ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

viernes, 12 de enero de 2018

SIXTO CÁMARA, UN REVOLUCIONARIO OLVIDADO

Quiero empezar este artículo de la misma forma que acabé el último de 2017, o sea, deseando que todos seáis muy felices en el año 2018. Aunque no os haya tocado la Lotería, cosa que le suele ocurrir a casi todo el mundo, porque para eso la organizaron en su momento.
Esta vez voy a narrar en el blog la vida de un revolucionario de los muchos que ha habido en este país, llamado España, y que, como suele suceder, casi nadie se acuerda de él.
Confieso que llegué a conocer un poco de la historia de este personaje, gracias a que su nombre fue utilizado como seudónimo por el gran escritor español Manuel Vázquez Montalbán. Antes de eso, no lo conocía en absoluto.
En principio, no hay que confundir a este personaje con un matemático español de igual nombre y que también vivió en el siglo XIX.
Nuestro personaje se llamaba Sixto Sáenz de la Cámara y Echarri. Nació en agosto de 1824 en el pequeño pueblo riojano de Aldeanueva de Ebro.
Nació dentro de una familia modesta, que, desgraciadamente,  no pudo proporcionarle una buena formación, pero sí un gran amor por la libertad. No obstante, su padre fue escribano y luego alcalde de su pueblo.
Esta localidad se hallaba en una  zona que, durante las guerras carlistas, siempre estuvo en disputa por ambos bandos.
Seguramente, por ello, desde muy joven, se alistó en el bando liberal, también llamado cristino y, más tarde, isabelino. Pasó varios años combatiendo a los carlistas, partidarios del tío de la reina y de la restauración del absolutismo. Los carlistas son los que aparecen  en la ilustración con la boina roja
Hacia 1843 se le ve residiendo en Madrid, donde se siente en su salsa, gracias a la efervescencia revolucionaria que se vivía, por entonces,  en la capital.
Allí procura leer todo lo que puede y escribe multitud de artículos en varios de los muchos periódicos que surgieron en ese momento, aunque, la mayoría de ellos, tuvieron una vida muy efímera. Se dice que algunos sólo lograron reunir una docena de suscriptores.
Hasta se atrevió a escribir una obra de teatro sobre un bandolero y, posteriormente, varios libros en donde matizaba su pensamiento político.
También, por esa época, conoció a otro personaje llamado Fernando Garrido. Éste venía de Cádiz, donde había prendido la semilla del socialismo propuesto por Charles Fourier, hoy llamado “socialismo utópico”.
El ideal de Fourier se basaba en crear unas  comunas, llamadas falansterios, donde la gente viviría y trabajaría. En ellas, todos ganarían lo mismo, pero se daría una bonificación para fomentar el talento y el trabajo.
Basándose en las ideas de ese pensador francés, Cámara, publicó “El espíritu moderno”, en 1848, y, al año siguiente, “La cuestión social”.
En un principio, nuestro personaje, pensaba que el liberalismo sería una forma de derrotar a los conservadores y hacer evolucionar a la sociedad desde un liberalismo hacia el socialismo de Fourier.
De hecho, en 1849, se fundó el Partido Demócrata, en el que convergieron personas con ideales políticos muy diferentes. Entre ellos, nuestro personaje.
En un principio, había apoyado a los liberales o progresistas, pero luego se dio cuenta de que esos políticos, como todos, iban a lo suyo y no se preocupaban para nada de los sufrimientos del pueblo.
Tras la llegada de los progresistas al poder, se vio que no cumplieron lo que habían prometido, sino que apretaron aún más las clavijas al pueblo. Así que ese partido se disolvió.
A partir de ahí, el movimiento obrero dejó de apoyar a la burguesía, en los muchos intentos de ésta por llegar al poder, y creó sus propias señas de identidad, que, posteriormente, les fueron facilitadas por el naciente marxismo.
Seguramente, por eso mismo, Cámara fundó con Fernando Garrido y algunos amigos más, un movimiento llamado “Los hijos del pueblo”, al objeto de organizar múltiples rebeliones por toda España, que produjeran el cambio social y político que anhelaban.
Precisamente, en 1849, nuestro personaje fundó un periódico, llamado La reforma económica, donde se dedicó a divulgar los postulados de lo que hoy conocemos como el Socialismo Utópico.
También fue un firme partidario del Iberismo, o sea, la unión de España y Portugal en un único Estado, pero siempre en un contexto republicano federal.
En 1856, tras el final del llamado Bienio Progresista, donde durante unos pocos años pudieron gobernar los liberales, huyó hacia Andalucía y luego se exilió en Portugal. Allí, escribió, en 1859, "La Unión Ibérica".
A esas alturas, para él, la revolución era la única forma  posible para llegar a cambiar la política de su tiempo. Así que la mejor manera de conseguir ese objetivo era la unión de los revolucionarios de ambos países.
