ESCRIBANO MONACAL

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UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

domingo, 15 de septiembre de 2013

INOCENCIO III, UN PAPA CLAVE EN LA HISTORIA



Es posible que, más de uno, al leer el título de esta entrada, quizá piense que los temas de la Iglesia no le atraigan demasiado. No obstante, yo os invito a conocer a este personaje, que es uno mis favoritos. Fue, en su época, lo que ahora se llama un auténtico “crack”. Leedlo, os aseguro  que no os defraudará su historia.
            Empecemos por el principio. Nació en 1161, en Anagni, en aquel momento, parte de los Territorios Pontificios. Su nombre real fue Lotario.
            Su padre fue el conde Trasimundo de Segni, miembro de la respetada y nobiliaria familia Conti. Por ello, recibió una educación esmerada, iniciada en Roma y culminando su formación con estudios de Teología en París y Derecho Canónico en la famosa universidad de Bolonia. En fin, todo un lujo en aquella época.
            Se convirtió en  una autoridad académica y fue nombrado cardenal por el Papa Clemente III, que era su tío. Además, nadie puso reparos, porque su familia era benefactora de la Iglesia.
            Tras la muerte del mencionado Papa y de su sucesor, Celestino III, que era de la familia Orsini, enemiga de la suya, fue elegido como nuevo Papa sin haber cumplido los 37 años. Lo cual, incluso, entonces, era muy inusual.
            Parece ser que eligió el nombre de Inocencio por recomendación de un amigo suyo, pues era “un nombre que conjura la desunión”. Los dos Papas que llevaron anteriormente ese nombre fueron muy ejemplares. El más conocido fue Inocencio I, que se enfrentó nada menos que a Alarico, cuando saqueó Roma, y consiguió conservar unida a la Iglesia.
            Gracias a haber llegado tan joven al Papado, tuvo un reinado muy fructífero. Por ejemplo, gracias a sus dotes diplomáticas, supo anexionar muchos territorios al Papado.
            También convocó el IV Concilio de Letrán, en 1215, en el cual se organizaron las bases de la Inquisición Papal, que, hasta entonces, no existía.
            Reinó en unos tiempos muy convulsos, aunque este adjetivo ya se suele dar a todos los tiempos, pero, lo cierto, es que en su época fueron muy complicados y ahora veremos por qué.
            Tuvo que lidiar con los problemas de los burgueses de las ciudades, que se querían ir pareciendo a los nobles y desbancarles del poder político. No olvidemos que él era un noble feudal.
            También tuvo que luchar contra Francia e Inglaterra, las dos potencias europeas del momento, las cuales querían un Papa a la medida de cada uno.
            En Oriente, tenemos nada menos que a Saladino, el cual consiguió derrotar a los mejores estrategas militares occidentales.
            En Occidente, tenemos ya algunos movimientos que, posteriormente, fueron calificados como herejías. La más
importante fue la de los cátaros o albigenses.
            Siempre basó sus intervenciones en la política en que en las Escrituras se da al Vicario de Cristo, como él quería que le llamaran, la plena potestad sobre la Cristiandad y así se metió en todos los “berenjenales”.
            Para empezar, tras la muerte del emperador Enrique VI (el que encerró a Ricardo Corazón de León), afirmó que el nombramiento del nuevo emperador del Sacro Imperio, el cual era elegido por unos cuantos príncipes alemanes, debía ser ratificado por el Papa. Así terminaría con las luchas entre el Papado y el Imperio.
            Por eso, como no le gustó la elección, para emperador, de Felipe de Suabia, promovió a Otón de Brunswick, el cual llegó al trono. Una vez asentado, discutió con nuestro Papa y a éste no se le ocurrió otra cosa que promover como candidato a Felipe, rey de Sicilia. Con la ayuda de Felipe Augusto de Francia (a lo mejor os suena este rey en el caso de los cátaros), pues consiguió que Felipe fuera el nuevo emperador, aunque murió muy pronto.
