ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

domingo, 26 de marzo de 2017

ENRIQUE II EL DE LAS MERCEDES



Esta vez voy a hablar sobre un personaje que nunca ha tenido buena fama. Lógicamente, todo eso se debe a que, para llegar a ser rey, tuvo que matar a su hermanastro y eso parece que nunca se lo han perdonado.
El futuro Enrique II de Castilla nació en Sevilla en enero de 1332. Fue fruto de la relación extramatrimonial entre su padre, el rey Alfonso XI de Castilla, y su madre, Leonor de Guzmán y Ponce de León, señora de Medina Sidonia y emparentada con Alfonso IX, rey de León. Hay que decir que de esta relación nacieron nada menos que 10 hijos.
Enrique fue el primero de los que sobrevivieron. Junto con él, también nació un hermano gemelo, llamado Fadrique Alonso de Castilla, que llegó a ser maestre de la Orden de Santiago, entre otros títulos.
Durante el reinado de su padre, tanto Leonor como sus hijos, vivieron una vida muy confortable, siendo tratados como si fueran la familia legítima del rey.
Sin embargo, el futuro rey Pedro I, también hijo de Alfonso XI, y su madre vivieron absolutamente apartados de la Corte.
En el caso de Enrique, su padre encargó su educación al conde de Trastámara, Rodrigo Álvarez de las Asturias. A la muerte de éste, como el conde no tuvo descendencia, entre otras cosas, le pidió al rey que le diera el título de conde de Trastámara a Enrique. Precisamente de ahí vino el nombre de la nueva dinastía.
Este era un título propio de Galicia, pero que nunca había sido hereditario. Lo otorgaba el rey a una persona y a su muerte, retornaba al monarca. Así que Alfonso XI le otorgó ese título a su hijo, Enrique.
La temprana muerte del monarca dio lugar a un cambio radical en la situación. Los nobles del reino dejaron de hacerle la pelota a Leonor y proclamaron a Pedro como nuevo rey de Castilla.
A partir de ahí, no hubo paz en el reino. Su madre, María de Portugal, no tuvo ninguna piedad con Leonor. Mandó que fuera arrestada y, tras pasar por las mazmorras de varios lugares de Castilla, en 1351, ordenó que fuera asesinada en Talavera de la reina.
Es posible que Enrique quisiera “blindarse” contra ese cambio de poderes, al casarse con Juana Manuel, hija del famoso infante y poeta Don Juan Manuel, uno de los hombres más poderosos de Castilla.
Mientras tanto, Pedro, no hizo más que buscarse enemigos. Primero se casó con la francesa Blanca de Borbón, pero, como no aportó la dote prometida, se casó con ella y luego la abandonó. Lo que provocó la indignación del rey de Francia. Eso fue aprovechado por Enrique para poner a Francia de su parte. Aún más, cuando se supo que Pedro ordenó la muerte de Blanca. Así, ya en 1352, surgieron las primeras sublevaciones, lideradas por Enrique contra Pedro I.
Pedro aprovechó para aliarse con los ingleses. Sin embargo, el rey de Aragón, Pedro IV el Ceremonioso, increíblemente, se alió con sus habituales enemigos, los franceses.
Realmente, al rey de Aragón, le importaba muy poco la guerra civil en Castilla. Sin embargo, le convenía que se sentara en el trono castellano un rey afín a sus intereses, para que la flota castellana no continuara aliándose con sus habituales oponentes en el mar, la flota de Génova.
También ocurrió lo mismo cuando, en 1354, Pedro I se casó con Juana de Castro, viuda de Diego de Haro. Tras la boda, el rey la repudió al día siguiente de la ceremonia. Así que la familia Castro se unió al nutrido grupo de oposición al monarca.
Tampoco hay que olvidar que, en aquella época, Francia e Inglaterra, estaban enzarzadas en la Guerra de los Cien Años. Así que la guerra civil en Castilla, a la que se unieron Portugal y Aragón, fue una especie de prolongación de esa guerra europea en otros frentes. De hecho, muchos caballeros y arqueros europeos lucharon en la Península Ibérica, apoyando a uno u otro bando.
En 1356, Pedro I, empezó a luchar contra todos sus oponentes. Mostrando ya toda su crueldad con los vencidos. Así que Enrique y sus hermanos tuvieron que salir huyendo. Esta vez no les pudo pillar. Sin embargo, unos años más tarde, les capturó y ordenó su muerte.
A partir de esa fecha, se dedicó a luchar en todos los frentes. Se enfrentó a Pedro IV de Aragón y, tras una tregua conseguida por un legado del Papa, fue a sofocar una sublevación en Andalucía. Allí capturó a Fadrique, el hermano gemelo de Enrique, y lo mató de una forma atroz.
En 1358, volvieron a enfrentarse Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón. Esta vez, Enrique, luchó en el bando aragonés con la condición de que ese monarca le ayudara a deponer a su hermanastro y poder conseguir el trono.
No le sirvió de mucho, pues, en 1360, las tropas de ambos bandos se enfrentaron en la primera batalla de Nájera, consiguiendo la victoria el rey castellano. Posteriormente, ambos bandos firmaron una tregua.
En 1362, Pedro I, atacó Aragón con la complicidad de Carlos II el Malo, rey de Navarra. Avanzó de una manera muy rápida por Aragón, pero esta vez fue parado en seco por una fuerza integrada por aragoneses, franceses y las tropas de Enrique. Así que al monarca castellano no le quedó
otra que retirarse.