En 1857, desde su exilio lisboeta, organizó lo que llamó la Legión Ibérica. Supuestamente, se trataba de una unidad de milicias que invadiría España y expulsaría del Gobierno a los conservadores.
Lo cierto es que aquí primaban más los deseos que la realidad. Incluso, en algún momento pensaron viajar hasta la actual Italia, para apoyar a Garibaldi en su lucha para conseguir la unificación de su país.
Parece ser que el 08/07/1859, en pleno verano, Sixto Cámara, se aventuró a entrar en España, junto con otros amigos. Al día siguiente, se reunió en Olivenza con unos sargentos del batallón de milicias de Badajoz. Allí acordaron ser los primeros en sublevarse, para  después hacerlo diversas guarniciones de Andalucía.
Según cuentan, alguien los denunció y el Gobierno envió, desde Badajoz, un contingente de la Policía para capturarlos.
Al saber que la Policía les estaba buscando, Cámara y otro amigo, salieron de Olivenza con intención de volver a cruzar la frontera.
Parece ser que fue uno de esos días en que hace un calor más que sofocante y ellos, con las prisas, no habían cogido ni agua.
Así que procuraron no tomar ninguna carretera, porque, seguramente, estarían todas vigiladas,  e intentar llegar campo a través hasta el vecino país. El problema es que se perdieron y, además, la sed hizo mella en ellos.
Fruto de esa desesperación, a Cámara no se le ocurrió otra cosa que ponerse a beber en una
zona donde había una charca, cuyas aguas no parecían muy saludables.
A causa de ello, nuestro personaje se puso muy enfermo y su amigo lo llevó hasta una cercana casa de labradores, donde al poco tiempo murió.
Por lo que respecta a su compañero, Moreno Ruiz, intentó huir hacia Portugal, pero los habitantes de esa casa no lo consintieron, alegando que podrían culparles a ellos de la muerte de nuestro personaje.
Así que fueron a denunciar el hecho y las autoridades detuvieron a Moreno. Poco después, fue juzgado y condenado a muerte.
Parece ser que, junto a él, fueron ejecutadas varias personas más. Incluso, uno de ellos, había sido condenado a muerte por el “grave delito” de llevar una carta de los conspiradores desde Badajoz a Olivenza.
Así que, como sólo había un garrote, tuvo que ver cómo ejecutaron al resto de los condenados, siendo él el último en sufrir esa pena.
Posteriormente, tras un registro efectuado en el domicilio de Moreno Ruiz, encontraron papeles muy comprometedores. Por ese motivo, el Gobierno, detuvo a cientos de personas por toda España.
Curiosamente, en Sevilla, capturaron a un sargento de Artillería, al cual le prometieron dejarle con vida si denunciaba quién era el jefe de la conspiración. Parece ser que éste señaló al político cartagenero Fernando Garrido, el gran amigo de nuestro personaje.
Según cuentan, tras haber quedado este sargento en libertad, fue increpado por el resto de sus compañeros, los cuales le hicieron prometer que, cuando el juez volviera a interrogarle, negaría todo su testimonio anterior.
Así que, cuando lo citaron ante el Tribunal, al objeto de realizar un careo con Garrido, el militar negó conocerle y este último fue inmediatamente detenido.
Posteriormente, el militar fue sometido a un consejo de guerra, el cual le condenó a muerte, llevando al mismo Garrido al lugar de ejecución para que contemplara cómo se ajusticiaba a quien se había retractado de su anterior declaración.
Parece ser que se quedaron con las ganas de matarlo, porque, a causa de su actividad como periodista y revolucionario, era muy conocido por la Policía y ya había sido encarcelado en diversas ocasiones. Sin embargo, no pudieron hacerlo por falta de pruebas.

viernes, 22 de diciembre de 2017

KNUT HAUGLAND, UN ESPÍRITU AVENTURERO

Como siempre, buscando por esta enorme enciclopedia, que es Internet, cuando vas buscando una cosa, de repente, te das de bruces con otra.
Incluso, a veces,  te resulta tan interesante que no te queda más remedio que aparcar un momento lo que estabas haciendo para meterte de lleno en esta nueva historia.
Nuestro personaje de hoy fue un noruego llamado Knut Haugland y nació en 1917 en un pequeño pueblo del sur de ese país, dentro de la provincia de Telemark. Seguro que os suena de algo ese nombre.
Nació en un hogar modesto, donde su padre fue carpintero, mientras que su madre fue ama de casa.
En 1938 ingresó en el Ejército de Noruega y fue destinado a hacer un curso como radiotelegrafista.
Como todos sabemos, en 1939, comenzó la II Guerra Mundial. Alemania estaba muy interesada en la producción de mineral de hierro, procedente de las minas de Suecia.
