ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

martes, 6 de octubre de 2015

DIEGO MARTINEZ BARRIO, EL HOMBRE QUE INTENTÓ PARAR LA GUERRA CIVIL



Nuestro personaje de hoy es un ejemplo de tesón. No estoy hablando de uno de esos cuentos con un final feliz, sino de un personaje real, que no se resignó a vivir de la forma en que había venido al mundo.
Nació en Sevilla, en el seno de una familia muy modesta. Su padre era albañil y su madre, vendedora en el mercado.
Con sólo 11 años, falleció su madre y su familia comenzó a vivir en la miseria más absoluta. Así que se tuvo que poner a trabajar, como, desgraciadamente, hacían muchos chicos por aquellos años.
Como algunos otros líderes políticos, comenzó a trabajar como tipógrafo y panadero y, además, se dedicó a leer, en sus ratos libres, todo aquello que caía en sus manos.
En un principio, fue miembro del Partido Republicado Radical, liderado por Alejandro Lerroux, al que ya he dedicado en otra ocasión uno de mis artículos.
También es posible que su fulgurante ascenso social, aparte de sus dotes personales, se debiera a su pronta afiliación a la Masonería, pues allí se podría encontrar con gentes de todas las clases sociales.
Se inició, con el apodo de Justicia, en una logia de Sevilla llamada Fe, con el número 261 y perteneciente a la obediencia al Gran Oriente español. Luego pasó por varias más, para terminar como Grado 33, que era el máximo.
En 1910 ya fue elegido concejal para el Ayuntamiento de Sevilla, representando a su partido. Allí estuvo hasta 1923. Por aquellas fechas, editó, en su propia imprenta, un semanario de ideología republicana llamado “El Pueblo”. Años más tarde publicó también otros periódicos, pero todos con poco éxito.
Durante su estancia como concejal en el Ayuntamiento de Sevilla, formó parte de la Comisión Organizadora de la Exposición Iberoamericana de 1928.
En 1923, llegó a ser elegido diputado a Cortes por la provincia de Sevilla. Sin embargo, la Junta del Censo y el Supremo anularon su elección.
Durante la Dictadura del general Primo de Rivera fue uno de los mayores opositores al régimen en Andalucía.
Estuvo exiliado en Francia a causa de sus ideales políticos y por estar implicado en los preparativos para la Sublevación de Jaca.
Sin embargo, en 1930, se reunió con otros líderes republicanos para la firma del famoso pacto de San Sebastián.
Al día siguiente de haber sido proclamada la II República, regresó en un viaje triunfal en ferrocarril, acompañado por otros políticos, que se hallaban igualmente en el exilio.
Nada más llegar a Madrid, fue a tomar posesión de la nueva cartera de Ministro de Comunicaciones que le había encargado el Gobierno.
Parece ser que las primeras Cortes republicanas estuvieron repletas de
miembros de la Masonería. Algunos autores dicen que hubo unos 149 diputados afiliados a esa organización de un total de 5.000 miembros en toda España.
También en el Gobierno hubo algunos ministros y otros cargos secundarios que pertenecieron a la Masonería. Podríamos destacar entre los primeros al mismo Azaña, Lerroux, Largo Caballero, Martínez Barrio y Fernández de los Ríos.
En octubre de 1933 fue designado como nuevo presidente del Consejo de Ministros (lo que ahora se conoce como presidente del Gobierno), a fin de hacerse cargo  de la organización de las elecciones, dado su reconocido espíritu moderado y porque Alcalá Zamora estaba buscando políticos de tipo centrista para que los partidos tradicionales no se radicalizasen, como le ocurrió al PSOE.
También fue Ministro de la Guerra, en 1933,  durante el breve período
de un mes. Este período fue muy complicado, pues los dos bandos se estaban radicalizando y algunos autores afirman que muchos partidarios de la izquierda empezaron a pensar que la II República era de su exclusiva propiedad. Sin embargo, los de la derecha, salvo excepciones, pensaban que lo mejor era eliminar ese régimen.
En alguna ocasión fue muy duro criticando al Gobierno, como en el caso de las víctimas por la represión en Casas Viejas.
Con la llegada de Lerroux a la presidencia del Consejo, nuestro personaje fue nombrado ministro de Gobernación. Sin embargo, dimitió poco tiempo después, debido a su disconformidad con la política de Lerroux, que propugnaba un acercamiento a la CEDA.
