ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

lunes, 12 de octubre de 2015

ELISABETH VIGÉE LE BRUN, UNA GRAN PINTORA



Hoy traigo al blog a una gran pintora, que, como caso casi excepcional, fue reconocida en su tiempo. Tal vez fuera por su amistad con los reyes, pero indudablemente, porque poseía unas dotes para hacer de cada una de sus pinturas, una auténtica obra de arte, con mayúsculas.
Marie-Louise-Élisabeth Vigée-Le Brun, que así era como se llamaba, vino al mundo en París, un día de abril de 1755.
Sus padres fueron Louis Vigée, pintor especializado en colores al pastel, y Jeanne Maissin, procedente de una familia campesina.
Por lo que se ve, su infancia fue feliz hasta que, cuando ya tenía 12 años, su padre muere a causa de un accidente doméstico.
Para ella, fue una gran palo, pues fue su primer profesor, y el primero que supo ver las grandes condiciones de su hija para la pintura, así que estuvieron siempre muy unidos.
Otro pintor, gran amigo de su padre, Gabriel François Doyen, fue el que la animó para seguir pintando, pues se la veía muy deprimida.
Más tarde, su madre se volvió a casar con un joyero bastante rico, pero muy tacaño. Así que las relaciones de nuestro personaje con él nunca fueron muy buenas.
Posteriormente, siguió aprendiendo con otro pintor llamado Gabriel Briard, miembro de la Academia Francesa y hoy prácticamente olvidado.
Más tarde, conoció al gran maestro paisajista Joseph Vernet, del cual, confiesa, que aprendió mucho. A lo mejor, por eso, ella le hizo un retrato.
Su amistad con Vernet y con otro pintor, muy conocido por entonces,  llamado Jean-Baptiste Greuze, especializado en dibujos y pinturas con escenas populares y también en retratos, le abrió muchas puertas.
De hecho, esto le permitió ver grandes obras depositadas en colecciones privadas, de las que hizo algunas copias, como, por ejemplo, las de Rembrandt o Van Dyck.
Su primera obra importante conocida es un retrato que hizo a su madre, que ahora se llamaba Madame Le Sèvre, por el apellido de su segundo esposo.
No se molestó en intentar entrar en la Academia Real de pintura y escultura, porque sus miembros eran demasiado conservadores y no se planteaban el papel de una pintora en ese centro. Así que lo intentó en la Academia de Saint-Luc, mucho más modesta, y donde ya había estado su padre, y allí sí que la dejaron ingresar, en 1774.
No sabemos si fue por perder de vista a su padrastro, que se quedaba con todos los ingresos de sus obras, o aconsejada por su madre. Lo cierto es que en 1775, conoció a otro pintor llamado Jean-Baptiste-Pierre Le Brun, sobrino-nieto del gran pintor Charles Le  Brun, y se casaron al año siguiente.