Debido al clima de esos países, en verano, es posible transportar ese mineral hasta Alemania a través del Báltico. En cambio, en cuanto que llega el invierno, ese mar suele helarse y entonces utilizan otras formas de hacerlo. Una de ellas es llevarlo hasta el puerto noruego de Narvik, que no suele helarse, y desde allí embarcarlo hacia Alemania.
De esto se dieron cuenta enseguida los aliados, así que, a pesar de la neutralidad de Noruega, planificaron una operación para tomar ese puerto a fin de bloquear esos envíos de mineral.
Precisamente, los alemanes, también tuvieron la misma idea de asegurar ese puerto e invadieron Noruega  a pesar de que ese país se había declarado neutral.
La lucha fue encarnizada, porque en ella, por un lado, participaron franceses, británicos, noruegos y polacos, y por el otro, los alemanes. Precisamente, muchos de los soldados que llevaron los franceses eran republicanos españoles que se habían exiliado en el vecino país.
Los aliados consiguieron la victoria, pero todo se fue al traste cuando se enteraron de que los alemanes estaban invadiendo Francia y que los aliados no eran capaces de contenerlos. Así que dieron la orden de reembarque con la intención de utilizar esas tropas en Francia.
Desgraciadamente, dejaron solo al pequeño Ejército noruego, el cual fue una presa demasiado fácil para los alemanes. Incluso, el general noruego Fleischer, que fue el artífice de la anterior victoria sobre los alemanes en Narvik, tuvo que exiliarse, junto con el resto del gobierno noruego. Posteriormente, se suicidó.
Volviendo a nuestro personaje, fue desmovilizado, tras la derrota y ocupación alemana. Así que se tuvo que buscar la vida y se puso a trabajar en una fábrica de aparatos de radio, situada en las afueras de la capital, Oslo.
Por supuesto, enseguida se puso en contacto con la Resistencia y participó en algunas de sus operaciones, estando a punto de ser detenido en varias ocasiones.
Como ya le estaban buscando por todo el país, no le quedó otra que huir hacia el Reino Unido a través de la neutral Suecia.
Ya en territorio británico, se enroló dentro de los prestigiosos comandos del SOE, donde recibió preparación militar para operaciones especiales.
Durante la II Guerra Mundial hubo muchos avances en algunos campos científicos. Desgraciadamente, en uno de los que más se avanzó fue en el de la energía atómica.
Se sabía que, antes de la guerra, había varios países interesados en la investigación en ese campo. Parece ser que en Alemania tenían mucha ventaja sobre los demás.
Lo que ocurrió es que, tras el ascenso de Hitler al poder, muchos de los investigadores alemanes
salieron huyendo de su país por ser judíos o por mantener unas ideas contrarias al nazismo. Así fue cómo, de repente, se avanzó mucho en este campo en USA, adónde habían emigrado la mayoría de ellos.
Uno de los componentes fundamentales de la bomba atómica era un ingrediente llamado agua pesada, que está formada un tipo especial de hidrógeno, llamado 
deuterio. Se suele utilizar para refrigerar los reactores nucleares.
Ciertamente, no se sabe si a los científicos alemanes les faltó este ingrediente, no tuvieron el suficiente para construir una bomba o, simplemente, hicieron lo posible para boicotear este proyecto, haciendo que no saliera adelante. Entre los expertos, hay mucha discusión al respecto. Parece ser que, entre los científicos alemanes, había muchos que eran contrarios a la política de Hitler.
El agua pesada la obtenían en Noruega, donde ya existía una fábrica de este producto, llamada Norsk Hydro, que se había fundado antes de la guerra. Sin embargo, el uranio lo podían extraer de las minas existentes dentro de Alemania. Así que estaba muy claro que uno de los objetivos principales de los aliados era destruir esa fábrica en Noruega.
Así, el 19/10/1942, Knut, saltó en paracaídas sobre Noruega, junto con otros tres compatriotas más. Lógicamente, la misión de nuestro personaje era servir como radiotelegrafista del grupo.
Aunque el avión les dejó en una zona muy alejada de su objetivo, que era esa fábrica de agua pesada, consiguieron llegar hasta allí por medio de sus esquíes.
Un mes después, los británicos, enviaron un grupo de paracaidistas para apoyarles en esa acción. Desgraciadamente, a causa del temporal, los planeadores donde viajaban estos soldados chocaron contra el suelo. Los que no murieron al instante, fueron detenidos y luego fusilados por los alemanes.
A mediados de febrero de 1943, les volvieron a enviar refuerzos. Esta vez se trataba de 6 comandos
noruegos, que tuvieron más éxito que los británicos. Aunque fueron lanzados en paracaídas en una zona alejada de los otros noruegos, consiguieron contactar con ellos.
A pesar de que los alemanes habían reforzado la vigilancia en torno a esa fábrica, este grupo no tuvo excesivos problemas para entrar en ella. Incluso, recibieron la ayuda del personal de la misma.