En 1366, los partidarios de Enrique lo proclamaron nuevo rey de Castilla en Calahorra. A partir de entonces le llamaron “el de las mercedes”, por la cantidad de dinero y títulos que tuvo que repartir para que no se le fueran sus partidarios.
Al año siguiente, Pedro I, consiguió que los ingleses se unieran a su bando. Un gran contingente de tropas de esa nacionalidad, al mando del Príncipe Negro, invadió Castilla, desde los dominios ingleses del sur de Francia.
En 1367, ambos bandos se volvieron a encontrar en la segunda batalla de Nájera. Allí, por segunda vez, volvió a vencer Pedro I y Enrique tuvo que huir a Francia.
Sin embargo, el año anterior, Pedro I, había firmado con sus aliados el acuerdo de Libourne. Mediante el cual, al Príncipe Negro, que también era el Príncipe de Gales, le prometió una fuerte suma de dinero y el señorío de Vizcaya. Mientras que a Carlos II el Malo de Navarra, le prometió Álava y Guipúzcoa, por permitir que atravesaran su reino.
No obstante, Pedro I, no pudo cumplir su parte del trato, a pesar de llevar con él el tesoro real,  y los ingleses lo dejaron abandonado.

Parece ser que Enrique se enteró de ello, por eso, reorganizó sus tropas y volvió a combatir contra su hermanastro.
Esta vez organizó mejor sus tropas y vencieron a Pedro I en la batalla de Montiel. Posteriormente, cuando el monarca castellano fue a visitar la tienda de Du Guesclin, el jefe de los mercenarios franceses, se encontraron allí los dos hermanastros. Se enfrentaron entre ellos y, en esa pelea,  Enrique mató a Pedro. De esa manera tan triste fue como consiguió el trono de Castilla.
Dado que Enrique les había prometido a sus partidarios todo tipo de riquezas y de títulos, no tuvo más remedio que repartirlos durante todo su reinado.
De todas formas, la esencia de la victoria de Enrique sobre Pedro fue el triunfo de los nobles holgazanes sobre la incipiente burguesía del reino. Eso convirtió a Castilla en uno de los reinos más atrasados de la Europa Medieval. Desde el principio de su reinado, como había llegado al trono de una forma muy poco ortodoxa, sus derechos al mismo fueron discutidos por muchos personajes de la época.
Así, los reyes de Portugal, Inglaterra, Navarra y Aragón combatieron contra él en alguno de los momentos de su reinado, pues todos tenían cierto parentesco con el monarca asesinado.
Las guerras contra estos pretendientes duraron hasta 1375. Por otra parte, la crisis económica se abatió sobre Castilla, pues a Enrique le costó mucho poder pagar a todos sus acreedores y mercenarios y no se le ocurrió otra cosa que devaluar varias veces la moneda, provocando un alza brutal de los precios y la llegada del hambre a Castilla.
Algo que da una idea de la situación desesperada de Castilla, en materia económica, es que Enrique II, cuando era pretendiente al trono siempre fue enemigo de los judíos. Sin embargo, tras la llegada al poder se hizo muy amigo de ellos, para conseguir financiación. Según parece, esto hizo brotar una ola de fuerte antisemitismo en todo el reino, que tuvo unas consecuencias dramáticas durante el siguiente reinado.
Otra señal inequívoca de la mala situación económica de Castilla es que, durante su reinado, el monarca convocó a las Cortes con mucha frecuencia. Lógicamente, para que le aprobaran nuevos impuestos a fin de que pudiera pagar a sus acreedores.
Este debilitamiento económico provocó la ruina del reino, mientras que aumentó considerablemente la riqueza de los grandes señores, que se dedicaron a competir por el poder con el monarca. Como ya había ocurrido en reinados anteriores. No obstante, hay que decir en su favor que logró asentar las bases de la nueva dinastía de los Trastámara.
Empezó por enfrentarse a Fernando I de Portugal, que invadió Galicia. Le venció a base de un ataque combinado del Ejército y la Flota castellanos contra el territorio portugués.
Posteriormente, hubo de enfrentarse a una coalición formada por Aragón, Navarra, Portugal y hasta Granada. Esta guerra duró hasta la firma de los tratados de paz en 1371. En el caso de Aragón, luchó contra él, porque Enrique no quiso cederle los territorios que le había prometido.
Tampoco quiso respetar el trato que había hecho con el maestre de Calatrava. Éste se comprometió a entregarle la plaza de Carmona a cambio de que no hiciera daño a dos hijos de Pedro I, habidos con su relación con Isabel de Sandoval y que los tenía bajo su custodia.
Sin embargo, tras tomar posesión de esa ciudad, ordenó el traslado de los niños a diferentes prisiones. Sancho de Castilla, que tenía sólo 6 años, fue enviado al castillo de Toro, donde fue encerrado y murió al año siguiente. Tras una investigación realizada sobre su momia en 2006, no se pudo demostrar que hubiera sido envenenado, como se sospechaba.
En el caso de su hermano Sancho, que era un bebé de 1 año, fue llevado al castillo de Curiel. Allí permaneció, cruelmente, encerrado durante nada menos que 55 años. Incluso, llegó a tener descendencia con la hija del alcaide de esa fortaleza y una de sus hijas fue la que consiguió que el rey Juan II le pusiera en libertad, muriendo unos años después.