Así que se salió de su partido de siempre y fundó uno nuevo, llamado Partido Radical Demócrata, con otros 13 diputados más, que luego se integró en la Unión Republicana y, más tarde, en el Frente Popular.
En las elecciones a Cortes del 16/02/1936 fue uno de los
políticos más votados. Así que fue nombrado presidente de las mismas.
Tras el cese de Alcalá Zamora, como presidente de la II República, siguiendo la Constitución republicana, a causa de su cargo, fue presidente interino de la misma entre el 07/04 y el 10/05 de 1936.
El nuevo presidente de la II República, Manuel Azaña, le ofreció el puesto de presidente del Consejo, tras la dimisión de Casares Quiroga. Curiosamente, este nombramiento no fue muy bien recibido por los partidos de izquierda, pues se recordaba su pasado radical.
Parece ser que el asesinato de Calvo Sotelo, por un grupo de miembros de las fuerzas de orden público y unos conocidos pistoleros, le causó una profunda impresión, como a otros muchos ciudadanos. Pudo ver que había quedado muy poco espacio para el diálogo y que la guerra civil estaba a la vuelta de la esquina.
No se equivocó, porque este crimen precipitó el golpe que estaban organizando los militares pertenecientes a la UME, dirigidos por el general Mola. Incluso, según parece, este hecho fue el que convenció definitivamente a Franco para unirse al mismo, pues a pesar de haber sido informado de estos preparativos, siempre se mostró indeciso al respecto.
Incluso, desde su puesto en la presidencia de las Cortes, hizo gestiones con todos los partidos y los reunió en la Diputación Permanente, ya que no había sesiones, por estar de vacaciones, para intentar apaciguar los ánimos. Cosa que le agradecieron los dirigentes de la derecha. No olvidemos que acababan de asesinar al jefe de la Oposición, lo que en sí ya es muy grave en cualquier país democrático.
A mi modo de ver,  el momento más importante de su vida sucedió entre los días 18 y 19 de julio de 1936. Concretamente, entre las 21 horas del día 18 y las 9 de la mañana del 19. Justo cuando se acababa de producir la célebre y fallida sublevación militar que dio lugar a la Guerra Civil. De hecho, se dirigió, mediante la radio, al pueblo español para explicar que había aceptado el encargo de formar Gobierno “para evitar a mi Patria los horrores de una guerra civil y para poner a salvo la Constitución e instituciones de la República”.
Mientras estaba haciendo gestiones para intentar formar el Gobierno que le había encargado Azaña, se sabe que llamó a infinidad de mandos militares, a los que intentó convencer para que no se sumaran al golpe. Su idea era intentar combatir a los militares sublevados con militares afectos a la causa republicana, sin tener que repartir armas al pueblo, porque consideraba que, de esa manera, la situación se le iría de las manos.
Con algunos de ellos tuvo éxito, porque fallaron las comunicaciones entre los conspiradores. Parece ser que utilizó el recurso de decirles que la sublevación había fracasado en todas partes y que no pusieran en peligro ni su carrera ni su vida por una causa ya perdida.
Algunos autores han llegado a afirmar que nuestro personaje llegó a ofrecer a algunos de los más importantes golpistas un puesto en su nuevo Gobierno, si deponían las armas. Otros dicen que esto es totalmente falso.
También lo intentó con el famoso “Director” del golpe, el general Mola, pero éste le dijo que ya era demasiado tarde y no se volvería atrás, porque se le podrían echar encima todos sus compañeros sublevados.
La verdad es que las milicias del requeté de Navarra, que llevaban mucho tiempo preparándose para una guerra,  pasaban ampliamente de Mola y se sabe que se entendían directamente con Sanjurjo, que también era navarro.
El caso de Mola es muy curioso. En principio, según parece, él no pensaba derrocar la República, sino, solamente, su Gobierno. El régimen republicano le trató siempre muy mal. La razón podría estar en que fue el último Director General de Seguridad de la Monarquía
y fue quien ordenó las detenciones de todos los conspiradores cuando se produjo la Sublevación de Jaca. De hecho, le expulsaron del Ejército y lo pasó muy mal en la vida civil.