Así que pusieron una serie de cargas explosivas, que consiguieron hacer volar varios depósitos de esa fábrica.
La operación fue todo un éxito. Incluso, los 6 comandos llegados del Reino Unido, consiguieron volver a ese país, esquiando a través de Suecia. Mientras que los otros 4, se quedaron en Noruega para ir preparando nuevos sabotajes.
Tras detectar que la fábrica había conseguido reparar sus daños, en noviembre, enviaron nada menos que 143 aviones USA, que lanzaron su mortífera carga sobre ella. Increíblemente, de más de 700 bombas lanzadas, sólo unas 100 dieron en el blanco.
Considerando los daños recibidos, los alemanes, optaron por llevarse esa fábrica, junto con los barriles conteniendo agua pesada a territorio alemán, donde pensaban que estarían mejor protegidos.
En el verano de 1943, nuestro personaje regresó al Reino Unido, llegando a una base en Escocia, donde recibió más formación sobre unos nuevos transmisores de radio. Parece ser que allí fue donde conoció al aventurero Thor Heyerdahl, el cual le contó sus teorías sobre las migraciones de los pueblos polinesios a América y viceversa.
Knut volvió a su país y aunque fue detenido por la peligrosa Gestapo, logró escapar y dirigirse a Oslo. Allí se dedicó a formar a otros voluntarios en el uso de las emisoras de radio. En una ocasión fue detectado, cuando transmitía con su emisora en el ático de un hospital ginecológico. El edificio fue rodeado por la Gestapo, pero, afortunadamente, logró escapar indemne.
Siguió durante el resto de la II Guerra Mundial en Noruega, donde colaboró en todo tipo de sabotajes contra las fuerzas alemanas de ocupación. Después, volvió al Reino Unido, tras haber organizado en su país una red de 110 estaciones de radio

A principios de 1944, cuando los nazis transportaban por barco el agua pesada desde Noruega hasta Alemania, un comando logró hacer explotar unas cargas, con lo que la nave se hundió y no pudieron recuperar esos bidones, los cuales siguen estando en el fondo de ese lago. Desgraciadamente, esta operación causó la muerte de 14 noruegos, que viajaban tranquilamente en esa nave.
Este episodio se puede ver en la famosa película “Los héroes de Telemark”, estrenada en 1965 y protagonizada por el célebre actor Kirk Douglas. Seguro que casi todos habremos visto esta película, porque la han puesto muchas veces en la tv.
En la posguerra fue oficial ayudante del inspector general de transmisiones militares de Noruega.
En 1947 consiguió un permiso para formar parte de la tripulación de la famosa balsa Kon-Tiki, capitaneada por Thor Heyerdahl. Este científico basaba su teoría de  que los primeros pobladores de la Polinesia habían venido por vía marítima, desde América del sur, en que los dioses de ambos pueblos indígenas tenían unos nombres muy parecidos y en que los tipos raciales también eran muy similares.
Precisamente, el nombre de Kon-Tiki fue usado tanto por los incas como por los nativos de algunas islas de la Polinesia para llamar a uno de sus dioses, cuyas imágenes, además, se parecían mucho.
Parece ser que su idea de que los indios de América podrían haber navegado por el Pacífico fue muy pronto echada abajo por los científicos más reconocidos, alegando que una balsa tan sencilla se hundiría muy pronto en el mar.
Así que no les daban importancia a las descripciones hechas por los conquistadores españoles sobre las balsas utilizadas habitualmente por los indios.
Eso constituyó todo un desafío para Heyerdahl, así que no se lo pensó más y reunió una tripulación compuesta por otros cinco tripulantes, fabricaron una pequeña embarcación a base de cortar y atar varios troncos de madera de balsa de un árbol macho. Una madera que flota muy bien, porque pesa muy poco.
Lo cierto es que la balsa empezó su singladura el 28/04/1947 desde el puerto de El Callao (Perú). Enseguida se dieron cuenta de que la balsa era prácticamente ingobernable y sólo podrían confiar en la fuerza de las corrientes marinas y los vientos.
Parece ser que las latas de conservas que llevaron se les estropearon, al mojarse con el agua salada. En cambio, tuvieron más suerte con  la pesca, que fue casi su único alimento durante todo el trayecto. El agua que llevaban también se les estropeó, pero tuvieron suerte, ya que pudieron recoger la de la lluvia que les fue cayendo durante el viaje.
También tuvieron que sufrir los efectos de los habituales temporales del Pacífico. Las olas pasaban por encima de la nave, así que los tripulantes tuvieron que atarse a los troncos para no ser expulsados de la cubierta.
En más de una ocasión, tuvieron que sufrir ataques de tiburones hambrientos con ganas de llevarse algo a sus fauces.
Una de las cosas más curiosas es que consiguieron contactar por radio con su país, a pesar de tener un aparato con muy poca potencia y hasta felicitaron a su rey, con motivo de su cumpleaños.