Ese mismo año se le permite realizar el primer retrato para un personaje de la corte, el conde de Provenza, hermano de Luis XVI.
Su marido convierte su casa en una tienda de antigüedades, donde venden cuadros de los famosos pintores de la época. Desde hacía varios años, se dedicaba a ser marchante de obras de arte, más que a pintar sus propias obras. De hecho, se le considera como uno de los expertos en arte, que se dedicaron a elegir las obras para exponer en el Louvre.
En 1778, la duquesa de Chartres presenta sus obras a la reina María Antonieta y a partir de ahí, pasa a ser la pintora habitual de la reina y de la corte.
En 1780 dio a luz a su única hija, pues, aunque quedó embarazada de nuevo unos años después, el bebé nació ya muerto.
En 1783, intentó de nuevo el ingreso en la Academia Real de Pintura y Escultura. Casi todos los miembros se opusieron a su entrada a causa de su sexo y de la profesión de su marido, a la que veían despectivamente.
No obstante, como gozó de la protección de los reyes, el monarca ordenó, a petición de la reina, que se la dejará ingresar y, muy a su pesar, los miembros de la academia le obedecieron.
Como no pueden echarla de allí, pues se dedicaron a calumniarla, como cuando le achacaron que tenía un romance con el ministro de Finanzas, Calonne, el cual había pagado muy generosamente un retrato suyo, o con algunos otros pintores.
En 1788, pinta la que ella reconoce como su mejor obra. Se trata de un retrato del pintor Hubert Robert, que, actualmente, se halla expuesto en Louvre. Se puede ver ya en él otro tipo de pintura. Los colores ya no son tan claros. No retrata al personaje de frente, sino mirando hacia un lateral y con su cuerpo dando una sensación de movimiento. Es posible que estuviera influida por los acontecimientos que se estaban desarrollando en su país en ese momento.
Hasta 1789, casi todas las obras de nuestro personaje eran retratos y pinturas de tipo popular, llamadas de género, donde se ve a la gente muy contenta en sus quehaceres diarios. Gracias a estas obras, que les eran encargadas por sus clientes ricos, aumentaron considerablemente sus ingresos. Lástima que su marido, que estaba muy enviciado con el juego, se gastara con una gran facilidad todas estas ganancias. Todo ello, hace creer a las masas que se trataba de una persona muy rica, así que era un claro objetivo para los posteriores revolucionarios.
Como había sido siempre una persona muy cercana a los reyes, con la llegada de la Revolución Francesa, es buscada por los revolucionarios.
Ella se hallaba, por entonces, pintando a la condesa du Barry, en su mansión a las afueras de Paris. Cuando empiezan a oírse los cañonazos, saben que la revolución ha llegado y que es la hora de marcharse.
Regresa enseguida a su casa, para tomar a su hija y un puñado de monedas y se van juntas al exilio. Su marido se negó a ir con ellas.
Huyeron de París hacia Lyon, para seguir hasta Saboya. Consiguieron llegar a Roma a finales de ese mismo año.
En 1790, tuvo un gran éxito con la exposición de uno de sus autorretratos en la Galería de los Uffizi, de Florencia.
Desea volver a Francia, pero los revolucionarios se lo impiden, pues su nombre aparece en una lista de ciudadanos que han perdido sus derechos civiles.
Desde 1792, vive entre Florencia, Roma y Nápoles y sigue triunfando con sus obras. Allí se encuentra, en algunas ocasiones, con otros exiliados franceses.
Mientras tanto, su esposo, que se ha quedado en Francia, ha tenido que vender todas sus posesiones, pues han asaltado su casa y los precios del mercado del arte se han derrumbado. Tuvo que pedir el divorcio para que los revolucionarios no le quitaran su patrimonio, alegando que no era de su mujer. Incluso, pasa algunos meses en prisión.
Además, como tiene cierta amistad con el gran pintor y revolucionario Jacques Louis David, le pide que borre a su mujer de esa lista, pero no consigue nada.
Con la llegada de las tropas francesas a Italia, Elisabeth y su hija, huyen primero a Viena y, posteriormente, a Rusia, por invitación del embajador ruso en esa corte.
Allí pasa momentos muy felices, gracias al apoyo de viejos amigos, como Doyen, o la misma familia imperial.
Mientras se dedica a pintar multitud de obras en Rusia, se entera por los periódicos que muchos de sus amigos han sido guillotinados. A causa de la etapa llamada del Terror.
