ESCRIBANO MONACAL

ESCRIBANO MONACAL
UNA GRAN OBRA MAESTRA REALIZADA EN MARFIL

miércoles, 8 de noviembre de 2017

EL GENERAL DIEGO DE LEÓN

Seguro que más de uno habrá pasado junto al Hospital de la Princesa, situado en la calle Diego de León, dentro del Barrio de Salamanca, en Madrid.
Como yo creo que vosotros sois gente curiosa, igual que yo, seguro 
que os habréis preguntado en alguna ocasión quién sería ese personaje, pues ahora  os lo voy a explicar. No tenéis más que leer este artículo.
Diego Antonio de León y Navarrete, que así era cómo se llamaba nuestro personaje de hoy, nació en Córdoba en 1807, justo un año antes de que comenzara la Guerra de la Independencia contra las tropas de Napoleón.
Nació en el seno de una familia donde había nobles y militares. Su padre, Diego Antonio de León, marqués de las Atalayuelas, también era coronel del Ejército en Andalucía, comendador de la Orden de Calatrava y gentilhombre de Cámara de Fernando VII. Su madre fue María Teresa Navarrete y Valdivia. Precisamente, su padre participó en la batalla de Bailén (Jaén), que fue la primera derrota sufrida por las tropas de Napoleón.
Sin embargo, años después, fue condecorado por Luis XVIII por haber ayudado a las tropas de los Cien Mil Hijos de San Luis, que venían a restaurar el absolutismo en España.
Nuestro personaje pasó sus primeros años  en Montoro (Córdoba), de donde era originaria su familia. Posteriormente, su padre fue destinado a Madrid, donde empezó sus estudios.

Pronto vio que la vocación de su hijo era la carrera militar. Así que, como se solía hacer entonces, lo inscribió como oficial en el regimiento de Granaderos Realistas de Montoro.
Posteriormente, Diego,  tuvo otros destinos en diferentes unidades. En 1827 fue nombrado capitán del Regimiento de Coraceros de la Guardia Real. Sólo tres años más tarde fue ascendido a comandante del Regimiento de Granaderos a caballo de la misma Guardia Real.
En 1833, a la muerte de Fernando VII, comenzó la Primera Guerra Carlista. Siempre se ha dicho que el motivo de la misma fue la proclamación de Isabel II como reina, ya que era la hija mayor del difunto rey, que no tuvo ningún hijo varón.
Esta decisión no fue  aceptada por los partidarios de la Ley Sálica, que no permitía reinar a las mujeres. No obstante, hubo muchos más motivos que desarrollaré en otro artículo posterior.
Lo cierto es que nuestro personaje pidió ir al frente y en 1834 fue destinado al Ejército de Operaciones del Norte. Lógicamente, combatió en el bando isabelino. Por entonces, se llamaba “cristino”, hasta la mayoría de edad de Isabel II.
Allí comandó un regimiento de lanceros de Caballería y gracias a su valentía se le apodó “la mejor lanza del reino”.
En 1836  fue destinado al mando del famoso regimiento de Húsares de la Princesa. Al poco tiempo, el coronel de esta unidad fue asesinado por un prisionero, ascendiendo a Diego de León a coronel de esa unidad.
En junio de 1836 comenzó el periplo del general Gómez, recorriendo casi toda la Península con sus tropas carlistas. A este militar ya le dediqué otro de mis artículos.
Lo cierto es que se encomendó a la división de Espartero la persecución de las tropas del general Gómez.
Como nuestro personaje estaba dentro de esa unidad, tuvo que enfrentarse varias veces con esas tropas carlistas. El combate más importante se dio en la batalla de Villarrobledo (Albacete), cuando con fuerzas muy inferiores en número, supo poner en fuga a varias unidades carlistas.