La aventura duró nada menos que 101 días, durante los cuales recorrieron unos 7.000 km, hasta que llegaron a una isla de la Polinesia llamada Tuamotu. Concretamente, encallaron en el arrecife que rodea una parte de esa isla, que sigue perteneciendo a Francia.
Por fin, los tripulantes, saltaron de la nave para llegar a la playa. Allí cogieron unos cuantos cocos y, tras haber comido, se tumbaron a descansar en la arena.
Al rato, aparecieron por allí unos isleños y, tras averiguar quiénes eran, les recibieron cantando “La Marsellesa”, creyendo que era también el himno del país de donde procedían estos aventureros.
Hace un par de años, se intentó hacer un viaje similar con dos balsas, las cuales llegaron en 71 días hasta la isla de Pascua. Sin embargo, en el viaje de vuelta tuvieron la mala suerte de sufrir un potente temporal, que hizo temer por las vidas de los tripulantes. Así es que fueron rescatados por un barco mercante y luego llevados a la costa de Chile por un barco de la Armada de ese país.
Volviendo a nuestro personaje, a la vuelta continuó dentro del Ejército y se dedicó a formar nuevos radiotelegrafistas. Parece ser que se jubiló siendo teniente coronel.
Posteriormente, durante muchos años fue director de los museos del Kon-Tiki y de la Resistencia noruega.
Durante toda su vida recibió condecoraciones de muchos países, incluido el suyo, por sus hechos realizados durante la II Guerra Mundial.
Fue el que vivió más años de todos los tripulantes que viajaban en la balsa, falleciendo en 2009 en Oslo.
Me gustaría destacar de este personaje que nunca perdió las ganas por vivir nuevas aventuras. Durante la guerra, estuvo muchas veces a punto de perder la vida. Sin embargo, luego se embarcó en otra nueva aventura donde ninguno de ellos sabía lo que le podría deparar la misma.
Así que me gustaría que ninguno de vosotros perdiera ese espíritu de aventura y de conocer todos los días cosas nuevas, como una forma de sentir la vida. Es un antídoto muy efectivo contra el envejecimiento.
Por eso mismo, os deseo a todos

¡¡¡UNA FELIZ NAVIDAD Y QUE DISFRUTÉIS PLENAMENTE EL AÑO 2018 COMO SI FUERA EL PRIMER AÑO DE VUESTRA NUEVA VIDA!!!

lunes, 18 de diciembre de 2017

LAS CUATRO DISOLUCIONES DE LA ARTILLERÍA ESPAÑOLA

Siempre se ha dicho que España es un país diferente. Lógicamente, esa afirmación es muy exagerada, pero se podría decir que podría ser cierta, a la vista de algunos episodios de nuestra Historia.
Para empezar, hay que saber que en la Península Ibérica fue uno de los primeros lugares de Europa donde se utilizaron cañones para la guerra. Ese fue uno de los avances que nos trajeron los musulmanes. Desgraciadamente, primero los usaron contra los cristianos en la reconquista de Sevilla. Aun así, esa ciudad fue tomada por el rey Fernando III el Santo, en 1248.
Parece ser que donde más los utilizaron los musulmanes fue en la defensa de Niebla (Huelva) en 1262.
Posteriormente, ya la utilizaron ambos bandos en los varios  sitios que sufrió la estratégica ciudad de Algeciras (Cádiz), también durante la Reconquista, durante el siglo XIV.
Con esto, sólo pretendo decir que siempre hubo una gran tradición artillera en España. Tanto en los combates en tierra como en el mar.
Más tarde, el uso de la artillería se generalizó en Europa durante la larga guerra de los Cien Años (1337-1453). Varios autores afirman que algunos nobles que lucharon en esta guerra, previamente, habían luchado en la Reconquista, en España, y ahí habían conocido el uso de esas armas de fuego.
Una vez introducidos en el tema, vamos a ver qué ocurrió en España, para que alguien tomara la decisión de suprimir nada menos que el arma de Artillería del Ejército español. Algo que hoy nos parecería absolutamente descabellado.
La Artillería española siempre ha tenido fama de tener un elevado nivel técnico. No hay que olvidar que por la Academia de Artillería, situada en Segovia, han pasado muy buenos profesores.
Entre ellos, podríamos destacar al famoso científico francés Louis Proust. Uno de los padres de la Química moderna, que estuvo unos años dando clases a los cadetes de ese centro de enseñanza militar.
Parece ser que entre ellos existían algunas tradiciones, como la que llamaban la “escala cerrada”. Esto consistía en que, al finalizar sus estudios, los nuevos oficiales hacían una solemne promesa, antes de abandonar la Academia, de no aceptar ascensos, salvo los que les correspondieran por su antigüedad en el escalafón de su Arma.