Me permito recordaros que al que le han llamado siempre “el cruel” ha sido a Pedro I, no a Enrique II.
En Inglaterra, Juan de Gante, duque de Lancaster, casó con Constanza, hija de Pedro I y pretendió tener derechos sobre la corona de Castilla.
Antes de que los ingleses se acercaran a nuestra costa, Enrique II de Castilla, accedió a las pretensiones de los franceses y les envió la flota castellana para apoyar el asedio al importante puerto de La Rochelle. Allí acudió también la flota inglesa y sufrió una de las mayores derrotas de su historia. Aunque parezca mentira, se podría decir que Castilla ya era la primera potencia naval de esa época. Sobre ese tema ya hablaré en un próximo artículo.
Realmente, a Castilla también le interesaba que se pudiera navegar libremente a través del canal de la Mancha, pues por ahí se exportaba la lana de las ovejas castellanas con destino a los talleres textiles de Flandes.
No obstante, Inglaterra lo volvió a intentar de nuevo, en 1372. Esta vez, se había aliado con Portugal y Aragón. Enrique II fue primero hacia Portugal y, tras vencer a su monarca, pactaron la boda de un hermano del rey castellano con una hermana del rey portugués.
 Posteriormente, fue hacia Navarra y allí pactó la entrada de sus tropas, para bloquear la llegada de los ingleses. Ambos concertaron la boda del heredero de Navarra con una hija de Enrique II.
Las tropas inglesas no consiguieron llegar a la frontera de Castilla, pues, durante su marcha,  se tuvieron que enfrentar, constantemente, a los franceses. Así que dieron media vuelta, ya que sus fuerzas habían quedado muy mermadas.
En 1375, cuando Pedro IV se vio solo ante las tropas de Castilla, no le quedó más remedio que firmar la paz de Almazán. No obstante, concertaron el matrimonio del heredero de Castilla con Leonor, hija del monarca aragonés. 
Sin embargo, a Enrique II, no le salieron bien los cálculos cuando, en ese mismo año,  se reunieron ingleses y franceses, para firmar la llamada Tregua de Brujas. No se molestaron en invitar a los castellanos. Lo único que hicieron fue llevarle el documento para que lo firmara. Evidentemente, ese documento era muy favorable a Francia, que era quien lo había auspiciado. Lo único positivo es que, después de muchos años,  Castilla volvió a vivir en paz.
Sin embargo, en 1377, murió Enrique III de Inglaterra y su sucesor, Ricardo II, firmó un acuerdo con Navarra por el que le permitiría el paso de sus tropas para intentar la conquista de Castilla.
En Inglaterra, seguían pensando que los miembros de la casa de York y los de Lancaster eran legítimos herederos al trono de Castilla. No hay que olvidar que dos hijas de Pedro I el Cruel y María de Padilla estaban casadas con Juan de Gante, duque de Lancaster, y con Edmond, duque de York, respectivamente.
Parece ser que el monarca castellano debía tener muy buenas fuentes de información, porque se enteró de ese pacto antes de que las huestes inglesas pusieran su pie en la Península Ibérica.
Para empezar, lo primero que hizo fue invadir el pequeño reino de Navarra, tomar varias plazas como rehenes y obligar a su rey a firmar un documento, donde le obligaba a aliarse con Castilla. Una vez firmado ese documento en Santo Domingo de la Calzada, Castilla devolvió esas ciudades a Navarra.
Misteriosamente, poco después de haberse firmado ese documento, el monarca castellano cayó enfermo y falleció al día siguiente en esa misma localidad.
En su momento, se rumoreó que su muerte podría haber sido debida a un envenenamiento o tal vez a un ataque de gota, enfermedad que venía padeciendo. Sólo tenía 46 años.
Está sepultado encima de la sillería del coro en la Capilla de los Reyes Nuevos de la catedral de Toledo.











lunes, 20 de marzo de 2017

PABLO DE SANTA MARÍA, EL RABINO QUE SE CONVIRTIÓ EN OBISPO



Siguiendo con mi razonamiento de que, en muchas ocasiones, el buen conocimiento de la Historia puede ser mucho más entretenido que las novelas de ficción, esta vez os traigo la biografía de un personaje que, a primera vista, pudiera parecer increíble, pero que existió en realidad.
Nuestro personaje de hoy nació en Burgos. Los autores no se ponen de acuerdo sobre su año de nacimiento. Unos afirman que fue en 1345, mientras que otros sostienen que fue en 1350.
Francamente, yo creo que ese dato es el que menos nos debe preocupar. Lo realmente importante fue la imprevista evolución de este personaje.
Al nacer, le pusieron el nombre de Schlomo ben Jitzchaq ha-Levi y, por supuesto, pertenecía a una familia bien conocida de judíos burgaleses. También fue conocido como el Burgense.
Este hombre fue todo un personaje dentro de la comunidad judía, recibiendo una excelente formación, tanto hebrea como árabe, para, posteriormente, convertirse nada menos que, en 1379, en el rabino mayor de Castilla,. Eso le convirtió en un hombre mucho más rico de lo que ya era.
Me parece que, en un momento dado, se dio cuenta de que la Iglesia católica, con el apoyo de la monarquía,  iba a iniciar una dura campaña contra su pueblo. Así que, en 1390, se bautizó y, con él, casi toda su familia. Parece ser que su esposa y su padre se negaron a hacerlo. Así que se separó civilmente de ella con el propósito de hacerse sacerdote.