No obstante, en Rusia, llega a tener mucho éxito y tiene una gran cantidad de encargos de los nobles de ese país.
En 1799, una multitud de artistas, literatos y científicos franceses pide que se le borre de la lista y, al fin, consigue volver.
A pesar de ello, en ese momento, sufre dos importantes varapalos. Por una parte, la muerte de su madre. Por otra, la boda de su hija, acordada por su marido, sin la aprobación de ella. Eso lo sintió mucho, porque siempre habían vivido muy unidas. Lo cierto es que, prácticamente, nunca más se volvieron a hablar las dos.
En 1802, vuelve a París y allí se reencuentra con su marido, pero, tras haber perdido tantos amigos con la Revolución, todo aquello le parece ajeno. Tiene la percepción de que ya no es su mundo.
Así que sólo se queda unos meses en Francia y con la excusa de un nuevo contrato, se va unos años a Londres.
Allí se reencuentra con viejos amigos, como lady Hamilton, la amante del almirante Nelson, y se reúne con los miembros de la corte del futuro Luis XVIII.
Al cabo de 3 años, vuelve a Francia, pero se va enseguida a Nápoles para pintar un retrato de Caroline Murat, hermana de Napoleón. No sabemos si la retratada quedaría a gusto con el cuadro, en cambio, conocemos que la pintora quedó muy harta de ella, porque no la hacía ningún caso, cuando estaba posando como modelo.
En 1809, volvió a París, pero pronto se fue a vivir a la tranquila villa de Louveciennes, en una casa de campo cercana al antiguo palacio de Madame du Barry, donde ella se hallaba cuando comenzó la Revolución.
En 1814, con el regreso de Luis XVIII, sus cuadros son restaurados y vuelven a exponerse en el Louvre, Fontainebleau y Versalles.
En 1819, mueren su hija y su único hermano. Quizás, por ello, se dedica ahora a pintar paisajes oscuros con puestas de sol.
En 1829, escribe una autobiografía, la cual publica en 1835, llamada “Memorias de una retratista”. También fue nombrada miembro de 10 academias de otros tantos países.
En los últimos años de su vida, sufre un derrame cerebral y la pérdida de la vista. Muere en París en 1842 y está enterrada en el cementerio de Louveciennes.
Fue una autora muy prolífica, aunque la mayoría de sus obras, unas 660 sobre un total de 900 cuadros, son retratos encargados por gente rica.
Concretamente, a la reina María Antonieta la pintó en 35 ocasiones. Incluso, ella misma aparece en unos 50 autorretratos a lo largo de toda su vida. El primero de ellos data de 1780 y se ve que quedó influida por la pintura de Rubens, pues lo pintó tras un viaje a Holanda.
Ganó mucho dinero con la venta de sus cuadros, pero perdió gran parte de esa fortuna con la llegada de la Revolución.
Son más conocidas sus obras realizadas hasta 1789, que las posteriores a ese año, que poseen unos tonos más oscuros y no parecen tan alegres.
El tiempo no la ha hecho justicia. En 1845, sólo aparecía en una Biografía universal de celebridades francesas, como esposa de Jean Baptiste Le Brun.
Sin embargo, en la edición de 1970 de la Gran Enciclopedia Larousse, ni siquiera aparece por ninguna parte. Incluso, algunas feministas, como Simone de Beauvoir, se han permitido criticar sus obras.
También las feministas americanas la han criticado por su oposición a las ideas de los revolucionarios y por la forma que tenía de tratar la maternidad en sus obras.
Es posible que fuera, porque hizo muchos retratos de su hija Julie. Incluso, en algunos de ellos, aparece la propia pintora abrazando a su hija. Lo veo normal, porque siempre vivieron muy unidas, hasta que la hija se casó sin avisarle.
Esperemos que la exposición que se va a inaugurar ahora en el Grand Palais de París, sirva para reivindicar su memoria y su arte.

3 comentarios:

  1. Hoy he descubierto a esta gran pintora. Tus comentarios son muy interesantes. Muchas gracias.

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    Respuestas
    1. Soy yo el que te agradece tu amable comentario.

      De nuevo, muchas gracias y saludos.

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    2. No sé si conocerás a otra casi desconocida gran pintora llamada Sofonisba Anguissola a la que dediqué, hace tiempo, otro de mis artículos.

      Saludos.

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