Así que, cuando en los demás Cuerpos del Ejército, los oficiales eran recompensados con ascensos por méritos de guerra, los de Artillería, sólo aceptaban condecoraciones de diversos tipos.
También, durante muchos años, los que terminaban sus estudios en  esa Academia, aparte de su despacho (título) de oficial de Artillería, también les entregaban el de ingeniero industrial, con el que también podrían trabajar en la vida civil. Por cierto, eso fue algo que nunca gustó a los ingenieros industriales civiles.
Como todos sabemos, en 1808, los miembros de la Familia Real española fueron “invitados” por Napoleón a residir en Francia, mientras que él puso a su hermano José como nuevo rey de España.
Sin embargo, mientras duró la guerra contra los franceses, España, dio un vuelco. Las Cortes se reunieron en Cádiz para proclamar que la soberanía estaba en manos del pueblo y no del rey y ellos, que eran los representantes de ese pueblo, redactaron y promulgaron en 1812 la famosa Constitución de Cádiz.
En 1814, cuando volvió Fernando VII, que sólo pensaba ser un rey absolutista, como lo habían sido sus antecesores en el trono, lo primero que hizo fue suprimir esa Constitución y todas las normas emanadas de las Cortes de Cádiz.
Sin embargo, en 1820, tras el pronunciamiento del coronel Riego a favor del liberalismo, que fue acompañado por casi todo el Ejército, no le quedó más remedio que jurar esa Constitución.
En cambio, en 1823, la absolutista Santa Alianza no quiso tolerar que en un país de Europa volviera a triunfar el liberalismo. Según ellos, eso podría poner en peligro la seguridad de Europa y volver a las guerras de los tiempos de Napoleón. Así que encargó a Francia que invadiera España para liberar al rey a fin de que volviera a reinar como un monarca absoluto.
Esas tropas, denominadas popularmente como los Cien Mil Hijos de San Luis, no tuvieron demasiados problemas para invadir España y llegaron a tomar Cádiz. Algo que nunca consiguieron las tropas de Napoleón. También hay que decir que la resistencia fue muy inferior a la de la Guerra de la Independencia.
Precisamente, la famosa Plaza del Trocadero, en París, debe su nombre a la toma del fuerte del Trocadero (Puerto Real, Cádiz), cuya conquista permitió la toma de la ciudad de Cádiz y la liberación del rey, que había sido trasladado hasta allí por los políticos liberales.
Curiosamente, el duque de Angulema, jefe de las tropas francesas que invadieron España, fue premiado con el título de Príncipe del Trocadero, por haber vencido en esta guerra.
Evidentemente, en cuanto que Fernando VII se vio libre, volvió a las andadas y esta vez ejerció una cruel represión contra todo lo que oliera a liberal. Lógicamente, lo primero que hizo fue abolir otra vez la Constitución de Cádiz. Aparte de ello, en los 10 años que le quedaban de vida, se cree que ordenó la muerte de unas 30.000 personas.
Parece ser que entendió que no podía confiar en el Ejército, por verlo demasiado liberal. Así que no se le ocurrió otra cosa que disolverlo y se quedó tan ancho.
Nada menos que unos 10.000 oficiales se quedaron en la calle y algunos de ellos pasaron muchas penurias a nivel económico.
Algo más tarde, creó unos Tribunales de Purificación, a donde deberían presentarse todos los oficiales que quisieran volver a ocupar su puesto. Evidentemente, se les hacía un estudio a conciencia y además se les pedía que probaran que eran partidarios del rey.
Parece ser que el nuevo Ejército no se llegó a organizar hasta mediados de 1831 y estaba formado solamente por los oficiales que habían sido aprobados por esos tribunales.
Esta se podría considerar la primera disolución del Arma de Artillería, aunque lo que realmente se disolvió fue todo el Ejército español.
Curiosamente, en 1823, durante la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, al ver los profesores de la Academia de Artillería de Segovia que los franceses iban a llegar muy pronto hasta ese centro militar, optaron por evacuar el mismo, dirigiéndose a la ciudad de Badajoz, que entonces era una de las ciudades con las mejores fortificaciones de España. Allí permanecieron, siguiendo con sus clases,  hasta el final de ese año, cuando recibieron la orden de regresar a Segovia.

Puede parecer extraño que unos alumnos de una academia militar tuvieran que huir de allí, pues, en principio, su centro no parecía un importante objetivo militar. Sin embargo, durante la Guerra de la Independencia, los generales franceses, mandaron un destacamento de sus mejores tropas a la Academia para requisar los manuales que se utilizaban en la misma. No olvidemos que Napoleón era un oficial de Artillería y sabía que allí se custodiaban los manuales más avanzados de la época, que trataban sobre ese tema.
Por otra parte, tampoco deberíamos de olvidar que la Academia de Artillería de Segovia es el centro de enseñanza militar que lleva más tiempo en funcionamiento, a nivel mundial. Ya ha cumplido 250 años, pues fue creada en 1764.
