ESCRIBANO MONACAL

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UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

sábado, 1 de marzo de 2014

UN CASO CURIOSO: EL PADRE HUIDOBRO

Siguiendo con esos casos extraños de sacerdotes durante la guerra civil, hoy traigo este personaje al blog.
Estamos acostumbrados a oír que, durante esa contienda, fueron asesinados miles de miembros del clero a manos de los republicanos. Eso es rotundamente cierto. Pero también lo es que la Iglesia sólo ha reivindicado, como mártires a sus clérigos asesinados por el bando republicano, sin embargo, de los asesinados por el bando nacional ni se mencionan.
 Es cierto que, en la zona republicana,  hubo una persecución religiosa muy importante, pero también lo es que, por ejemplo, en el País Vasco, como la II República les dio, ya en plena guerra civil, un estatuto de autonomía, los vascos lucharon por ella y se llevaron a sus capellanes al frente. Estos son los que aparecen en las fotos junto a Julián Besteiro, en la cárcel de Carmona.
También dicen algunos autores que las tropas requetés que invadieron el País Vasco, tenían órdenes expresas de sus mandos de matar a todos los clérigos vascos que atraparan y así lo hicieron en muchos casos.
Bueno, volviendo al tema que quería tratar hoy, a lo mejor muchos de los que vivimos en Madrid hemos pasado por la avenida del Padre Huidobro, así que vamos a ver quién fue esta persona. Es posible que muchos piensen que el caso de este sacerdote no tiene nada que ver con  el de los ejemplos anteriores, pero yo creo que como todos murieron en idénticas circunstancias, todos deberían de haber sido reconocidos de igual forma por la Iglesia.  
Fernando Huidobro Polanco nació en Santander en 1903, en el seno de una familia muy conservadora y muy católica. Debido a la profesión de su padre, ingeniero de Caminos, la familia, formada por el matrimonio y 9 hermanos,  tuvo que sufrir varios traslados.
En 1911 ya se asentaron definitivamente en Madrid, donde Fernando acabó el Bachillerato. A pesar de que había decidido ingresar en la Compañía de Jesús, estudió la carrera de Filosofía y Letras, para no contrariar a su madre.
Aunque ya, desde 1919,  pertenecía a los jesuitas, tuvo que acudir al examen de doctorado vestido de civil, pues, en 1931, corrían malos tiempos para los clérigos. Uno de los miembros del tribunal examinador era nada menos que Julián Besteiro, catedrático de la Universidad Central de Madrid y entonces secretario general del PSOE. Tras contestar en el examen oral sobre las teorías de Kant, fue calificado como sobresaliente y felicitado por el tribunal.
En 1932, el Gobierno de la II República, como habían hecho otros anteriormente en España, decretó la expulsión de los jesuitas.  A él le pilló destinado en el monasterio de Oña (Burgos) y allí se presentó nada menos que el gobernador civil de la provincia, acompañado por varios mientras de la Guardia Civil, obligándoles a entrar en un autobús, con el que atravesaron la frontera francesa.
Su destino fue Bélgica, donde residió varios años, y Holanda, donde, más adelante, fue nombrado diácono. A pesar de estar tan lejos de España, se interesa por los asuntos nacionales y está muy preocupado por la deriva de los acontecimientos en la época republicana.
El comienzo de la guerra civil le pilla en un pueblo de Francia y, desde allí, escribe al general de su orden, pidiendo que le permitan volver a España para ayudar, en lo posible, como capellán militar.
En agosto le otorgan el permiso y a finales del mismo mes se halla en Pamplona, desde donde se traslada a Cáceres, donde radicaba en ese momento el cuartel general de Franco. Ante él se presenta y es destinado a la IV Bandera de la Legión, que se hallaba por entonces en Talavera de la Reina (Toledo).
Dicen que, al llegar, no les produjo buena impresión a los curtidos legionarios, debido a su aspecto muy juvenil, prácticamente imberbe, con gruesas gafas y peque estatura, pero pronto fue muy querido por todos.
Siempre fue muy elogiado por su arrojo, especialmente cuando salía de las trincheras, en medio del fuego cruzado, para atender a un herido o dar la extremaunción a un moribundo.
Era muy popular entre los soldados, porque, a pesar de tener graduación de oficial, prefería estar entre ellos y comer el mismo rancho.
Enseguida se habituó a esa vida de combates y sufrimientos, pues, no olvidemos que los jesuitas son los llamados “soldados de Cristo”.
Muchos dicen que siempre les estaba animando, al mismo tiempo que sentía piedad por los que luchaban en el otro bando, a los que llamaba “sin Dios”.
En muchas ocasiones, animó al resto de los legionarios alzando su cruz y avanzando el primero hacia las líneas enemigas. Eso hacía que le siguieran  y le admiraran todos. Nunca aceptó llevar armas.
El 9 de septiembre tuvo su primera herida de guerra. Estando dentro de un puesto de socorro instalado en la Casa de Campo, como el tiroteo era incesante, las balas entraron dentro del recinto e hirieron a los que allí estaban atendiendo a los heridos. El padre fue alcanzado en una rodilla.
