de este juicio, junto con notorios especialistas científicos en esta materia.
Afortunadamente, este movimiento consiguió que el 22 de agosto la reina, aconsejada por el ministro del Interior,  firmara la conmutación de esa condena por la de cadena perpetua. Parece ser que encontraron muchas dudas razonables sobre su culpabilidad en la muerte de su marido.
Su abogado siguió intentado que se pusiera en libertad a su defendida. Incluso, en 1895, cuando fue nombrado ministro de Justicia.
Es más, cuando lord Asquith fue nombrado nuevo ministro del Interior, recibió la visita de
la madre de Florence, acompañada por algunos sirvientes de su hija, junto con un abogado francés. Éste le mostró un informe de un conocido médico USA, que alababa las virtudes del arsénico para mejorar la piel de la cara. Aun así, el ministro, se negó a concederle el indulto.
Por fin, en 1904, tras 15 años de cárcel, fue puesta en libertad bajo palabra. Poco después, regresó a los USA y allí se enteró de que su hijo, al que no veía desde que fue arrestada, había muerto. Nunca más volvió a ver a sus hijos.
El resto de su vida lo dedicó a dar conferencias sobre la necesidad de una reforma penitenciaria. También escribió un libro al que tituló “Mis quince años perdidos”.
A partir de 1907 se creó en el Reino Unido una corte de apelaciones, que no existía, cuando se juzgó a esta mujer.

Florence Elizabeth Maybrick murió en 1941, pobre, sola y rodeada de gatos, en una pequeña localidad del Estado de Connecticut, cuando acababa de cumplir los 79 años.
Parece ser que tras su muerte, se encontró, entre sus escasas pertenencias, una Biblia, dentro de la cual, se hallaba una receta escrita a mano, donde se explicaba cómo extraer arsénico para utilizarlo como maquillaje para la cara.

Se dice que Isabel I de Inglaterra, también llamada “la reina virgen” solía utilizar muy a menudo el arsénico para empolvarse la cara.