ESCRIBANO MONACAL

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UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

viernes, 1 de mayo de 2015

BERTHA VON SUTTNER, UNA MUJER DEDICADA A LA PAZ



En países, como España, donde el pasatiempo habitual de los españoles es criticar a todo el que levanta un poco más la cabeza que los demás, a algunos nos satisface leer que en otros países no ocurre igual y tratan mejor a ciertas personas que han sobresalido del resto.
Esto es lo que ocurrido con nuestro personaje de hoy, Bertha von Suttner, la cual sigue recibiendo homenajes al día de hoy y hasta su imagen ha aparecido en algunos billetes de Banco y monedas.
Nació en Praga en junio de 1843, en el seno de una familia de la alta sociedad de Bohemia. Su padre fue el mariscal de campo, consejero militar del emperador y tenía el impresionante nombre y título de  Franz de Paula Joseph Graf von Kinsky Wchinitz und Tettau. Su madre se llamaba Sophie Wilhelmine von Körner.
No llegó a conocer a su padre, pues nació poco después de su muerte. Así que creció con su madre y su hermano, Arthur Franz.
Tuvo una educación privilegiada y, además, aprendió varios idiomas. El problema fue que su familia se arruinó a causa de la afición al juego de su madre.
Precisamente, se empeñó en que su hija se casara con alguien que tuviera una buena dote, pero ella se negó y anuló el compromiso ya pactado por su madre.
En 1873, entró a trabajar como institutriz de los hijos del barón Karl von Suttner, un empresario de Viena.
Se enamoró de uno de los hijos del industrial, que tenía 7 años menos que ella, así que, cuando se enteraron sus padres, la echaron de la casa de una forma amistosa, buscándole otro trabajo.
Así, empezó a trabajar, en 1876, en París,  como secretaria del famoso ingeniero Alfred Nobel, el mismo que fundó los premios que llevan su apellido.
No estuvo mucho tiempo trabajando con él, pues el rey de Suecia le pidió a Nobel que regresara a su país, sin embargo, ella no le acompañó.
No obstante, nació entre ellos una buena amistad, que se manifestó en un intercambio periódico de cartas entre ambos.
Tras dejar su trabajo, ella volvió a Viena, donde se casó en secreto con Arthur, el hijo de los Suttner. Por este motivo, a él, sus padres, le desheredaron.
Así que la pareja se fue al extranjero para ganarse la vida. Vivieron en el Cáucaso, concretamente en Georgia, donde se dedicaron a las traducciones y a escribir novelas baratas.
Con la llegada de la guerra ruso-turca, en 1877-78, la cosa les fue mejor. Él se dedicó a hacer periodismo de guerra y ella, aparte de dedicarse también al periodismo, escribió una serie de cuentos y ensayos sobre la vida en Georgia, que fueron publicados en algunos periódicos de Viena. Eso le empezó a dar cierta popularidad.
En 1885, se reconciliaron con la familia de su marido y regresaron a Austria, donde la pareja vivió en un castillo propiedad de su familia.
Ella siguió escribiendo en los periódicos, pero ahora comenzó a ser una decidida partidaria y luchadora por la paz mundial.
En 1889, con la publicación de su manifiesto “¡Abajo las armas!” se convirtió en una de las principales figuras del movimiento por la paz en el Imperio Austro-Húngaro. Este libro, donde aparecen las guerras narradas desde el punto de vista de una mujer,  tuvo un gran éxito y sería traducido a varios idiomas. Incluso, posteriormente, se basaron en ella para filmar una película.
Vio cómo se fundó la Unión Interparlamentaria, por medio de Passy y sus amigos, y pidió fundar una gran organización pacifista en Austria-Hungría. También fue directora de una editorial.
Ella entiende que, por simple Ética, los países no deberían de seguir utilizando las guerras para dirimir sus conflictos y no deberían de producirse nunca más. Para ella, el progreso humano hará que las guerras ya no sean necesarias. Desgraciadamente, hoy por hoy, vemos que estaba equivocada. Esperemos que el futuro le dé la razón.
En 1890, cuando residía el matrimonio en Venecia, ella impulsó la “Sociedad de la Paz de Venecia”. Allí conoció al marqués Benjamino Pandolfi, el cual le presentó a otros representantes de conferencias interparlamentarias, los cuales formaron luego la Unión Interparlamentaria.