En principio, no aceptó ser evacuado, por tener que dar asistencia espiritual a los muchos moribundos que fueron ingresados allí, pero luego fue
trasladado a un centro de Griñón y de allí a un hospital de Talavera de la Reina.
Después de mucho implorar a los médicos le dieron el alta en diciembre, aunque quedó cojo. Así y todo, se reincorporó a su unidad, que ahora luchaba en el Hospital Clínico de Madrid.
Allí le pilló, sin consecuencias para él, la voladura de los cimientos de este hospital, realizada por los milicianos.
Después de múltiples combates en ese frente, el 11/04/1937 el padre resultó muerto en una contraofensiva republicana.
Hay mucha discusión sobre la causa de su muerte. La versión oficial ofrecida fue que su cuerpo fue alcanzado por un proyectil de artillería que explotó en un chalet, utilizado como puesto de socorro, justo a la entrada de Aravaca, en la famosa Cuesta de las Perdices, junto a la actual autovía A-6 (Madrid-La Coruña).
Su muerte fue muy sentida entre todos sus compañeros legionarios y se puede apreciar en las cartas que muchos de ellos enviaron, por entonces, a sus familias.
Otros dicen que algunos, aunque elogiaran su valor, no aceptaron nunca sus sermones moralizantes para apartarles de sus vicios, como el alcohol, el juego, la blasfemia, la prostitución, etc.
También se menciona que su actitud contraria hacia el asesinato de los prisioneros republicanos a manos de los legionarios, no fue bien recibida por muchos. Parece ser que más de una vez se tuvo que interponer entre unos y otros.
Parece ser que ya en octubre de 1936 se decidió a denunciar por carta estos hechos a las autoridades militares y al Cuerpo Jurídico Militar.
En algunos de sus párrafos mencionaba: “el rematar al que arroja armas o se rinde, es siempre un acto criminal”. O también: “el procedimiento que se sigue está deformando a España y haciendo que en lugar de ser un pueblo caballerosos y generoso, seamos un pueblo de verdugos y soplones”. “Nos va dando vergüenza de haber nacido en esta tierra de crueldad implacable y de odios sin fin”.
No se limitó a escribir al mando de su División, sino que difundió sus escritos entre la oficialidad y el resto de los capellanes militares, lo cual, seguro que no les hizo ninguna gracia.
Siguiendo a Paul Preston, en su libro “El Holocausto español”, nos dice que, más tarde,  envió un escrito nada menos que al propio Franco, donde, entre cosas manifestaba: “Así, se procede a fusilar sobre el campo de batalla todo prisionero de guerra…”, “… se fusila a los prisioneros por el mero hecho de ser milicianos, sin oírlos, ni preguntarles  nada. Así están cayendo sin duda muchos que no merecen pena tan grave y que podrían enmendarse y ese es el convencimiento de los mejores soldados”.
Evidentemente, el capellán demostró con estos escritos su ingenuidad, pues nunca se le ocurrió que esta forma de hacer la guerra venía respaldada por las órdenes directas del Alto Mando. Lógicamente, en el otro bando solían hacer lo mismo.
Fue enterrado en el cementerio de Boadilla del Monte, asistiendo a su entierro el general de su División, junto a todo su Estado Mayor, el conde de Argillo (que luego fue consuegro de Franco por ser padre, entre otros,  del marqués de Villaverde), varios compañeros jesuitas y un grupo de guardias civiles. Es curioso que no se cite en ese acto ninguna representación de la IV Bandera de la Legión.
Hoy en día se alza un sencillo monumento en el lugar donde se cree que murió este sacerdote, pero algunos dicen que no es el sitio correcto, porque el lugar real se halla dentro de la actual autovía de La Coruña (A-6).
Lo curioso de este asunto es que en 1947 la Compañía de Jesús se decidió a pedir la beatificación y canonización de este personaje. Evidentemente, se daban las mejores circunstancias por las que este proceso podría avanzar fácilmente y llevar muy pronto a este jesuita a los altares.
Lo cierto es que, como en el Vaticano se toman estas cosas con mucha seriedad, durante sus investigaciones se toparon con algo realmente sorprendente. Estas les llevaron a la conclusión de que el padre Huidobro no había muerto, como se dijo oficialmente, a causa de las heridas provocadas por un proyectil de artillería lanzado por el enemigo, sino por una bala que le impactó en la espalda y procedía, presuntamente y según el recorrido,
 de alguien de su propia unidad. Así que desde Roma se dieron las oportunas instrucciones para que el proceso se paralizara en seco y ahí sigue.
Evidentemente, no hay que presumir intencionalidad en disparar contra el capellán, porque, cuando se forma un tiroteo, aparecen balas por todas partes, pero es muy sospechoso que quisieran tapar la verdad de su muerte de esa forma tan burda. En la guerra han ocurrido muchas veces esas muertes accidentales y no hay que rasgarse las vestiduras por ello.