Fue, precisamente, él quien se puso en contacto con el capitán Fermín Galán, al que conocía de su estancia en África, días antes de la sublevación, para exigirle que le jurara que no iba a sublevarse y éste, obviamente, le mintió.
Unos años después, cuando faltaba poco para el golpe de 1936, Mola, fue llamado por su superior jerárquico, el general Batet, para interrogarle sobre si se iba a sublevar, pues le habían llegado noticias sobre ello y él dio su palabra de que no lo iba a hacer. Todos sabemos que mintió.
Martínez Barrio intentó formar un Gobierno con gente moderada. Entre sus componentes sólo había gente de probada lealtad republicana y algún nacionalista catalán. No incluyó ningún miembro de los partidos más a la derecha o a la izquierda, para intentar serenar los ánimos, pero no fue comprendido y fracasó. Parece ser que él culpó a algunos líderes, como Largo Caballero de oponerse a su intento, presionando para disolver el Ejército y repartir armas a los milicianos.
La disolución del Ejército ya figuró en un Decreto firmado por el dimitido Casares Quiroga y esa fue una de las mejores ayudas que obtuvieron los golpistas para poder avanzar más fácilmente hacia Madrid, a pesar de haber fallado estrepitosamente en su intento de dar un golpe de Estado.
Después de comprobar que no había manera de parar el golpe y la futura guerra civil, nuestro personaje, se puso en contacto con Azaña para dimitir y éste le ofreció el cargo al farmacéutico y catedrático José Giral, el cual, para no perder tiempo, ratificó en sus cargos a todos los ministros del dimitido Casares Quiroga y dio orden de repartir armas al pueblo.
Como Giral antes de ser presidente había sido ministro de Marina, tomó una decisión, que yo considero muy importante. Sospechando que unas maniobras de la Armada, que se estaban desarrollando por entonces en la zona de Canarias y el Norte de África, podrían estar relacionadas con el golpe militar y el traslado de tropas a la Península, dio  orden de cancelar inmediatamente las mismas y regresar todas esas naves al territorio peninsular, con lo que, muy posiblemente, estropeó los planes de los golpistas para trasladar rápidamente las tropas asentadas en África.
Durante la guerra, nuestro personaje, fue uno de los asesores de Azaña, aunque se reunieron pocas veces,  y presidió en varias ocasiones las Cortes, trasladándose a Valencia con el Gobierno. También  hay que decir que alcanzó un alto grado en la Masonería española.
Fue uno de los 62 diputados que se reunieron en la última sesión de las Cortes Republicanas, celebradas en febrero de 1939 en las caballerizas del castillo de Figueras.
Cuando cayó definitivamente la II República, tomó, como muchos otros, el camino del exilio, yendo primero a Francia, para después trasladarse a Cuba.
Parece ser que el día que, cuando iba al exilio en Francia, llevó en su propio coche a Azaña, Giral y Negrín. El coche se averió, bloqueando la carretera, y tuvieron
que bajarse a empujarlo para desbloquearla. El final del camino lo tuvieron que hacer a pie, como la inmensa mayoría de los exiliados.
Al final, como casi todos los republicanos, se fue a México, que fue el país donde les dieron una mejor acogida. Allí presidió durante unos años la Junta española de liberación, donde estuvo defendiendo las instituciones tradicionales de la II República.
Precisamente, por su afiliación a la Masonería fue condenado, en 1941, lógicamente, en ausencia, por el Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo a la pena de 30 años de cárcel y la inhabilitación perpetua para cualquier cargo público. Sin embargo, él
declaró que la Masonería jamás influyó en las decisiones de la II República, ya que sus miembros pertenecían a partidos con una ideología muy diferente. Por ejemplo, en las Cortes Constituyentes, formadas en 1931, había 48 masones radicales, pero también 44 socialistas.
Curiosamente, al finalizar la II Guerra Mundial, se le ocurrió volver a París, donde fue nombrado presidente de la II República en el exilio. Ocupó ese cargo hasta su muerte en esa misma ciudad, ocurrida en 1962. Fue sustituido por el catedrático de Derecho Luis Jiménez de Asúa.
En el año 2000, se le hizo justicia, trasladando sus restos a su Sevilla natal, tras las gestiones de la Asociación de Abogados Progresistas de Andalucía, para ser enterrados en el cementerio de San Fernando de esa ciudad.

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