La verdad es que no se equivocó, los ataques contra las juderías de Castilla comenzaron al año siguiente.
En julio de 1390, fue bautizado en Burgos, con el nombre de Pablo García de Santa María, junto con sus cuatro hijos varones y su hija. Hay quien dice que los bautizó San Vicente Ferrer.
Parece ser que se puso ese apellido, porque afirmaba que la tribu Levi era de donde procedía la Virgen María y él presumía de estar emparentado con ella.
Posteriormente, sus tres hermanos también abrazaron la fe católica, pudiendo mezclarse, desde entonces, con la nobleza de Castilla y Aragón.
Evidentemente, tras ese acto, se crearon un escudo nobiliario. Lo normal es que alguien pusiera en su escudo una concha de peregrino, por haber ido a Santiago. Éstos, en su blasón, colocaron nada menos que cinco. Por si alguien ponía en duda su fe católica.
Incluso, algunos de ellos fundaron monasterios y varios de sus descendientes profesaron en ellos.
Se ve muy claro que a este hombre lo estaban formando para intentar que sus antiguos feligreses se pasaran en masa a la fe católica. Así que lo enviaron nada menos que a la Universidad de la Sorbona, en París, para doctorarse en Teología católica. Parece ser que también visitó Inglaterra para conocer a los filósofos y teólogos más importantes de su tiempo.
En 1395, a su regreso a Castilla, le promovieron a arcediano en la catedral de Burgos.
En 1402, Enrique III de Castilla, le propuso al Papa para la sede vacante en el obispado de Cartagena. Así se convirtió en obispo.
Su ascenso fue meteórico. Poco más tarde, el rey le confió al príncipe, en calidad de tutor del mismo. Normalmente, los monarcas, dejaban la educación de sus herederos en manos de otros nobles, pero no de eclesiásticos.
En 1407, tras la muerte del canciller López de Ayala, fue nombrado por el rey para ocupar ese cargo. El más importante del reino.
Posteriormente, a la muerte de Enrique III, fue miembro del Consejo de Regencia, durante la minoría de edad del futuro Juan II.
Incluso, el no va más, llegó a ser consejero del rey de Aragón, siendo un alto cargo del reino de Castilla. No debemos olvidar que, aunque estos dos reinos estaban dentro de la Península Ibérica, solían enfrentarse bélicamente de vez en cuando.
Aunque se dice que nadie es profeta en su tierra, a este hombre tampoco le afectó ese dicho. En 1415 fue nombrado obispo de Burgos, precisamente, la misma ciudad donde había sido gran rabino.
La cosa no termina aquí. Unos años más tarde, el Papa le nombró Patriarca de Aquileia. El mayor patriarcado cristiano, después del de Roma. Así que, supongo,  también sería una de las sedes más ricas de la Iglesia. Aunque, en ella época, ese territorio era el escenario de una guerra entre Venecia y el Sacro Imperio.
Contra todo pronóstico, el Papa, nombró a uno de los hijos de Pablo como nuevo obispo de la sede de Burgos. Salvo error, eso no había ocurrido nunca en la Iglesia.
Aunque algunos autores lo mencionan como arzobispo, recordemos que el arzobispado de Burgos no se creó hasta 1574.
No es de extrañar que estos cristianos nuevos acapararan puestos importantes en la Castilla de la época. La razón es muy sencilla, mientras los nobles de la época sólo se dedicaban a guerrear y organizar grandes fiestas, siendo la mayoría de ellos casi analfabetos. En cambio, los judíos, siempre han tenido muy cuenta la formación de sus hijos. De esa manera, muchos de ellos ocuparon puestos muy importantes en la Administración del Reino.
Precisamente, los hermanos de Pablo representaron a Burgos en las Cortes de la época y fueron regidores perpetuos de su ciudad.
Por lo que se refiere a los hijos de Pablo, Gonzalo, fue obispo de Astorga. Alfonso, le sucedió en la sede de Burgos. Pedro fue un excelente militar, que ejerció como tal durante los reinados de Juan II y Enrique IV. Aparte de ser regidor de Burgos y procurador de esta ciudad ante las Cortes. Alvar, fue diplomático y miembro del Consejo Real, durante el reinado de Juan II. María casó con un noble perteneciente a la estirpe de los Covarrubias.
Curiosamente, tanto Pablo, como Alfonso, su hijo y sucesor en el obispado de Burgos, fomentaron la terminación de la catedral de esa ciudad, cuya construcción llevaba muchos años parada, por falta de financiación.
Como, por lo que se ve, los recién llegados, tienen que hacer más méritos para ser admitidos en su nueva comunidad, pues nuestro personaje se puso a hacer campañas contra sus antiguos feligreses a fin de que se convirtieran al Cristianismo, como había hecho él. De hecho, se dice que su mejor obra fue “Dialogus Pauli et Santi contra Judaeos”. Según dicen, en ella se basaron muchos teólogos para ejercer una mayor presión contra las comunidades judías.
Es más, redactó una “Ordenanza sobre la prisión de los judíos y los moros”. En ella, pretendía poner al pueblo judío fuera de la Ley. Asimismo, pretendía que dejaran de ejercer ciertas profesiones en las que siempre habían gozado de mucha fama, como eran las de médico, cirujano, comerciante, etc.