En 1897, se atrevió a entrevistarse con el famoso emperador austriaco Francisco José, muy conocido por las películas de Sissi, y presentarle un manifiesto con miles de firmas pidiendo un Tribunal Internacional de Justicia, pero, como se vio, no le hizo ningún caso.
Sin embargo, tuvo mucho más éxito, en 1899, al conseguir que se reunieran varias potencias en la Convención de La Haya, a fin de negociar, a petición del zar Nicolás II de Rusia, diversos aspectos sobre la guerra y la paz a nivel internacional.
En 1904, aún le quedaban fuerzas para viajar al Congreso Internacional de la Mujer, celebrado en Berlín, y luego se pasó nada menos que 7 meses recorriendo los USA, también asistiendo al Congreso de la Paz, celebrado en Boston. Tampoco se le olvidó realizar una visita al presidente USA. Por entonces, Theodore Roosevelt.
En 1905, le otorgaron de manera unánime y de una forma muy merecida el famoso Premio Nobel de la Paz, por sus grandes esfuerzos para alcanzar una paz mundial. Le fue entregado en 1906 en el Parlamento de Noruega, en Oslo, entonces llamada Cristianía.
En 1907, cuando ya se oían a lo lejos los tambores de guerra, aunque sin sospechar que pudieran dar lugar a la I Guerra Mundial, asistió a la II Conferencia de Paz de La Haya,
donde se actualizaron las leyes de guerra. Allí, ella se dedicó a asesorar sobre el armamento internacional y se opuso a todo tipo de guerra.
En 1910, cuando ya tenía una edad muy avanzada, se dedicó a escribir y, posteriormente, publicar un volumen con sus Memorias.
En 1911, pasó a formar parte de la Fundación Carnegie para la Paz, fundada en USA en 1910 y que actualmente funciona como de esas organizaciones llamadas “Think Tank”.
Aunque parezca un poco fuerte que lo diga, afortunadamente, murió, a causa del cáncer, poco antes de que se iniciara la I Guerra Mundial. Lo cual, de haberlo conocido, supongo que le habría producido un gran disgusto. Como si su labor, a lo largo de toda su vida, no hubiera servido para nada.
Precisamente, ella tenía previsto asistir a la III Conferencia para la Paz, que se celebraría en el próximo otoño en su ciudad, Viena.
En 1917, el famoso escritor austriaco Stefan Zweig realizó un homenaje póstumo en su honor en el Congreso internacional femenino para la comprensión entre los pueblos, celebrado en Suiza.
Como ya dije al principio, ya a pesar de no haber nacido en la actual Austria, sino en la República Checa, muchas ciudades de Austria y de Alemania han puesto su nombre a calles y colegios. Hasta han bautizado a un asteroide con su nombre.
También, cuando no existía aún nuestro euro, Austria, emitió, en 1966, un billete con su efigie en el anverso.
Es interesante señalar que, en el reverso del mencionado billete figuraba el castillo de Leopoldskron, en Salzburgo. Este edificio es la sede del Seminario Global de Salzburgo, un lugar donde todos los años se celebran cursos y seminarios para discutir sobre los problemas actuales del mundo. Para ello, se reúnen en él políticos y universitarios de todo el mundo.
No obstante, como en Austria, según parece se ve que su gente sí es profeta en su tierra, pues, en 2005, volvieron a utilizar su efigie en su sistema monetario.
Esta vez, le tocó el turno a una moneda de 2 euros, acuñada en 2005, la cual
tiene en su anverso la efigie de nuestro personaje de hoy y, en su reverso, se conmemora el 50 aniversario del tratado por el que los aliados le volvieron a dar la independencia a Austria, tras la II Guerra Mundial. En esa cara, se puede ver grabadas las firmas de los representantes de los distintos países en ese acto.
Por último, en 2008, su efigie volvió a aparecer en una moneda conmemorativa, llamada “Europa Taler 2008”, la cual es enorme, por su tamaño y peso.
En el anverso de la misma figura el emperador Maximiliano I vestido con armadura y montado a caballo.
En el reverso, se pueden contemplar figuras europeas importantes, como Lutero, Vivaldi, Watt y von Suttner.
Para terminar, debo mencionar que, para ella, el Derecho a la Paz debería de ser reconocido como inalienable por la legislación internacional. Es algo necesario en la evolución humana. Eso, en parte, se ha cumplido.










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