Para comprender cómo tuvo lugar la segunda disolución de la Artillería española, creo que deberíais de leer mi anterior artículo, dedicado a la sublevación del Cuartel de San Gil.
En resumen, en 1866, los progresistas, liderados por el general Prim, decidieron dar un golpe de Estado para intentar hacer abdicar a la reina Isabel II.
Parece ser que había mucho malestar entre los suboficiales por el trato que les daba el Gobierno, así que los golpistas les atrajeron con mucha facilidad.
El único oficial de ese cuartel que se puso del lado de los golpistas fue el capitán de Artillería Baltasar Hidalgo de  Quintana Trigueros, el cual puso a los suboficiales en contra de sus mandos. Así que, cuando empezó la sublevación, los oficiales pretendieron defenderse y los suboficiales los mataron a casi todos.
Como también entregaron armas a muchos civiles, el centro de Madrid se convirtió en un campo de batalla, donde llegaron a combatir hasta los capitanes generales. Tras la derrota de los sublevados, vino la consiguiente represión que dio lugar a que 66 personas fueran juzgadas y ejecutadas.
Aunque no pudieron capturar a ese capitán, sin embargo, los oficiales de Artillería siempre le consideraron como el responsable de la muerte de sus compañeros.
Tras la revolución de 1868, volvió a España y siguió con mucho éxito su carrera militar. Seguramente, mucho tuvo que ver en ello estar emparentado de uno de los políticos más importantes del momento, Joaquín Aguirre.
En 1873, se le destinó a Cataluña, como general de división, para combatir en la guerra contra los carlistas. Así que, en cuanto se enteraron los oficiales artilleros, se dedicaron a enviar solicitudes de baja al Ministerio de la Guerra.
Ruiz  Zorrilla, que entonces era el Presidente del Gobierno, se escandaliza por esta actitud y no se le ocurre otra cosa que reorganizar la Artillería partiéndola en dos. Creando una escala facultativa, que se dedicaría a las tareas de tipo técnico, y otra táctica, que sería la que se dedicaría a combatir en el frente.
De esa manera, pondría en la calle a la mayoría de los oficiales, porque se necesitarían muy pocos para esas tareas técnicas. Por el contrario, ascendería a los suboficiales a oficiales, para ocupar esos puestos que habrían quedado vacantes. Aparte de que cedería muchas de las instalaciones de ese Cuerpo a los de Infantería y Caballería.
Este Real Decreto lo presenta Ruiz Zorrilla al rey Amadeo I de Saboya. Sin embargo, éste como buen militar, se lleva las manos a la cabeza, porque no puede creer lo que ve.
No obstante, al final, lo firma, porque el presidente le amenaza con la dimisión de todo el Gobierno en bloque. El monarca, tras haber firmado ese documento, le comunica que esa ha sido la gota que ha colmado el vaso y que abdica y se vuelve a Italia.
Ese mismo día, tras la marcha de los reyes camino de Italia,  las Cortes proclaman la I República española, aunque los que menos había en ese parlamento eran republicanos.
En septiembre de 1873, tras la llegada de Emilio Castelar a la presidencia del Gobierno de la I República, se restaura el Arma de Artillería, tal y como estaba antes de la “ocurrencia” de Ruiz Zorrilla. Algo que a Castelar le agradecieron todos los artilleros. Incluso, desfilaron en su comitiva fúnebre, el día de su entierro.
Ahora nos encaminamos a la tercera disolución de la Artillería. Parece ser que en 1891, la Junta Central del Cuerpo de Artillería, decidió recoger en un documento encuadernado las firmas de todos los oficiales, donde se oponían a cualquier tipo de ascenso, que no fuera por riguroso turno, dentro del escalafón de ese Cuerpo.
Eso es lo que se ha denominado la “escala cerrada” y, por lo que se ve, es algo que prometían todos los artilleros, cuando acababan sus estudios en la Academia. Creo que algo parecido hacían también los de Ingenieros.
En septiembre de 1923, el general Miguel Primo de Rivera, capitán general de Cataluña, dio un golpe de Estado incruento y se hizo con todo el poder. Imponiendo una dictadura militar en España.
Parece ser que en 1926 uno de los muchos pelotas que hay en los ministerios, le dijo que iba a hacer las gestiones necesarias para darle el título de “coronel honorario de Artillería”, algo que le alegró mucho. Lo que ocurrió es que, cuando los oficiales artilleros se enteraron de ello, se opusieron en bloque a ese proyecto y, como sabemos,  esas cosas no les gustan nada a los dictadores.
Así que, unos días después, firmó un Real Decreto por el que se liberaban a los militares de cualquier promesa que hubieran firmado, obligándoles a aceptar las medallas y los ascensos concedidos por cualquier medio. Estaba muy claro a quién iba dirigida esta “flecha”.
