ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

domingo, 18 de octubre de 2015

NEVILLE CHAMBERLAIN, EL OTRO FIRMANTE DE LOS ACUERDOS DE MUNICH




Esta vez, no me queda más remedio que decir lo mismo que en el caso de Daladier. No obstante, cuando alguien pone a una persona inadecuada en un cargo en el Gobierno, en un régimen democrático, como el británico, la misma responsabilidad han tenido los de su partido y los que le han votado, que son los que le han llevado hasta allí.
No me vale para este caso uno de los principios de las famosas Leyes de Murphy, que dice que cuando una empresa tiene un directivo que es un inútil, hay que ponerlo en un sitio donde haga menos daño a la misma. O sea, hacerle director general o algo por el estilo.
Yo no voy a decir que fuera un inútil, sino una persona a la que le perdía su ansia por el pacifismo y era capaz de ceder lo que fuera, ante la amenaza de una guerra. Claramente, Hitler, se dio cuenta de ese defecto y se aprovechó varias veces de él.
Evidentemente, no fue la persona más adecuada para manejar, en ese momento, las riendas del Reino Unido.
En el caso que nos ocupa, Arthur Neville Chamberlain, nació en 1869, en la ciudad de Birmingham.
Su padre fue Joseph Chamberlain, que llegó a ser Secretario de Estado para las Colonias y miembro del ala liberal del partido Conservador británico.
Igualmente, su hermanastro, Joseph Austen Chamberlain, fue presidente de la Cámara de los Comunes, ministro y jefe del Partido Conservador.
Precisamente, cuando su hermanastro fue ministro de Asuntos Exteriores, consiguió que varias potencias firmaran el Pacto de Locarno, en 1925. Ese mismo año obtuvo el Premio Nobel de la Paz.
Neville, no empezó muy joven en la política, como solía ocurrir en aquella época, sino que estuvo durante 6 años dirigiendo una plantación familiar en las Bahamas.
Luego, también se dedicó a un negocio de construcción de literas para barcos y parece que le fue algo mejor.
En 1915, ya de vuelta en Gran Bretaña, consiguió primero ser elegido concejal de Urbanismo y luego  alcalde su ciudad natal, Birminghan.
Como eran tiempos de guerra, tuvo que trabajar mucho más, exigiendo a todos que hicieran lo mismo y recortó su sueldo, como alcalde, por la mitad.
Sus relaciones con el primer ministro Lloyd George, nunca fueron buenas, ello fue debido a que le nombró para un cargo que tenía la responsabilidad de coordinar el alistamiento militar y, a la vez, que las industrias de guerra funcionasen perfectamente. Lo que pasa es que el premier no le aportó la ayuda prometida y Neville tuvo que dimitir. 
En 1918, consigue ser diputado por el Partido Conservador. Fue nombrado
presidente del Comité para zonas poco saludables y allí conoció la miseria que se vivía en los barrios bajos de las grandes ciudades
En 1923 fue nombrado Ministro de Hacienda, en el gabinete de Stanley Baldwin, el cual había ascendido a premier por enfermedad grave de Bonar Law.
En 1924 pasó a ser Ministro de Sanidad, tras las elecciones del año anterior, donde derrotó en su distrito sir Oswald Mosley, que fue, posteriormente, el líder de la Unión británica de fascistas. En esta labor estuvo hasta 1929. Consiguió que se aprobaran 21 de los 25 proyectos de ley, que había presentado al Parlamento.
Curiosamente, nunca se llevó bien con los miembros del Partido Laborista y, en algunas ocasiones les acusó de administrar mal los fondos del Gobierno para la gente que sufría alguna discapacidad física. Así, el futuro premier laborista, Clement Attlee, dijo de él que “siempre les había tratado como basura”.
El Crack de la Bolsa de Nueva York coincidió con su vuelta al Ministerio de Hacienda, donde intentó parar los daños de la crisis a base de medidas proteccionistas, extrañas para el modo de pensar de los británicos, pero válidas para contener el creciente paro.
No obstante, se debe a él la Ley de Pobres, donde se basa el sistema del Estado del bienestar británico.
En 1937 ascendió a la jefatura del Partido Conservador y al cargo de Primer Ministro, sucediendo a Stanley Baldwin.
Tuvo un papel importante en el caso del intento de matrimonio del rey Eduardo VIII con la americana Wallis Simpson. Nunca le tuvo mucha simpatía a ella y consideró que estaba explotando al rey. Por ello, le aconsejó al monarca que, si quería casarse con ella, previamente, debería abdicar del trono. Eso fue lo que hizo el 10/12, tras una reunión entre el monarca y sus ministros.
Fue el gran adalid del apaciguamiento. Siempre intentando no soliviantar a Hitler y Mussolini, para huir de otra nueva guerra en Europa. Por aquella época, el pueblo británico todavía se acordaba del sufrimiento de la I Guerra Mundial y no deseaba meterse en otro conflicto por el estilo.
Incluso, se negó a criticar la invasión de Abisinia, por parte de las fuerzas italianas o la anexión de Austria, por parte de las fuerzas alemanas.
Tampoco quiso tomar partido en el caso de la Guerra Civil española y promovió la No Intervención, aunque todo el mundo sabía quiénes estaban interviniendo directa o indirectamente en nuestro conflicto bélico.
Para ello, tuvo que enfrentarse tanto al Partido Laborista como a buena parte de la opinión pública británica, que era partidaria  de los republicanos españoles.
En el caso de los Sudetes, empezó intentando que Hitler renunciara a sus pretensiones, pero, cuando vio claro que no lo iba a conseguir, se apresuró a dejar hacer a Hitler y convenció a Daladier, para que hiciera lo mismo. Es preciso recordar que Checoslovaquia tenía firmados, desde hacía varios años,  tratados de mutua defensa con Francia y con el Reino Unido.