            Como fue muy habitual en él, se inmiscuyó en el caso de la presunta bigamia del rey Felipe II de Francia, el cual se había casado con una princesa danesa y, sin razón aparente, al poco tiempo, la encerró, dando una explicación muy extraña sobre una consanguinidad incompatible con el matrimonio. Lógicamente, la razón era que quería casarse con otra y eso a nuestro Papa no le hizo gracia y excomulgó a todo el reino.
            Luego, el Pontífice, con su maestría diplomática, logró que Felipe se pusiera de su parte, haciendo que luchara para él contra Otón, como ya he dicho antes, y, después, pidiéndole que se sumara a la Cruzada contra los cátaros.
            En nuestro territorio, por supuesto, también intervino. Como Alfonso VIII de Castilla estaba organizando una Cruzada contra los almohades musulmanes, pues envió al arzobispo de Toledo, para pedirle su colaboración. Gracias al pontífice, se pudieron sumar a esta lucha las tropas de Navarra y Aragón, que habían estado enfrentadas con Castilla poco antes, lógicamente, bajo pena de excomunión si no lo hacían. No pudo llegar a convencer al rey de León por graves discrepancias con el Papado y con Castilla. Así tuvo lugar la famosa batalla de Las Navas de Tolosa, donde las huestes cristianas vencieron al Islam e hicieron bajar la frontera entre los reinos más al sur de Despeñaperros.
            Tampoco se olvidó de otros reinos. En el de León, excomulgó a Alfonso IX, por casarse con Berenguela, que era una pariente muy cercana y tuvieron que separarse, a pesar de tener ya varios hijos. Fue el último rey de León, después, su hijo, Fernando III, unió este reino con Castilla.
            En Portugal, disolvió el matrimonio del heredero, Alfonso, con Urraca, por motivos parecidos.
            En Aragón, recibió el vasallaje de Pedro II y luego le coronó en 1204. Este fue el padre de Jaime I el conquistador.
            También arbitró en otros reinos, como Noruega, Suecia o Polonia, sobre las disputas sobre quién merecía ser el nuevo rey.
            Intentó destruir el Cisma griego y unir así las dos iglesias cristianas en una sola bajo su mando. Lo consiguió durante poco tiempo.
            No hará falta decir que Juan sin Tierra, en Inglaterra, tampoco estuvo fuera del alcance de este Papa. En 1205, a la muerte del arzobispo de Canterbury, el rey optó por un candidato y el Papa por otro, que, encima, era un teólogo muy conocido de la universidad de París. Como nuestro héroe no solía dar su brazo a torcer, pues excomulgó en 1209 al rey. Así, Juan, aguantó hasta 1213, año en que cedió a la voluntad de Inocencio III. Incluso, se reconoció como rey vasallo de la Iglesia, para que sus territorios no fueran invadidos por los franceses.
No olvidemos que una excomunión papal era equivalente a anular una coronación real, así que los monarcas tenían que tener mucho cuidado con esas cosas, porque enseguida podían surgir candidatos al trono entre los nobles del reino. Quizás, por ello, el rey tuvo que firmar la famosa Carta Magna, la cual no fue aceptada por Inocencio III,  al indicar que fue firmada mediante coacción violenta.
            En fin, como ya os dije al principio, este hombre era lo que se llama ahora todo un “crack”. Es como si el Papa actual pusiera de rodillas ante su presencia a los dirigentes de USA y Rusia. Su idea siempre fue que “la amenaza para la Cristiandad no son los musulmanes o infieles, sino la ambición de los príncipes cristianos”.
            Como no se podía estar quieto, esta vez  se fijó en una especie de secta que llevaba tiempo floreciendo en la zona sur de la actual Francia. Hasta esa fecha, la Iglesia nunca había utilizado la violencia para enmendar conductas heréticas. Todo lo más, les había enviado unos misioneros para convencerles y readmitirlos en el seno de la Iglesia.