Tampoco les permitía tratar a los enfermos cristianos. Ni siquiera viajar de una ciudad a otra, sin un permiso previo.
También les exigía cortarse el pelo y la barba y no exhibir públicamente  ciertos vestidos que denotaran su riqueza.
Evidentemente, tanto su rápida conversión, como las medidas que propuso, posteriormente, causaron estupor en las aljamas o juderías de Castilla y Aragón, donde siempre había sido un personaje conocido y respetado.
Parece ser que, a partir del siglo XVI, sus descendientes no lo tuvieron ya tan fácil, pues se pusieron de moda los estatutos de limpieza de sangre y tuvieron que comprar muchas voluntades para no figurar como procedentes de una estirpe de conversos.
Tal ocurrió en el caso de Pedro Osorio de Velasco, cuando quiso ingresar en la Orden de Santiago. Esto le supuso tener que convencer a varios teólogos y catedráticos, incluso al rey Felipe III.
Por fin, en 1603, el Papa Clemente VIII, emitió un breve en el que lo declaraba apto para tomar ese hábito.
Al año siguiente, Felipe III, emitió una cédula en la que se le concedía el hábito de la Orden de Santiago. Sin embargo, ya era tarde. Osorio había muerto el año anterior.
Volviendo a nuestro personaje, le llegó la muerte en Burgos, en 1435. Fue enterrado en el antiguo convento de San Pablo, en Burgos, donde, posteriormente, serían enterrados otros miembros de su familia.
No hará falta decir que él fue uno de los que aportó más fondos para que se terminara ese monasterio. Por ello, los frailes aceptaron que se enterraran también en el mismo recinto los cuerpos de su madre y su esposa, fallecidas en fecha anterior a la suya. Por eso mismo, los frailes, aceptaron que se colocaran en varias naves los escudos de armas de esta familia.
Curiosamente, este convento era de la Orden de los Dominicos, precisamente, los que siempre persiguieron con más denuedo a los judíos.
Este edificio está lleno de cosas curiosas. Una de ellas es que fue donde empezó su formación el reputado experto en Derecho Internacional e iniciador de los Derechos Humanos, Francisco de Vitoria, nacido en Burgos.
Otra curiosidad es que en 1512 se reunieron en este recinto, por orden del
rey Fernando V, el Católico, un grupo de teólogos y juristas para estudiar las denuncias de los dominicos, sobre los daños inferidos por los colonos a los indios. De allí salieron las famosas Leyes de Burgos, promulgadas por este monarca a finales de ese mismo año, por las que se empezó a dar un trato más humano a los indígenas y a las que se considera como el primer tratado sobre Derechos Humanos en todo el mundo.
Hoy en día, ya no existe este convento. Fue casi destruido durante la Guerra de la Independencia. Posteriormente, fue desamortizado. Luego convertido en cuartel militar y, después, demolido en su totalidad.
En la actualidad, su solar se halla ocupado por el nuevo Museo de la Evolución Humana, situado en Burgos.
Espero que os haya gustado este artículo y quisiera pediros disculpas por el anterior, porque me quedó demasiado largo.

domingo, 19 de marzo de 2017

DIEGO DE VALERA, DIPLOMÁTICO E HISTORIADOR AL SERVICIO DE LOS REYES DE CASTILLA.



Esta vez traigo al blog a un personaje tan desconocido que ni siquiera he encontrado alguna imagen suya. Así que no os la puedo ofrecer.
Nació en la ciudad castellana de Cuenca, en 1412. Era hijo de Alonso García Armíndez Chirino, de Guadalajara, que fue médico de varios reyes, como Enrique III y Juan II. Su madre fue María de Valera.
Parece ser que su padre tendría buena fama, pues fue nombrado por Juan II “alcalde y examinador de los físicos y cirujanos de sus reinos”.
Debía de ser un médico muy curioso, pues en su obra “Espejo de la Medicina”, llegó a escribir que al ser insegura la ciencia médica, no se debe acudir a ella,  salvo en casos muy apurados, siendo mejor dejar hacer a la Naturaleza.
También a mí me parece que sigue siendo muy poco segura a pesar de los grandes avances médicos, habidos en el siglo XX.
Evidentemente, esta afirmación le atrajo cientos de críticas hacia su obra, por parte de sus colegas y él les contestó con su “Replicación”.
Otras obras suyas son “Menor daño de la Medicina” y “De la sanidad y la Medicina”. Las cuales produjeron menos escándalo que la primera.
No está muy claro si Diego de Valera fue hijo legítimo o ilegítimo del médico, pues no lo cita en su testamento. También podría ser que no se llevara muy bien con él.
Sin embargo, algunos autores afirman que no lo hizo, porque, en esa época, no se incluían en un testamento a los hijos menores de edad. Por entonces, nuestro personaje, tenía unos 17 años.
Incluso, algunos piensan que su padre pudo haberse casado en dos ocasiones, pues, en su testamento, no cita como su esposa a María de Valera, sino a Violante López, probablemente, su segunda esposa.
Por ello, en otros documentos se dice que Juan Hernández de Valera, personaje importante de la corte y regidor de Cuenca, es el suegro del converso Alonso Chirino.
Incluso, el famoso Enrique de Villena, menciona  la amistad que existía entre ambos en su obra “Tratado de la lepra”.
Sin embargo, en la ejecutoria encargada por uno de sus descendientes, para ingresar en la Orden de Alcántara, se citan como hijos del matrimonio de Alonso y María de Valera:
Alonso García Chirino, que perteneció al Consejo del rey Juan II de Castilla.
