ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

lunes, 14 de marzo de 2016

LA DONACIÓN DE CONSTANTINO



En mi anterior artículo, creo que ya puse en claro la relación entre el emperador romano Constantino I y la Iglesia cristiana.
Seguramente, más de uno habrá pensado que el emperador se aprovechó de esta relación, llevando a la Iglesia a su propio terreno.
Por una parte, todo eso es cierto. Sin embargo, hoy vamos a ver cómo la Iglesia también quiso sacar una buena tajada de esa relación, amparada en los miles de fieles que seguían su doctrina.
Posiblemente, a más de uno le sonará San Silvestre por el nombre de  las maratones populares que se celebran ese día, que es el último del año.
Ese día, entre otros, se celebra la festividad del Papa San Silvestre I, contemporáneo del citado emperador.
Llegó al pontificado en el año 314, justo al año siguiente del Edicto de Milán, donde se promulgó la libertad religiosa dentro del Imperio Romano.
Parece ser que las relaciones entre este Papa y el emperador Constantino I siempre fueron bastante buenas.
Precisamente, durante su pontificado, en el 325, tuvo lugar el famoso concilio de Nicea, al que no pudo asistir el Pontífice, pero sí unos representantes suyos. Parece ser que uno de los representantes papales fue el obispo de Córdoba.
En este concilio tuvo lugar la primera condena del Arrianismo a la que se le calificó como una herejía. También se redactó el primer credo oficial de la Iglesia.
También se dice que este Pontífice fue el primero en usar la tiara papal. Esta era una especie de casco alto y puntiagudo, donde se insertaban tres coronas.
Parece ser que significaban ser el pastor universal, el juez universal y el gobernante temporal sobre sus territorios.
Con tiaras de ese tipo se han ido coronando todos los Papas hasta Pablo VI. No se utilizaban más que para la coronación o para ciertos actos solemnes, por ser algunas de ellas muy incómodas y pesadas.
También hay quien dice que lo hacían para asemejarse a los emperadores del Sacro Imperio, los cuales recibían tres coronas. Una por ser los reyes de Alemania, otra por ser los reyes de Italia y otra por ser los emperadores romanos.
Volviendo a San Silvestre I, lo cierto es que, gracias a su amistad con el emperador, logró obtener el Palacio de Letrán, que fue la primera sede papal, y la basílica, que se encuentra al lado. Considerada ahora como la catedral de Roma.
También, gracias a los generosos fondos imperiales, pudo edificar varias basílicas para el culto cristiano. Como ya comenté en mi  anterior artículo.
Con el tiempo, alguien desconocido se sacó de la manga que, al reconocer al Cristianismo, el emperador, Constantino I, también había hecho donación a la Iglesia de la ciudad de Roma, las provincias de Italia y hasta del Imperio Romano de Occidente. Creándose así el conocido como Patrimonio de San Pedro.
Este documento ya aparecía en el llamado “Libro de los Papas”. Una especie de crónica de cada pontificado. Cubre el período desde San Pedro hasta Esteban V, que ocupó esa silla entre los años 885 y 886.
En esta obra aparece la citada “Donación de Constantino”, en forma de una carta enviada por el citado emperador al Papa Silvestre I.
En ella, el emperador obliga a todos los obispos cristianos del mundo a que obedezcan al Papa de Roma y a sus sucesores en el cargo.
La carta tiene dos partes. La primera es una profesión de fe del emperador, mientras que la segunda se refiere a la citada donación.
El emperador concede al Papa y a sus sucesores el poder, la dignidad y las insignias imperiales. Aparte de ello, le concede la soberanía “sobre Roma, las provincias y las ciudades de toda Italia y de las provincias occidentales”.
Del mismo modo, le otorga a Roma la primacía sobre el resto de los patriarcados del momento. O sea, Antioquía, Alejandría, Constantinopla y Jerusalén.
Todo ello, quedaba fijado en un documento muy sospechoso, cuyo contenido ya les parecía falso a los eruditos medievales. Hasta el mismo Eneas Silvio Picolomini, que llegaría a ser Papa, con el nombre de Pío II, desconfiaba de él.
Sin embargo, hacia el año 850, ya era conocido y aceptado en las antiguas Galias. Por ello, se cree que no se redactó en Roma, sino en la abadía de Saint Denis, por entonces, junto a París.
Parece ser que, en 1440, el erudito Lorenzo Valla, demostró que era una falsificación, pues el lenguaje del mismo no se correspondía con el del siglo IV d. de C., sino que era muy posterior.
