ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

sábado, 21 de noviembre de 2015

RAMIRO II DE LEÓN Y SU CONTROVERTIDO REINADO



Después de tomarme unas “vacaciones”, por no encontrar ningún tema que me gustara lo suficiente, como para escribir un artículo sobre él, esta vez me parece haber encontrado uno que, aunque se refiera a la época medieval, casi podría pasar por uno de plena actualidad en España.
A la muerte del gran rey Ordoño II de León, en 924, su hermano, Fruela II, se hizo con el poder de una manera totalmente ilegal.
No obstante, en 925, Fruela II, que había sido, hasta entonces, rey de Asturias y ahora también lo era de León, murió a causa de la lepra, siendo enterrado en León. Así que le sucedió su hijo, Alfonso Froilaz.
En 926, los tres hijos de Ordoño II lograron vencer, con la ayuda del rey de Pamplona, a Alfonso Froilaz y expulsarle del trono.
La intervención del rey de Pamplona se explica, porque, a pesar de que los reinos de Pamplona y León habían sido siempre aliados, la boda de Fruela II con una miembro de la estirpe de los Banu Quasi, tradicional enemiga de los navarros, enemistó a los dos reyes.
Por otra parte, en esa época, debían de estar muy preocupados con las innumerables aceifas musulmanas, pues hasta Bermudo II dio la orden de que evacuaran todos los enterramientos de reyes desde León hasta Oviedo. A fin de que quedaran más lejos del alcance de los musulmanes.
También se dice que, posteriormente, Alfonso V de León dio la orden de devolver esos enterramientos a León. En el caso de Fruela II no se hizo, quizás por miedo al contagio de la lepra.
Volviendo a nuestro personaje de hoy, he de decir que se trataba del tercer hijo del rey Ordoño II de León y de su primera esposa, Elvira Menéndez.
Tras haber expulsado a Alfonso Froilaz del trono de León, los tres hermanos (Sancho, Alfonso y Ramiro Ordoñez) se pelearon también por la misma corona. Mientras tanto, Froilaz, consiguió refugiarse en Asturias.
En principio, tenía que haberla llevado el primogénito, Sancho, sin embargo, Alfonso, con la ayuda de su suegro, el rey de Pamplona, consiguió vencerle.
Así que a Sancho le dejaron reinar en Galicia y a Ramiro en una zona comprendida entre los ríos Miño y Mondego. Ambos quedaron a las órdenes del rey de León, Alfonso IV.
El reinado de este monarca leonés se caracterizó por su carácter pacifista, lo cual no creo que gustase nada a los nobles. Siempre sedientos de botín, ya que era su habitual fuente de ingresos.
Parece ser que la muerte de su esposa, Oneca, que tuvo lugar en 931, le afectó mucho, produciéndole una depresión, y eso le llevó a abdicar ese mismo año.
Hizo venir a Zamora a su hermano Ramiro, con la intención de cederle el reino. Así que, una vez terminadas las negociaciones relativas a esa cesión, Ramiro fue coronado en un templo que se hallaba donde hoy está la catedral de León.
Mientras tanto, Alfonso, que ya había dejado de ser el rey, se retiró
al Monasterio de Sahagún, donde profesó como simple fraile.
A finales de 931, recibió en el convento la visita de algunos nobles, que le invitaban a volver a tomar la corona. Alfonso salió con esa intención de su convento, sin embargo, al
encontrarse con algunos de sus familiares le indicaron que no era lo mejor y que volviera a su vida de monje, ya que no encontraría apoyos de ningún tipo.
En 932, lo intentó de nuevo. Ahora,  logró el apoyo del desterrado Alfonso Froilaz, apodado el Jorobado, y de dos  hermanos de éste.
Esta vez acumularon suficientes tropas y, aprovechando que Ramiro II se hallaba en Zamora, organizando una expedición de ayuda a Toledo, se dirigieron a León para intentar recuperar el trono.
En cuanto Ramiro II se enteró de lo que estaba pasando, no se lo pensó mucho y se dirigió con el grueso de sus tropas a León, donde encontró y venció a los sublevados. Incluso, tuvo que perseguir a algunos de los rebeldes hasta Asturias.
Como no se fiaba nada de ellos, ordenó que su hermano, Alfonso, y Froilaz y sus hermanos, fueran encarcelados para, posteriormente, ser cegados y encerrados en el desaparecido monasterio de Ruiforco.
Allí, a petición de Alfonso, trasladaron la tumba de su esposa, Oneca de Pamplona. Hacia el 933, según parece, fueron muriendo todos los que habían sido condenados a la ceguera y sus restos fueron enterrados en ese monasterio. Posteriormente, Alfonso V, dio la orden para que todos fueran trasladados  a la Basílica de San Isidoro de León.