Juan Alonso Chirino, capellán mayor del rey Enrique IV, aparte de ser también obispo de Segovia.
Fernán Alonso García Chirino, regidor de Cuenca y montero mayor de Enrique IV. Estuvo al mando de la defensa de esa ciudad y consiguió repeler un ataque de los infantes de Navarra.
Por último, se cita a nuestro personaje de hoy, Diego de Valera.
Volviendo al padre de nuestro personaje, se dice que la fama y la riqueza de esta familia datan del siglo XII, cuando unos de sus ancestros, Alonso Pérez Chirino, se distinguió en la conquista de Cuenca y fue recompensado por Alfonso VIII con muchos honores y tierras.
Dada la cercanía de su padre a los reyes, a Diego le colocaron enseguida en la corte. En 1427, con sólo quince años ya fue paje de Juan II y luego de su hijo, Enrique IV de Castilla.
Más tarde, fue investido caballero, luchando en las batallas de Toro y de la Higueruela (1431), a la vez que se convirtió en un conocido humanista.
De todas formas, en la época de Juan II no hubo importantes hechos de armas, pues el monarca tampoco estaba muy interesado en la lucha contra los moros. Así que, de vez en cuando, los caballeros de la corte, se entretenían en hacer torneos entre ellos.
Incluso, se dieron varios casos, supongo que a causa de aburrimiento de la Corte, en que algunos caballeros se desplazaron a otros reinos en busca de aventuras.
Precisamente, el mismo don Quijote, cita a alguno de estos caballeros como ascendientes suyos y, según dice, esa es una de las razones por las que él creía que debía de repetir sus hazañas.
Volviendo a nuestro personaje, a partir de 1437 comenzó su carrera bélica y diplomática. Fue una buena opción, pues a causa de su falta de nobleza, nunca podría competir con los aristócratas de la Corte. No obstante, el rey de Castilla le proporcionó una carta de presentación, para poder ser recibido por otros monarcas europeos.
Evidentemente, tampoco podría rivalizar con algunos de los personajes más importantes de su época, como el marqués de Santillana; el tío de éste, Fernán Pérez de Guzmán, a su vez, sobrino del célebre canciller López de Ayala; por último, Alfonso de Cartagena, obispo de Burgos y antiguo judeoconverso.
Diego también se aburría en la Corte. Así que se dedicó a aplacar sus impulsos juveniles  representando a Castilla en la corte de Carlos VIII de Francia, donde mostró su destreza militar luchando contra los ingleses, durante la famosa Guerra de los Cien Años.
También fue enviado a Bohemia, donde ayudó a su rey, Alberto, a luchar contra los rebeldes husitas, de los que ya he hablado en otros artículos. Por ello se ganó varias condecoraciones. Precisamente, cuando se hallaba viajando por las tierras del Sacro Imperio, murió su emperador, Segismundo, siendo Alberto el elegido para ocupar el trono. Por ello, nuestro personaje, tuvo ocasión de asistir a la coronación del nuevo emperador.
Parece ser que en esas tierras tuvo una discusión con un caballero alemán, que había visitado la Península Ibérica. Éste, durante una comida,  comentó jocosamente, que el rey de Castilla no podía lucir su bandera, porque la había perdido luchando contra los portugueses y éstos la lucían en la basílica de Batalha.
Nuestro personaje argumentó que el rey de Castilla perdió ese combate, pero no la dignidad. A lo que el emperador le dio la razón y el otro caballero hubo de disculparse por lo dicho.
No hay que olvidar que estamos en la época en donde era normal que un caballero se pusiera en la mitad de un camino o de un puente para pelearse contra todos los que pasaran por allí. Se ve que los caballeros se tendrían que aburrir como una ostra y tendrían que demostrar que servían para algo.
Por supuesto, nuestro personaje tampoco fue ajeno a esta violenta costumbre y combatió contra otro caballero que estaba apostado cerca de la entrada de la ciudad de Dijon.
Vistió su caballo con sus mejores galas, utilizando para ello un manto de seda teñido de rojo, donde destacaban las cinco flores de lis, puestas en forma de cruz, que formaban el escudo de armas de la casa de los Chirino.
Como es costumbre entre los franceses, al ver que el caballero castellano era más bien bajito, le pusieron a combatir contra el más alto de los galos. No obstante, nuestro personaje venció y fue aclamado por ello.
Parece ser que, tras este combate,  el duque de Borgoña, le premió con un aspa de madera dorada, para que lo luciera en su escudo de armas, sobre fondo rojo.
A su vuelta a Castilla, en 1444, fue condecorado por el rey, que se hallaba en Tordesillas,  pues a éste ya le habían informado de lo bien que le había defendido ante el caballero alemán.
Parece ser que al final de ese mismo año, el rey le encargó volver a Francia para hablar con ese monarca, Carlos VII,  a fin de conseguir la liberación del conde de Armagnac.
Para ello, tuvo que esperar, durante 40 días, a que el monarca francés se dignara a recibirle y, aunque, en un principio, se negó a poner en  libertad al conde, después lo hizo, aceptando las razones esgrimidas por Valera. De esa manera, el conde fue liberado de su prisión en Carcasona.