A primera vista, es un poco raro que se paralizara este proceso, pero luego, si tenemos en cuenta que estas canonizaciones de la guerra civil llevaban conjuntamente un componente pedagógico e ideológico, pues a lo mejor no interesaba a algunos que siguiera su proceso de canonización, por esos escritos que, seguramente, le levantaron ampollas a más de uno, y por su discutible muerte, que podría traer algún disgusto a otros. Así que es posible que, por eso mismo, decidieran dejarlo como estaba y no tocar más ese asunto.

5 comentarios:

  1. En el bando republicano los clerigos fueron asesinados unica y exclusivamente por su fe, es decir, por el solo hecho de ser catolicos. Los asesinados por el bando nacional lo fueron por motivos ajenos a la religion; deberian ser martires de la republica, de la causa comunista, etc pero no de la causa catolica. ¿Capici?

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  2. Por ese motivo de ser católicos, tendrían que haber asesinado a millones de españoles que lo eran, aunque no fueran clérigos.
    Evidentemente, los clérigos asesinados por el bando republicano lo fueron por su condición de religiosos.
    En cambio, los asesinados por los nacionales lo fueron porque no concebían que unos religiosos estuvieran en el otro bando. Creo que el Vaticano no les dijo nunca nada.
    Saludos.

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  3. Habria que ver cuantos curas y sacerdotes fueron asesinados por el bando nacional y por que motivos. Volviendo a lo del martirio para ser considerados martires se exigen una serie de condiciones como la de ser asesinados por su fe y la de morir perdonando a sus verdugos. Y, por supuesto, todo debe de estar muy bien documentado sin atisbo de la mas minima duda. El que no haya procesos sobre religiosos republicanos asesinados me induce a pensar que los asesinaron no por su fe sino por su apoyo a la causa republicana. Y entonces podrian ser martires de la republica, del comunismo libertario o del anarcosindicalismo pero no martirees de la iglesia catolica.
    Hay una pelicula de 2011 titulada "Un dios Prohibido" (o desconocido?) que narra la muerte de religiosos en Barbastro. Pelicula con pocos medios y un poco elducorada porque la realidad fué muchisimo mas terrible que lo que se ve en la pantalla. Seria muy interesante saber que paso con los verdugos, si los cogieron y como acabaron.
    Un saludo.

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  4. Tengo entendido que los vascos apoyaron a última hora a la causa republicana. Quizás la razón fue porque les dio la II República, a última hora, el estatuto de autonomía que llevaban pidiendo durante muchos años.
    Ellos sabían muy bien que el bando nacional nunca se lo daría y por eso la apoyaron. No obstante, tras la toma de Santoña y la entrega de muchos gudaris a los italianos, se rumoreó con que si los otros les aceptaban sus condiciones, se pasarían de bando. Cosa que no ocurrió.
    Como los vascos siempre han sido muy católicos y muy conservadores, pues llevaron sus capellanes al frente, al igual que lo hicieron los nacionales.
    En la guerra civil se vieron cosas muy raras como esa. Por ejemplo, algunos militares, como Miguel Cabanellas, se sublevaron llevando la bandera republicana. Es más, esa bandera fue oficial en la zona nacional hasta agosto del 36.
    Yo creo que los franquistas siempre buscaron la bendición de la Iglesia y el calificativo de Cruzada para la guerra civil y el conocimiento de estos asesinatos les hubiera jorobado la fiesta.
    Uno de esos verdugos de curas fue el mismo J L Vilallonga, lo dijo él mismo en sus memorias y en este artículo de 2002:

    http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/2002/06/10/pagina-27/33994665/pdf.html?search=gual de torella

    Saludos.

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  5. No hará falta decir que Franco utilizó continuamente el privilegio que siempre han tenido los reyes de España de presentar ternas de candidatos a obispos al Papa.

    Evidentemente, los candidatos presentados eran todos del gusto de Franco y no iban a ir levantando la liebre con estas "menudencias".

    De hecho, Pablo VI, que siempre se llevó muy mal con Franco no aceptó muchas de esas ternas y así varias diócesis estuvieron durante muchos años sin obispos.

    No obstante, para las más importantes, se buscaron la argucia de nombrar obispos auxiliares, que no necesitaban pasar por el requisito de la terna y podrían ser nombrados directamente por el Papa.

    Saludos.

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