Esta demostración de coraje le valió la condecoración más preciada del Ejército español, la Cruz Laureada de San Fernando y el ascenso a general de brigada. Aparte de ser nombrado, posteriormente, comandante general de la Caballería del Ejército del Norte.
Posteriormente, consiguió sucesivas victorias en su persecución de esas tropas carlistas por Andalucía y Extremadura, hasta que huyeron hacia su base en el País Vasco.
En 1837, cuando se hallaba en Palencia, descansando junto a sus tropas, le llegó la orden de marcha hacia Barbastro (Huesca), donde se hallaba el cuartel general carlista. Tomó esa ciudad y persiguió a las tropas del pretendiente carlista hasta vencerle en Cataluña. Por esa acción fue condecorado con la Gran Cruz de Isabel la Católica.
Tras varias victorias sobre los carlistas en la provincia de Guadalajara, consiguió que huyeran hacia sus bases en Álava. Por ello fue de nuevo ascendido a mariscal de campo y nombrado jefe de la división que combatía en Navarra.
A finales de 1837, los carlistas habían interceptado las comunicaciones terrestres en la provincia de Navarra, pues tenían en su poder el estratégico puente de Belascoain. Él se lo comunicó a su jefe, el cual no le autorizó a atacarlo por no disponer de suficientes fuerzas para ello.
Así que, bajo su responsabilidad, atacó el puente con la Caballería y tras varias horas de combate, puso en fuga a las tropas carlistas. Esta acción le valió la Gran Cruz Laureada de San Fernando.
Al año siguiente fue nombrado virrey de Navarra. Lo cierto es que se hizo muy popular en toda España, así es que también fue condecorado por las Cortes con la Gran Cruz de Carlos III.
En 1839, los carlistas, volvieron a recuperar el citado puente, pero él consiguió reconquistarlo, por lo que fue recompensado con el título de conde de Belascoain.
En toda su vida militar nunca eludió un combate y se hizo famoso entre sus soldados, porque siempre marchó a la cabeza de sus lanceros de Caballería.
Continuó la guerra hasta el 31  de agosto de 1839, fecha en que tuvo lugar el famoso Abrazo de Vergara, por el que los líderes militares de los dos bandos firmaron la paz.
No obstante, a pesar de haberse firmado la paz, aún quedaban guerrillas carlistas combatiendo, al mando de Cabrera, en la comarca del Maestrazgo (Castellón).
Parece ser que ahí se vieron las grandes diferencias y las rivalidades entre los generales Espartero y Diego de León. Sobre todo, después de que la regente ascendiera a nuestro personaje a teniente general.
Está claro que ya, por entonces, Espartero tenía ambiciones políticas, lo cual desaprobaba León, aparte de otras como ser el jefe de todo el Ejército.
En 1840, estalló una revolución, cuyo objetivo fue quitar a la reina madre María Cristina de su puesto de regente, hasta la mayoría de edad de su hija.  Por supuesto, al frente de la misma se hallaba el general Baldomero Espartero.

Diego de León estaba muy agradecido a la regente, por lo bien que lo había tratado, y se puso a su favor. No obstante, como María Cristina no quiso que eso degenerara en una guerra civil, abdicó de ese puesto y partió hacia su exilio en Francia, donde fue muy bien recibida por su tío, el rey Luis Felipe de Orleans.
La verdad es que María Cristina se casó con su amante, un antiguo miembro de la Guardia Real, con el que tuvo varios hijos,  y se estaban forrando a base de fomentar la corrupción generalizada en todo el reino.
Así que el 8 de mayo de 1841, las Cortes, aprobaron que a partir de entonces, Espartero sería el único regente  de la princesa de Asturias, futura Isabel II, que sólo tenía 10 años, y de su hermana, María Luisa Fernanda, futura esposa del duque de Montpensier, hijo del rey Luis Felipe, la cual tenía 2 años menos que Isabel.
En octubre de 1841 se puso en práctica un plan ideado por los seguidores de la antigua regente María Cristina, encabezados por el general O’Donnell. Dicho plan consistía en que unos militares asaltarían el Palacio Real y secuestrarían al general Espartero, liberando de éste a la princesa y a la infanta, llevándolas hasta el País Vasco, donde su madre volvería a ostentar la regencia.
Curiosamente, querían llevarlas al País Vasco, porque allí es donde O’Donnell sublevaría a las tropas para que se pusieran de parte de la reina regente.
De esa forma se restablecería en su puesto a la regente María Cristina y hasta que ésta llegara a Madrid, se formaría un consejo de regencia compuesto por el general Diego de León y los políticos Javier de Istúriz y Manuel Montes de Oca.
El 07/10/1841 se produjo el levantamiento. Al general Manuel Gutiérrez de la Concha le encargaron asaltar el palacio Real con sus tropas y llevarse a la princesa y a la infanta.
Por si alguno no lo sabe, una estatua de un militar a caballo, situada en el Paseo de la Castellana, en Madrid, y que dice estar dedicada al marqués del Duero, representa a este militar, que también tenía ese título. Curiosamente, nació en el territorio de la actual Argentina, cuando todavía pertenecía a España, y murió en otra de esas guerras carlistas.
Paradójicamente, este general llegó acompañado de unos soldados del Regimiento del Príncipe para llevarse a la Princesa. Lo cierto es que no tuvo mucha suerte. Cuando pretendieron subir por la escalinata principal, les estaban esperando los alabarderos de la Guardia Real. Estos no eran muchos, pero supieron aguantar el asedio entre las 8 de la noche y las 5 de la mañana. Hasta que  llegaron refuerzos de la Milicia Nacional para auxiliar a los sitiados.
Diego de León se presentó a medianoche por la zona del Palacio Real y enseguida se dio cuenta de que la sublevación había fracasado. Así que decidió huir con su caballo.