Incluso, el mismo monarca, Juan II, que se hallaba viudo, le encargó que, secretamente, hiciera gestiones ante el rey de Francia para ver si le permitiría casarse con su hija mayor, llamada Radegunda. Es posible que fracasara en este intento, porque la joven murió poco después, sin haber realizado ningún pacto matrimonial entre los dos reyes.
Tal vez, es probable que el rey francés tampoco hubiera aceptado nunca la propuesta del castellano, porque ya había prometido a su hija con Segismundo, futuro emperador del Sacro Imperio.
Parece ser que Juan II le encargó que hiciera esa gestión de manera secreta, porque D. Álvaro de Luna estaba empeñado en que el monarca se casara con Isabel de Portugal, cosa que, por fin consiguió.
No obstante, tras ese matrimonio, la enemistad entre la reina y el valido fue cada vez a más. Esto llegó hasta un punto en que se formó un complot palaciego contra él, lo que obligó al rey a encerrarle, siendo, posteriormente, condenado a muerte y ejecutado. Algo que nunca le perdonó el rey a su esposa, pues siempre habían sido íntimos amigos. Esto lo recordó hasta el mismo momento de su muerte.
Posteriormente, en 1447, Diego de Valera, representó, en calidad de procurador,  a la ciudad de Cuenca ante las Cortes de Tordesillas.
Nuestro personaje tenía fama de ser muy sincero y allí también lo fue. Tras las intervenciones de los diversos pelotas, lameculos y “estómagos agradecidos”, que siempre los ha habido en este país, le tocó a él el turno.
Parece ser que le dijo que no estaría de más que, antes de condenar a alguien, sería bueno ser escuchado por un juez o por el rey. Cosa que no estaba ocurriendo en esa época en el reino.
Para “ilustrar” su intervención, citó como ejemplo aquella frase de Séneca que dice “Muchas veces la Justicia es justa, sin embargo, el juez es injusto”. De todas formas, Diego, no se estaba metiendo directamente con el rey, sino advirtiéndole de lo que estaba ocurriendo en el reino con el gobierno de su valido, D. Álvaro de Luna.
Evidentemente, esto no le hizo mucha gracia al soberano, el cual no quiso escuchar al resto de los procuradores y se fue de la ciudad. Tampoco agradó a otros más, los cuales amenazaron a Diego.
Unos años más tarde, fue enviado por el rey, de manera provisional, como embajador ante varias cortes, como las de Dinamarca, Inglaterra, Borgoña y Francia. Todo ello, gracias a su dominio de los idiomas.

Siempre fue enemigo de don Álvaro de Luna, publicando algunos poemas contra él, lo que le costó el alejamiento del rey.
Gozó de varios cargos importantes durante los reinados de Enrique IV y Fernando el Católico, siendo consejero de este último.
Desde 1467 estuvo al servicio del riquísimo duque de Medinaceli, el cual le nombró alcaide de su castillo en Puerto de Santa María.
Estuvo casado con María de Valencia y ordenó construir la capilla de Santa Ana en la iglesia mayor del Puerto de Santa María. En ella se pueden ver los escudos de los  Chirino y los Valera.
Escribió varias obras históricas, donde defiende el derecho del historiador a poder relatar la verdad, sin censura de ningún tipo. Lo cual no le hizo ninguna gracia a Juan II de Castilla, sobre todo tras enviarle una de sus famosas “epístolas”, donde le narraba de una forma  muy sincera su opinión sobre la situación en que se hallaba su reino.
Otras de sus obras fueron el Tratado de las armas, dedicado a la heráldica; la Providencia contra la Fortuna; el Ceremonial de príncipes; El Espejo de verdadera nobleza, El Doctrinal de Príncipes, etc.
Hoy en día, se le considera uno de los mejores escritores en prosa de su época. Por ello, Marcelino Menéndez  Pelayo lo menciona en su obra “Antología de poetas líricos españoles”.

Siempre estuvo muy unido a la casa de los Zúñiga, condes de Plasencia y enemigos acérrimos de D. Álvaro de Luna. Quizás,  por eso, algunas de sus poesías aparecen en el llamado “Cancionero de Stúñiga”, forma antigua del apellido Zúñiga, aunque este cancionero se escribiera en Aragón.
Parece ser que los Zúñiga utilizaron a Diego como su correo, para organizar un complot contra D. Álvaro de Luna, que, curiosamente, también era de Cuenca, como él. Éste fue informado a tiempo y pudo huir.
Se veía muy claro que el rey no quería procesar a su valido, no obstante, un grupo de cortesanos, empezando por la propia reina, le estaban obligando a ello. Así que tan pronto decía que lo prendieran como que no y eso enfadó mucho a los Zúñiga.
Así que, por fin, consiguieron que el rey firmara su famosa orden, dirigida a su alguacil mayor, D. Álvaro de Zúñiga,  en la que se decía: “yo vos mando que prendades el cuerpo a D. Álvaro de Luna, Maestre de Santiago, é si se defendiere, que lo matéis”.
Para ello, los Zúñiga, rodearon el castillo de Burgos, donde se hallaba el valido con sus seguidores y desde el cual se ejerció una fuerte resistencia.
Al final, el valido, se decidió a salir, tras haber recibido ciertas promesas, por parte del rey. Lamentablemente, luego no se cumplieron. Así que luego fue sometido a un juicio amañado, que terminó con una condena a muerte y su decapitación en público. De poco le sirvió que su tío abuelo hubiera sido el pontífice conocido como el Papa Luna.