En un discurso más propio de un obrero británico dijo: “sería terrible para nosotros prepararnos para una guerra motivada por un pueblo lejano y por gentes de las que nada sabemos”.
El 1 de octubre volvió al Reino Unido, aterrizando en el aeropuerto de Heston y agitando un papel, como los que hacen de tontos en el timo de la estampita. Aseguraba que en ese papel se garantizaba “la paz para nuestro tiempo”.
Concretamente, dijo estas palabras: “Por segunda vez en nuestra Historia, un primer ministro británico regresa de Alemania trayendo la paz con honor. Es la paz de nuestro tiempo”.
Esto fue seguido por una serie de continuas críticas  realizadas por Churchil. Entre otras cosas, dijo: “A nuestra patria se le ofreció entre la humillación y la guerra. Ya
aceptamos la humillación y ahora tendremos la guerra”. Es curioso que le criticara de esa forma, porque los dos eran  muy amigos.
Se ve que Mussolini no era de la misma opinión que nuestro personaje, pues, durante una visita del premier británico a Italia había dicho que “Estos hombres no son ya de la misma pasta que Francis Drake o de los otros aventureros que conquistaron el Imperio. Son los hijos cansados de una larga serie de generaciones ricas. Y perderán el Imperio”.
Tras esa visita, el mismo conde Ciano, ministros de Asuntos Exteriores de Italia, a la vez que yerno de Mussolini, dice que, a pesar de que Chamberlain se agarraba como fuera a la idea de la paz, las dos partes veían la guerra como inevitable.
Tras la invasión nazi de Checoslovaquia, Chamberlain, dio la orden de preparar a la industria británica para una posible guerra. Concretamente, a intentar reforzar su poderío aéreo, pues el Canal de la Mancha ya no era un obstáculo para los aviones enemigos.
En marzo de 1939, llegó a un acuerdo con Francia para ayudar a Polonia en el caso de una invasión alemana.
Efectivamente, la guerra comenzó el 01/09/1939, pero ni el Reino Unido ni Francia movieron un dedo para salvar a Polonia.
El 03/09, en una alocución radiada al pueblo británico, el premier Chamberlain no tuvo más remedio que decirles: “Esta mañana, el embajador británico en Berlín ha entregado en mano al Gobierno alemán una nota certificando que, si antes de las 11 de la mañana no se han comprometido a retirar sus tropas de Polonia, entre nosotros habrá un estado de guerra. Os tengo que decir ahora que no ha habido respuesta, y que, consecuentemente, este país está en guerra con Alemania”.
Precisamente, el Reino Unido no atacó hasta que se produjo la invasión alemana de Dinamarca y Noruega, en abril de 1940. Fue un completo fracaso para las armas al
iadas.
Su mal estado de salud, le hace dimitir el 09/04/1940, justo un día antes de la invasión de Francia, por parte de las tropas alemanas.
Chamberlain, no obstante, volvió a ser ministro en el gabinete de Churchil, pero tuvo que dejarlo en agosto, a causa del empeoramiento de su salud.
Los constantes ataques aéreos de las fuerzas aéreas alemanas sobre territorio británico, hizo que disminuyera mucho su popularidad.
El mismo Churchill, en sus Memorias, habla de él como de una persona con muy buenas intenciones, pero que se portó de manera imprudente ante el expansionismo nazi.
El 09/11/1940, Chamberlain murió a causa de un cáncer intestinal, sólo 6 meses después de su renuncia como primer ministro.
Actualmente, muchos autores están revisando las acciones políticas realizadas por nuestro personaje. Es cierto que tomó unas medidas muy positivas para su país, en materia de Sanidad y Hacienda, pero fracasó en lo concerniente a las relaciones exteriores.
Otros autores han estado investigando sobre el poderío militar del Reino Unido y llegan a la conclusión de que ese país, en 1938, no estaba ni remotamente preparado para una guerra de esa envergadura, porque había realizado muchos recortes en su presupuesto de Defensa, mientras que Alemania sí se había estado rearmando en secreto.
No obstante, en 1939, aunque los británicos todavía estaban en franca desventaja en lo concerniente al poder aéreo, la diferencia ya no era tan brutal entre ambos países.
Tampoco se fio mucho de los franceses, pues ese país se hallaba
en una profunda crisis política. Los gobiernos solían durar menos de un año y su capacidad de resistencia no la veía muy fuerte. Como así sucedió posteriormente.
Yo creo que no se daba cuenta de que tanto Alemania como Italia estaban gobernadas por personajes bravucones, parecidos a los matones de barrio, a los que es muy difícil convencerles para que dejaran de serlo. También se les podría calificar como unos jugadores de farol a los que no hay otra forma de ganarles que replicar con otro farol o con unas cartas mucho mejores que las suyas.
Me da la impresión que, si  hubieran unido sus fuerzas, desde el principio, los británicos y los franceses, y hubieran enviado un par de sus divisiones a Polonia, a lo mejor Hitler se lo hubiera pensado un poco antes de invadir ese país.  
De hecho, dicen algunos autores que Hitler no pensaba siquiera que le fueran a declarar la guerra y que él tenía previsto comenzarla unos años después, porque tampoco tenía un gran ejército, ni los medios suficientes para enfrentarse a una guerra de ese calibre.

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