Curiosamente, le persiguió un escuadrón de los Húsares de la Princesa al mando de un antiguo subordinado suyo. Cuando lo capturaron, cerca de Puerta de Hierro, éste le propuso dejarle huir hacia Portugal, sin embargo, él se negó y le dijo que cumpliera con su deber. Así que lo llevaron arrestado.
Fue encarcelado en el cuartel de la Milicia Nacional y, posteriormente, juzgado por un Consejo de Guerra de generales. El tribunal lo formaban 7 generales.
Parece ser que, al votar la sentencia, 3 se mostraron contrarios a la pena de muerte y otros tres votaron a favor de la misma. El empate lo rompió el presidente votando a favor. Lo cierto es que nadie, ni siquiera nuestro personaje, pensaba que lo condenarían a muerte.
Su defensor fue su gran amigo el general Federico Roncali, que, curiosamente, también tenía mucha amistad con Espartero.
Como suele ocurrir con los consejos de guerra, éste se hizo muy deprisa. El tribunal dictó su  sentencia el día 13. Publicándose la misma al día siguiente.
Tampoco esperaban que se cumpliera esa sentencia, pero, esta vez, Espartero, fue inflexible. De hecho, algunos autores dicen que había presionado a los miembros del tribunal para que también lo fueran. Esto le acarreó la enemistad de muchos generales y la radicalización de posturas entre militares liberales y conservadores. Entonces llamados progresistas y moderados.
Aparte de que se hizo muy impopular de cara a la opinión pública. Lo peor que le puede pasar a un aspirante a político, como él.
Todo el mundo le había pedido clemencia a Espartero. Empezando por su propia esposa, el general Roncali, el famoso y ya anciano general Castaños, vencedor en Bailén,  y hasta el coronel Dulce, que estaba al mando de los alabarderos que habían aguantado el ataque al Palacio Real.
Por cierto, este último militar, que llegó a general, consiguió a lo largo de su carrera nada menos que 4 Cruces Laureadas de San Fernando.
La sentencia se cumplió a mediodía del día 15. La comitiva salió de Madrid por la actual Puerta de Toledo, cuando todavía la ciudad se hallaba amurallada, y lo fusilaron unos metros más allá. Donde se halla, actualmente, la calle Toledo. Sólo tenía 34 años.
Todos los autores nos dicen que lo llevaron en un coche descubierto, como si estuviera paseando
por Madrid con unos amigos. Junto a él iba un capellán y frente a él su defensor y amigo, el general Roncali.
Parece ser que, cuando llegó, le dirigió unas palabras a los soldados que formaban el pelotón de ejecución: “Os habrán dicho que el general León era traidor y cobarde. Ambas cosas son falsas. El general León jamás ha sido cobarde ni traidor”.
Posteriormente, pidió el honor de dar él mismo las órdenes al pelotón y les dedicó estas palabras: “Que la mano no os tiemble. ¡Amigos! ¡Atención a la voz de mando! ¡No tembléis, disparad al corazón!”.
No hará falta decir que para muchos de ellos era un día muy triste, pues habían combatido a sus órdenes, luchando contra los carlistas. Además, siempre fue un militar muy querido por sus soldados. Esta vez, tampoco se olvidó de ellos y les regaló unas monedas de oro a los miembros del pelotón de ejecución.

Su cadáver fue enterrado en el cementerio de Fuencarral y, posteriormente, en el de San Isidro, donde comparte panteón con otras personalidades.
No fue el único ejecutado por esa sublevación. Fusilaron a varios generales que habían participado en la conjura. También a Montes de Oca, que era uno de los que pretendía formar parte del nuevo consejo de regencia de la princesa. Sin embargo, el general Gutiérrez de la Concha consiguió escapar y se exilió durante un tiempo en Italia.
También consiguió huir fácilmente el general O’Donnell, pues se hallaba en el País Vasco, muy cerca de la frontera con Francia.
Diego de León, tuvo otros dos hermanos que también fueron oficiales de Caballería, igual que él, Rafael y Carlos. Curiosamente, durante su vida militar, los tres fueron condecorados, con la Cruz Laureada de San Fernando. Sin embargo, el mayor de todos, Sebastián, no fue militar, pero heredó de su padre el título de marqués de las Atalayuelas, que le había sido otorgado por Carlos IV.
Nuestro personaje se casó en dos ocasiones. La primera de ellas con la marquesa de la Roca y de ese matrimonio nacieron dos hijos varones.
Más tarde, casó de nuevo con la marquesa de Zambrano, prima de su primera esposa. De este matrimonio sólo nació una hija, pues sólo estuvieron casados durante un año.
Curiosamente, su única hija, Isabel de León y de Ibarrola, heredó el título de marquesa de Guardia Real de una tía suya, casada con el citado Sebastián, hermano de nuestro personaje. Posteriormente, tras la llegada de Amadeo de Saboya, este monarca, convirtió a este título, que era de origen italiano, en título de la nobleza española.
Digo que es curioso, porque nuestro personaje, precisamente, fue vencido por la Guardia Real de Palacio.

Espero haber despejado vuestra curiosidad sobre quién fue este personaje, al que Madrid le tiene dedicada una de sus calles.

2 comentarios:

  1. claro ejemplo de la situación política y amoral existente en esos AÑOS

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    1. Bueno, yo creo que el general Diego de León fue fiel a sus principios hasta el final de su vida. No se puede decir lo mismo de otros de sus colegas.

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