Sin embargo, los seguidores del valido, que estuvieron defendiéndose en el castillo de Burgos, tras rendirse, fueron puestos bajo la custodia de nuestro personaje y no sufrieron daño alguno.
Tras la muerte de Juan II, subió al poder su hijo, Enrique IV, el cual, a pesar de ser el cronista de su reino, nunca fue muy del agrado de nuestro personaje.
Curiosamente, en cierta ocasión, el rey, mandó una serie de corregidores a varias ciudades. Nuestro personaje se enfadó, concretamente, con el que fue destinado a Cuenca, porque, un día no se le ocurrió otra cosa que prender a los cargos principales de la ciudad y no liberarlos si no pagaban una fuerte cantidad que él había estipulado.
Lógicamente, Valera, denunció este comportamiento ante el rey y éste ordenó que se presentaran ambos ante él. Allí reunidos ante el monarca y su Consejo, Diego, relató los hechos acaecidos en la ciudad.
Sorprendentemente, el acusado, en lugar de negarlos dijo que todo lo había hecho en nombre del rey y que también le había enviado su parte al monarca y había repartido el resto entre sus compinches de Cuenca.
Lógicamente, ante esta declaración, los miembros del Consejo, se quedaron mudos y el caso se archivó, porque en aquella época rodaban con mucha facilidad las cabezas. De hecho, la de ese corregidor cayó algo más tarde en Sigüenza.
En 1462, nuestro personaje fue nombrado corregidor de la ciudad de Palencia. Desde allí, en su más puro estilo, escribió una carta al rey, donde le recordaba que no era muy bien visto por sus súbditos y acaba la misma recordándole que Pedro I: “el cual, por su mala gobernación, perdió la vida y el reino con ella”.
Tras la muerte de Enrique IV, Valera, fue partidario del bando de los Reyes Católicos, los cuales le enviaron como corregidor a Segovia. Allí dejó buen recuerdo, por su honradez y su buen gobierno.
Poco tiempo después, pasó al servicio del duque de Medinaceli, el cual le nombró alcaide del Puerto de Santa María con un sustancioso sueldo.
No obstante, los reyes le volvieron a llamar y, por entonces, fue cuando escribió la obra “Doctrinal de príncipes”.
Como dicen algunos autores, su carácter severo y su honradez siempre le hicieron incompatible con la inmoralidad que profesaban la mayoría de los cortesanos y los reyes de su época.
Realmente, parece ser que, por fin, encontró en los Reyes Católicos unos monarcas a los que mereciera la pena servir.
Su hijo, Charles, fue capitán de la flota castellana y luchó contra los piratas y los portugueses en el Atlántico y la zona del Estrecho.
Afortunadamente, al mencionar las hazañas de su hijo en varios de sus escritos, conocemos los enfrentamientos navales que hubo entre castellanos y portugueses, a partir de 1475, por lo que ellos llamaban la Guinea, en África.
Parece ser que, padre e hijo, llegaron a conocer a Cristóbal Colón cuando éste vivió, casi dos años, junto al duque de Medinaceli, a quien ellos servían.
Escribió obras de varios tipos. Entre ellas, podemos destacar la “Crónica abreviada de España” (1481), también conocida como la “Valeriana”, por el apellido de su autor, que fue muy popular hasta el siglo XVI. Fue la primera Historia de España publicada por medio de la imprenta.
Parece ser que los Reyes Católicos apoyaron su publicación. Es posible que lo hicieran para utilizarla como base de su política de construcción de una España unida.
De hecho, se puede  leer en la portada del libro: “La chronica de España, abreviada por mandado de la muy poderosa señora doña Ysabel reyna de Castilla”.
Esta obra se suele dividir en cuatro partes. La primera trata sobre una descripción de los países, que fueron visitados o no por este autor. En la segunda realiza un estudio sobre la dominación romana sobre la Península Ibérica. La tercera se dedica a la invasión de los pueblos bárbaros y llega hasta la conquista de la Península, por parte de los árabes. La cuarta abarca desde la victoria de Don Pelayo en Covadonga hasta el reinado de Juan II de Castilla.
Seguramente, esta obra fue utilizada de una manera propagan
dística por los Reyes Católicos, pues no olvidemos que los monarcas de la España medieval basaban su legitimidad en ser los sucesores o descendientes de los antiguos reyes visigodos.
En la “Crónica de los Reyes Católicos” se puede comprobar claramente que era partidario de estos monarcas y los ensalzó en los capítulos dedicados a la guerra con Portugal, por la sucesión a la corona de Castilla, y la guerra de Granada, para la unificación de España.
Sin embargo, en el “Memorial de diversas hazañas” se analiza el reinado de Enrique IV, llamado el Impotente, que nunca fue muy del agrado de nuestro personaje.
En cuanto a sus poesías, se puede decir que tratan sobre los mismos temas que otros autores de su época, como los amatorios o los salmos. Por supuesto, le dedica algunos a la caída de su mayor enemigo, D. Álvaro de Luna.
Parece ser que los Reyes Católicos siempre le tuvieron en gran estima, según se desprende de los abundantes escritos que se conservan, remitidos por los monarcas, donde se le agradecen sus servicios e, incluso, le dan su enhorabuena por la victoria naval de su hijo, frente a los portugueses. Incluso, en ellos, se cita al mismísimo Colón.
Desgraciadamente, Diego de Valera, murió en Puerto de Santa María en 1488.