Es curioso, porque el castigo de la ceguera se daba mucho en la Corte bizantina, pero aquí nunca fue muy habitual.
Una de las primeras cosas que hizo nuestro personaje, fue retomar las buenas relaciones con el reino de Pamplona. Así que se casó con Urraca Teresa, hija del rey Sancho Garcés I.
Supongo que, como ya estaba casado y tenía 3 hijos de su matrimonio con su prima Adosinda, seguramente, la repudiaría, argumentando que era familiar suya.
Entre tanto, en 929, Abderramán III, consiguió unificar fuertemente su territorio e independizarse de Damasco, proclamándose nuevo califa, o sea, líder político y a la vez religioso.
En 932, con su reino completamente pacificado, Ramiro II, siguió el camino ya trazado por su padre y su abuelo y se dedicó a conquistar nuevos territorios y a repoblarlos. Previamente, se dedicó a organizar expediciones contra el territorio califal.
Así, atacó diversas ciudades del centro de la península, como Magerit, la antigua Madrid, o Talavera de la Reina. Conquistó ambas, pasando a cuchillo a sus defensores y a muchos de sus habitantes. Volviendo a su reino con gran cantidad de prisioneros y con un botín importante.
Muchos me dirán que este monarca era demasiado cruel, por hacer estas cosas. Es cierto, pero, desgraciadamente, era lo más habitual en esa época.
Sin embargo, Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, aparte de ser un guerrero victorioso, alcanzó mucha fama por no ser tan cruel con el enemigo derrotado, pero eso fue ya en el siguiente siglo.
En 933, Fernán González, conde de Castilla, avisó de la proximidad de un ejército califal. Así que les dio tiempo a organizar un ejército compuesto por tropas castellanas y leonesas, que consiguió derrotar a los moros en Osma. Conviene decir que, por entonces, Castilla todavía era un territorio, que estaba bajo la soberanía de León.
En 934, desafortunadamente, llegó la respuesta califal. Las tropas musulmanas atacaron de nuevo Osma y destruyeron algunas fortalezas, como la de Burgos.
Incluso, atacaron el célebre monasterio de San Pedro de Cardeña, que aparece en el Cantar del Mío Cid, matando a todos sus monjes.
Es más, en su incontenible avance, llegaron hasta Pamplona, donde el califa consiguió que se rindiera la reina Toda Aznárez.
No obstante, Ramiro II, esperó con sus tropas a los musulmanes en
su camino de vuelta y les provocó abundantes bajas.
En 939, el engreído califa, Abderramán III, quiso dar un golpe de efecto a sus nobles y no se le ocurrió otra cosa que sustituirles en sus altos cargos por algunos de sus esclavos de confianza.
Incluso, nombró a su esclavo Nachda como jefe de todo el ejército, lo que hizo que sus oficiales tramaran  un complot contra el califa.
Esta vez, el califa quiso acabar de una vez por todas con ese “grano en el culo”, como veía él a los reinos cristianos.
Organizó una campaña a la que denominó del “Supremo poder” a la que se apuntaron miles de musulmanes, pues el califa le había dado la consideración de “guerra santa”.
Algunos autores hablan de unos 100.000 combatientes musulmanes, lo cual me parece muy exagerado para esa época. Por supuesto, con este contingente, la victoria se daba por segura.
Se supone que atravesaron la meseta por la zona de Guadarrama y llegaron a una especie de “desierto” en que habían convertido los dos bandos la zona que se extendía a lo largo del sur del Duero.
Era una especie de “colchón” para los reinos cristianos, pues, al estar prácticamente deshabitada, los campos no producían nada y, por tanto, los ejércitos enemigos no podrían encontrar suministro en esa zona y menos para un contingente tan enorme como ese.
Por el otro lado, Ramiro II, consiguió que combatieran de su lado las tropas del conde de Castilla, las del reino de Pamplona y algunas de Galicia y de Asturias. O sea, un contingente mucho menor.
Es posible que esta batalla se diera el 19/07/939, pues los cronistas dicen que, durante esos días, tuvo lugar un eclipse, que asustó a los combatientes.
Al final, los moros se retiraron, dejando gran cantidad de muertos, heridos y prisioneros en el campo de batalla.
Fue una gran victoria para las armas cristianas, pues la frontera avanzó hacia el sur, coincidiendo con el cauce del río Tormes. En este caso, era la primera vez que “el pez chico derrotaba al grande” y eso fue muy celebrado en el mundo cristiano.