            En este caso, hicieron lo mismo. Enviaron unos legados, como el futuro santo Domingo de Guzmán, pero no tuvieron mucho éxito. Además, le dijeron al Papa que no podían cumplir sus instrucciones, porque no podían hacer, a la vez, predicar a los herejes y reformar a los clérigos. Pidieron dedicarse exclusivamente a la predicación y fomentar la pobreza entre los clérigos a imitación de los clérigos cátaros.
            No obstante, el Papa, ya había pronunciado algunos anatemas contra esos herejes, equiparándolos a criminales de lesa majestad, o sea, los asesinos de los reyes, por lo que les amenazó con proscribirlos y confiscar todos sus bienes.
            Incluso, llegó a mandar legados pontificios con plenos poderes para, incluso, cesar a los obispos de la zona que no combatieran satisfactoriamente la herejía y poner a otros en su lugar.
            En 1208, la cosa se puso más fea, pues el Papa envió a Pierre de Castelnau y éste fue asesinado. Así que nuestro hombre montó el cólera y se decidió por organizar nada menos que una Cruzada en Europa.
            En esta empresa le apoyaron  el rey de Francia y Simón de Montfort, importante señor feudal de la zona, emparentado con las casas reales de Francia y de Inglaterra.
            En el otro lado estuvieron el conde Ramón VI de Tolosa y el rey Pedro II de Aragón, el cual era el señor de algunos de los territorios donde estaban asentados los cátaros y estaba obligado a defender a sus súbditos.
            En 1213, en la batalla de Muret, murió Pedro II, dejando como sucesor a su hijo, el futuro Jaime I el conquistador. Como, un año antes de la batalla, su padre lo había dejado en prenda a Simón para hacer las paces con él, ahora Inocencio III obligó a Simón a liberar al niño y entregarlo,  para su educación, a los templarios.
            Esta Cruzada le dio la oportunidad al rey de Francia de anexionarse todo el sur del país, que siempre había pertenecido a los condes de Toulouse.
            Como nuestro personaje nunca tenía bastante, aparte de esa cruzada, durante su reinado se dieron dos más. Una fue la llamada Cruzada de los niños, de la cual tenemos pocos datos y otra, la Cuarta Cruzada.
            Esta vez no le salió muy bien, pues Venecia, que era la principal financiera de esa empresa, impuso atacar primero el enclave bizantino de Zara, porque les hacía la competencia comercial y luego llegaron a saquear dos veces la misma Constantinopla. De ahí sacaron muchos tesoros, como los famosos caballos de la catedral de Venecia. Eso hizo que el Papa excomulgara a todos los cruzados por haber luchado contra los cristianos.
            En cuanto a su actividad religiosa, se puede destacar el apoyo dado a la fundación de las órdenes dominica, clarisa y franciscana.
            También puso en marcha el IV Concilio de Letrán, donde se dieron unas instrucciones muy claras sobre los derechos y deberes de los cristianos.
            Además,  comenzó la organización de la Quinta Cruzada, la cual no pudo ver realizada por su repentina muerte.
            Otra de sus obras importantes fue la fundación del Hospital de Santo Espirito en Saxia (Roma), dedicado a los huérfanos, el cual fue un modelo en su época.
            En la primavera de 1216 se trasladó a Pisa y Génova para fomentar las relaciones políticas y comerciales.
            Murió de repente en Perugia, en 1216, con  apenas 55 años. Siempre hubo rumores sobre su muerte. Incluso, se conoce el nombre de su médico personal, cosa poco frecuente en esa época.
            Algún autor de novelas ha escrito que fue envenenado por una antigua amiga suya, pero me parece que es simplemente una licencia literaria, porque no hay ningún documento que confirme eso.
            Fue enterrado en la catedral de Perugia, hasta que, en el siglo XIX, León XIII, uno de sus más fervientes admiradores, ordenó su traslado a Roma

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