A pesar de las protestas de los artilleros, al mes siguiente, se aprueban las normas por las que se concederán los ascensos en el Ejército.
Todo esto sólo hizo que presentara su dimisión el jefe de la Sección de Artillería del Ministerio
de la Guerra. Así que, en agosto,  su sucesor en el cargo, intentó hacer ver al dictador las inquietudes de la Artillería, pero éste no quiso escucharle. Después de varias reuniones, Primo de Rivera, ordenó el arresto domiciliario de ese militar.
A principios de septiembre, aparecen publicados en lo que ahora se llama el Boletín Oficial del Estado, dos Reales Decretos, que parecen increíbles para un país civilizado.
En el primero de ellos se declara el estado de guerra en todo el territorio nacional. En el segundo, se da la orden para una nueva disolución del Arma de Artillería. Los únicos no afectados por este decreto son los que se hallan en Marruecos,  luchando en la Guerra de África. Incluso, se cierra la Academia de Artillería.
Parece ser que el traspaso de las instalaciones a otras unidades se hizo de forma pacífica. Sólo hubo dos excepciones. En la ciudadela de Pamplona se registró un pequeño tiroteo, que costó las vidas de un oficial y un soldado de Artillería.
En la Academia de Segovia, el claustro de profesores, encabezado por el director de la misma, se negaron a entregar esas instalaciones al gobernador militar de esa plaza. Tras unas cuantas horas de discusiones, llegaron a convencerlos y salieron de allí. No obstante, tuvieron que responder ante un consejo de guerra, que condenó a muerte al director de la Academia y a diversas penas al resto de los profesores. Posteriormente, la pena de muerte le fue conmutada por el rey por la de cadena perpetua.
Parece ser que esta nueva disolución, que produjo la expulsión de todos los oficiales de este Arma, les supuso graves problemas económicos a estos. Afortunadamente, a mediados de noviembre de 1926, se publicó un nuevo Real Decreto, donde se invitaba a todos los oficiales, que así lo decidieran, a reingresar en el Ejército.
Obviamente, a partir de ese momento, el personal del Arma se encontraba muy desanimado a pesar de que la propia Academia reinició sus cursos en enero de 1927.
Evidentemente, cambiaron el cuadro de profesores por otro más afecto al dictador. Aparte de ello, los nuevos cadetes no harían todos sus 5 años de estudios en la Academia de Artillería, sino tres en la General y dos en la de cada Cuerpo o Arma , pasando la de Artillería a ser solamente un centro militar y, en menor medida,  un centro técnico, como lo había sido hasta ese año.
Parece ser que el mismo Primo de Rivera pasó ese año por la Academia para presidir el acto de la entrega de despachos a los nuevos tenientes, junto al ministro de Instrucción Pública, que les entregaría los títulos de ingenieros industriales, como se solía hacer entonces.
En un momento de distensión, estuvo charlando con el nuevo director de la Academia y le preguntó si los nuevos tenientes habían vuelto a firmar la famosa promesa de no aceptar los ascensos. El otro le dijo que no, pero no era cierto, porque el número 1 de la promoción había ido recogiendo las firmas de los demás y tenía el documento custodiado en su taquilla.
Volviendo a nuestro tema, a finales del año 1928, se monta un complot contra el régimen, dirigido por el político, José Sánchez Guerra. Parece ser que la idea era que la sublevación se iniciara en Valencia, donde él pensaba que contaría con la colaboración del capitán general de esa región militar.
El intento de golpe se dio el 29/01/1929, pero fue un fracaso total. Ninguna unidad se sublevó, salvo el regimiento de Artillería destinado en Ciudad Real. Supongo que lo haría por no haber recibido las noticias sobre el golpe. Así que, desde Madrid, enviaron unas tropas para sofocar esa sublevación y detener a todos los mandos implicados en ella. También se detuvo en Valencia a Sánchez Guerra, porque se negó a huir al extranjero. Incluso, el capitán general de Valencia fue relevado de su puesto. El regimiento fue dado de baja por orden gubernamental.
Así que a mediados de febrero de 1929, el dictador, publicó otro Real Decreto, con la firma del rey, por supuesto, donde se disolvía de nuevo el Arma de Artillería. No obstante, en la misma norma se indicaba que todos los oficiales interesados en regresar a su puesto tendrían que solicitarlo antes del 1 de junio de ese año y jurar su adhesión al rey y al Gobierno de la dictadura.
Mientras tanto, esos militares, otra vez tuvieron que buscarse el pan, dando clases de ciencias en escuelas y academias privadas o preparando a los opositores.

Esta vez no se dictó ninguna pena de muerte, sino condenas de cárcel para los sublevados, las cuales fueron, posteriormente, rebajadas y luego amnistiados, con la llegada del nuevo gobierno del general Dámaso Berenguer.
Espero que os haya gustado, aunque creo que me ha quedado un poco largo.