Por otra parte, habría que decir que este erudito nunca estuvo en muy buenas relaciones con la Iglesia, pues no le admitieron como secretario papal y publicó el citado estudio cuando ya era secretario del rey Alfonso V de Aragón, y éste se hallaba en guerra contra el Pontífice. Incluso, algunos dicen que redactó ese documento a petición del monarca.
Lógicamente, esto no se lo perdonaron nunca, pues sólo cuatro años después fue denunciado como hereje y llevado ante el tribunal de la Inquisición en Nápoles. Gracias a la intervención del monarca pudo salvarse de ser condenado por ese tribunal eclesiástico.
A lo mejor es pura casualidad, sin embargo, es cierto que los primeros protestantes se basaron en algunas de sus obras para confeccionar su nueva doctrina.
Por otro lado, también es verdad  que, en sus últimos años, estuvo trabajando para la Curia Vaticana. Es posible que lo lograra, gracias a que 8 años después de publicar el citado texto, escribió otra obra, donde se excusaba por todo aquello y prometía que no volvería a ocurrir.
Sin embargo, este documento tuvo un gran valor para la Iglesia, pues durante varios siglos consiguió que el Papado mantuviera a raya a la sociedad civil.
Fue incluido en varios textos legales y, por supuesto, también tuvo sus defensores en las personas de Arnaldo de Brescia, Guillermo de Ockam y Marsilio de Padua, que apoyaban el poder temporal del Pontífice.
Parece ser que el genial autor Umberto Eco, fallecido recientemente, al escribir su famosa novela “El nombre de la rosa”, se inspiró en Guillermo de Ockam, para dar forma al protagonista de la obra, Guillermo de Baskerville, interpretado por Sean Cornery.
Volviendo al tema de este artículo, desde que se le dio a la Iglesia la potestad de poseer, recibir o heredar todo tipo de bienes, según figura en el Código Teodosiano, los clérigos no han perdido el tiempo. Además, quizás para blindar la propiedad de estos bienes, los bautizaron como “Patrimonio de San Pedro”.
Esas posesiones pasaron primero por ser las de un gran terrateniente. Más adelante, serían las propias de una persona con mucho poder ante la sociedad. Al final, llegaron a ser, más o menos, los Estados de un soberano.
El mismo San Gregorio Magno (590-604), que antes de ser Papa fue prefecto de Roma, consolidó esas propiedades, sabiendo sacarles unos importantes beneficios, los cuales destinó a obras sociales.
Durante el comienzo de la Edad Media, el Papa, fue una especie de árbitro que se interpuso en los frecuentes enfrentamientos entre las dos potencias que ocupaban el suelo de Italia: el Imperio Bizantino y el Reino Longobardo.
El Papa, aunque ocupaba terrenos propiedad del Imperio Bizantino, nunca fue considerado como un súbdito del emperador y éste tampoco podía interferir en el nombramiento de los pontífices.
La autoridad papal era considerada como un cargo de prestigio, al ser el sucesor de los primeros Apóstoles.
A mediados del siglo VIII, los longobardos, fueron capaces de conquistar Rávena y amenazaban directamente a Roma.
Así que el Papa intentó solicitar la protección de Bizancio, pero el emperador ya tenía bastante con mantener a raya a los musulmanes.
De esa forma, el mismo Papa, Esteban II (752-757), atravesó los Alpes, con objeto de pedir la protección del rey franco, Pipino el Breve, padre del gran Carlomagno.
Este monarca franco se mostró muy dispuesto a proteger los territorios papales, porque debía su reconocimiento al Papa Zacarías, antecesor de Esteban II.
Incluso, se comprometió a entregar al Papa, los territorios del Imperio Bizantino en Italia, que estuvieran en poder de los longobardos.
Así hizo y, tras una serie de guerras, logró expulsar de esa zona a los longobardos y entregó esos territorios al Papa.
Ese fue el comienzo de los llamados Estados Pontificios. Una enorme extensión de terreno en los que se basó el poder temporal de los Papas.
Ahora, los Pontífices,  ya no tenían solamente una autoridad moral, sino que pasaron a tener una autoridad política efectiva.
Estos Estados Pontificios perduraron hasta la conquista de Roma, en 1870, durante la unificación de Italia.
El conflicto entre el Papa y el reino de Italia quedó, por fin, zanjado el 11/02/1929, tras la firma de los Pactos Lateranenses. Con ello, se creaba el nuevo Estado del Vaticano.
Por parte del Vaticano, firmó ese documento el cardenal secretario de Estado, Pietro Gasparri. A lo mejor, el representante del reino de Italia os suena algo más. Se trató nada menos que de Benito Mussolini.
Un curioso documento, el cual estuvo vigente, aunque se demostrara su falsedad, durante varios siglos.

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