Por otra parte, Abderramán III, seguro que se asustó tanto que no volvió a acompañar a sus tropas al combate. De hecho, se sabe que dejó muchas de sus cosas en su tienda, pues no le dio tiempo a llevárselas. No obstante, más tarde, se siguieron produciendo las típicas aceifas.
Algunos autores dicen que los oficiales musulmanes que habían organizado el complot contra el califa, se dejaron vencer sin ofrecer mucha resistencia. No obstante, parece ser que no habían contado con que iban a sufrir, posteriormente, una serie de emboscadas, en su camino de vuelta.
La retirada fue un auténtico caos, el mismo califa estuvo a punto de ser abatido y consiguió huir con sólo 49 hombres de su guardia.
A su vuelta a Córdoba, el califa, estaba tan indignado y tan traumatizado por esta derrota, que mandó decapitar a varios de sus oficiales, acusándoles de incompetencia en la batalla.
En 941, los delegados de Ramiro II y los de Abderramán III, se pusieron de acuerdo para firmar una tregua. Una de las consecuencias de ella, fue la puesta en libertad del gobernador moro de Zaragoza, que fue capturado durante la batalla, y que aún permanecía cautivo en manos leonesas. A esa tregua se sumaron el rey de Pamplona y los condes de Castilla.
En 943, el levantisco conde castellano Fernán González, volvió a intentar independizar su territorio del reino de León. Para ello, se alió con su yerno, Diego Muñoz.
No está muy claro el motivo de su rebelión, aunque se adivinan sus ansias de expansionismo e independencia. Precisamente, Ramiro II, se enfadó mucho con Fernán cuando, violando la tregua firmada con el califa, invadió el territorio musulmán.
Sin embargo, Ramiro II y Fernán habían tenido buenas relaciones, porque le ayudó a conquistar el trono y expulsar a Alfonso Froilaz.
También es verdad que el padre de Ramiro II, Ordoño II, ordenó a sus condes que fueran con él a la batalla de Valdejunquera, celebrada en 920. Como ellos se negaron a ir y el ejército cristiano fue derrotado estrepitosamente, el rey les citó a todos y los encarceló. Algunos autores dicen que, incluso, los ejecutó, pero eso no está muy claro. Uno de los apresados fue un tío de Fernán González.
En el caso de Diego Muñoz, podría estar en que Ramiro II le había premiado con el condado de Monzón, el cual no tenía ninguna posibilidad de expansionarse, por estar rodeado por los territorios de otros nobles importantes y amigos del rey, como el conde Fernando Ansúrez.
El rey Ramiro II no perdió el tiempo. Marchó sobre ellos y consiguió capturarles. Durante dos años, los tuvo encerrados a ambos. A Fernán, en León y a Diego  en la fortaleza de Gordón, hoy en ruinas.
En 945, los puso en libertad, quizás porque le interesaba contar con ellos para defenderse de los ataques musulmanes.
Para intentar impedir nuevas rebeliones de Fernán, le hizo jurar fidelidad a él y, además, concertaron la boda entre Ordoño, hijo del rey y su heredero, y Urraca, hija del conde.
Una vez en libertad, parece ser que Fernán siguió insistiendo en su independencia. Algunos autores dicen que, incluso, es posible que hiciera algún pacto con los moros, pues, a partir de entonces, dejaron de invadir Castilla, para hacerlo sólo en tierras de León, llegando hasta Galicia.
Hacia 950, cuando el rey salió de Zamora para saquear, como de costumbre, las tierras de los moros, concretamente, la zona de Talavera de la Reina, ya se le vio muy decaído y tuvo que entregar el mando de la expedición a su hijo Ordoño.
Como el monarca se dio cuenta de que se hallaba muy débil y de que iba a ser muy complicado salir de esa enfermedad, a primeros de 951 abdicó en su hijo, el futuro Ordoño III de León.
Falleció a finales de enero de 951, siendo enterrado, primeramente, en la iglesia del antiguo monasterio de San Salvador Palat del Rey.
En 988, tras una fuerte aceifa de Almanzor, que destruyó ese templo, su tumba y la de otros reyes posteriores a él, fueron trasladadas al panteón real de reyes de San Isidoro de León.
Sus contemporáneos decían de él que fue un hombre que nunca descansó, pues siempre fue una persona muy activa. Aparte de sus actividades guerreras, prioritarias en esa época para cualquier rey, se dedicó a repoblar con mozárabes el territorio reconquistado y organizó de una forma muy eficaz la administración del reino.
También fue una persona muy religiosa, que hizo muchas donaciones a iglesias y conventos de su reino.

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